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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
https://youtu.be/-loA5oqlMtk?si=PwOIoUocneEyKRzZ
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Comentario a Juan 16, 29-33:
Si nos dieran a elegir ante cada situación que nos toca vivir o decidir en la vida cotidiana, entre que nos digan la verdad o nos mientan… ¿qué elegirías? ¿Qué optarías? Sé que es una pregunta media tonta, aparentemente, porque todos, excepto al que le gusta que le mientan, diríamos a una sola voz: «Que me digan la verdad». No hay nada más lindo que nos digan la verdad. A nadie le gusta que le mientan. Estamos hechos para escuchar la verdad y decirla, sin embargo… andamos escuchando muchas mentiras por ahí. Qué insoportable que es la mentira. Nos decimos muchas veces mentiras a nosotros mismos, a nuestro corazón, y a veces mentimos a los demás, muchas veces inconscientemente o a veces para ocultar cosas o a veces por vergüenza. En los medios de comunicación escuchamos tantas mentiras. A veces, entre los que nos queremos nos mentimos o por lo menos no somos puramente sinceros. Cómo cuesta decir la verdad. Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan, pero, al mismo tiempo, es extraño, porque no siempre nos gusta después escuchar la verdad. Es como que la deseamos, pero, cuando se nos viene encima, cuando se aparece frente a los ojos, nos cuesta muchísimo aceptar la verdad de nuestra vida, cuando nos toca de cerca, cuando tiene algo que ver con nosotros. La verdad es así, aflora, se manifiesta. Nos gusta decir «la verdad», a veces, a todo el mundo por ahí, pero no es fácil cuando nos vienen a decir «la verdad» sobre nosotros mismos, sobre el error, sobre una falsedad, sobre una mentira, sobre actitudes que tenemos. No nos gusta que nos mientan, pero a veces preferimos «hacernos los distraídos» y no enfrentar la verdad. A veces preferimos que «nos mientan un poco» y que todo se mantenga igual, políticamente correcto. Por eso, podemos preguntarnos hoy, tomando algo del Evangelio: ¿Cuántos problemas y sufrimientos nos habríamos ahorrado en la vida si nos hubiesen dicho toda la verdad de la vida, o por lo menos ayudado a descubrirla lo antes posible? ¿Cuántos dolores y desilusiones nos habríamos evitado si nos hubiesen dicho que todo no era todo tan fácil como pensábamos, como nuestra cabecita lo imaginaba? ¿Cuántos problemas le habrías evitado a tu hijo, a tu hija si no le hubieras pintado la vida como una linda película mientras a vos te costó muchísimo? ¿A cuántos sacerdotes se nos hubiese hecho más fácil si como decía Benedicto XVI: «Se nos diga toda la verdad sobre el sacerdocio, sobre lo difícil también que es, lo lindo, pero lo difícil»?
Bueno, en realidad, como te decía, no siempre la culpa es del que miente o te quiere tapar la verdad, o no la dice, sino también del que no se esfuerza por conocer la verdad. Pero la mentira a veces se disfraza de un «supuesto bien» por el otro, pero que a la larga se transforma en un mal, en un obstáculo para seguir, para creer, para tener ánimo y esperanza.
https://youtu.be/dd-4hgJgpRc?si=_AzvjegJNzEaZxeh
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Comentario a Mateo 28, 16-20:
“¿Por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir" dice la primera lectura de hoy. Los discípulos hicieron lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho, siguieron mirando a Jesús mientras partía. ¿Será que Jesús también los miraba mientras se iba? Seguro que sí. Creo que sí. Imaginá ese momento: Jesús ascendiendo a los cielos, el corazón triste de los discípulos al ver que su amigo se iba, Jesús bendiciéndolos y tratando de explicarles, de mostrarles que, en realidad, no se estaba yendo, que iba a permanecer de una manera distinta.
¿Recordás en tu vida, alguna vez, alguna de esas despedidas que te hizo quedarte mirando al que se iba? Siempre me acuerdo, cuando más de adolescente, más de la juventud, que viajaba en colectivo, en ómnibus, cuando iba a mi tierra y miraba las despedidas de la gente en las terminales. Cuando se estaba yendo el ómnibus y se saludaban por la ventana, se miraban y lloraban. Me imagino que recordarás o tendrás esa experiencia ¿no? Cuando no se mira, en el fondo, cuando veíamos una persona que no miraba, es porque no se quería sufrir demasiado, pero en el fondo se quiere mirar. Es triste ver en esas terminales o en los aeropuertos también, las despedidas de los familiares o amigos. En los ómnibus, como te decía, el que va arriba se queda mirando por la ventana, como queriendo abrazar a los que se quedan, y los que se quedan, saludan desde abajo, como queriendo retener al que se va. En los aeropuertos es distinto. Pero existen esas despedidas antes de embarcar al avión. Miradas que quieren retener el amor que parece que no vuelve.
Podríamos imaginar algo así en este día de la Ascensión. Como te planteé al principio, una especie de partida, despedida, pero sin ómnibus ni aviones, con una gran diferencia, una despedida con permanencia asegurada. Qué extraño. Algo raro para nuestro entendimiento.
Retomando esto de los discípulos que se quedaron mirando al cielo, podríamos decir que seguir mirando al cielo pensando que Jesús no estará más entre nosotros, es no entender que el cielo en realidad, no es un lugar, es un estado del alma, un estado, una forma de vivir podríamos decir, una nueva forma de estar. Jesús ascendió, Jesús volvió a su “lugar”, pero en realidad su lugar hoy es todo lugar, es estar en todo lugar. Esta es su promesa: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo". Fue una partida necesaria para quedarse siempre con nosotros hasta el final. Esa es la diferencia. Esa es la despedida con permanencia asegurada.
¡Señor, qué lindo es saber y creer esto! Estás en todo lugar y en todo momento. El cielo está en mi vida no cuando estoy en un lugar en especial, sino cuando creo que Jesús está donde yo estoy. Si Jesús es la Cabeza y nosotros su Cuerpo y él está “en el cielo” junto a su Padre, quiere decir que cada uno de nosotros está también un poquito “en el cielo”. Si estamos en el Camino, dijimos alguna vez, ya estamos un poco, por lo menos con el corazón, en el final del Camino porque nuestro corazón quiere ir hacia allá. El cielo comenzó a estar en la tierra desde que Jesús vino a pisarla, a estar con nosotros y la tierra está “en el cielo” desde que Jesús ascendió y nos llevó a todos con Él. ¿Creemos en esto?
https://youtu.be/VbNdrdXZB9w?si=u5VI3DB1Kztn4H40
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Comentario a Juan 16, 23-28:
Ya a las puertas de la gran Solemnidad que celebramos mañana: la Ascensión del Señor a los cielos, con la cual celebraremos el triunfo definitivo de Jesús, el triunfo que también nos incluye a nosotros porque también de alguna manera nos ha llevado al cielo junto con Él; escuchamos este lindo Evangelio para terminar la semana: «Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, Él se los concederá en mi nombre».
Jesús es nuestro abogado ante el Padre; Jesús habiendo venido al mundo para estar con nosotros, habiéndonos amado hasta el extremo, habiéndonos abierto su corazón para que conozcamos el amor del Padre, para que conozcamos la intimidad de Dios, la comunión profunda de amor infinito y eterno entre Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; no sólo nos ha compartido ese amor y nos lo ha derramado en nuestros corazones, sino también que nos concede que todo aquello que pidamos en su Nombre; Él nos lo dará.
¿Y qué es lo mejor que podemos pedir al Señor en consonancia con lo que venimos meditando con los evangelios de esta semana? «Pidan y recibirán y tendrán una alegría que será perfecta».
Lo mejor que podemos pedir al Señor es la alegría de saber que Él está presente en nuestra vida; porque la peor tristeza –esa tristeza de la cual nos hablaba Jesús en esta semana–, de la cual Jesús les hablaba a sus discípulos anticipándoles que con su ausencia iban a estar tristes, es la tristeza de no tener a Dios. La peor tristeza en nuestra vida, la peor tristeza de los que conocés y ves que andan por la vida como muertos vivos porque no comprenden para qué viven; o la tristeza de aquellos que tienen todo pero no pueden terminar de encontrar la verdadera felicidad; es la tristeza de no tener a Dios, de no encontrar a Dios, de buscarlo de mil maneras equivocadas sin encontrarlo. Es la tristeza del hombre que vive para sí mismo, es la tristeza del hombre que vive volcado hacia afuera, hacia su trabajo, hacia sus proyectos, hacia sus ambiciones, hacia sus egoísmos; pero no hacia Dios que se ha hecho Hombre por nosotros.
Esa es la peor tristeza de nuestra vida. Y esa es la tristeza que a veces vos y yo tenemos y no nos damos cuenta, y es porque estamos buscando mal; no estamos teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida, como eje central de nuestra vida, con un deseo profundo de seguir buscándolo en cada cosa que hacemos.
Por eso lo mejor que podemos pedir es que esa tristeza se convierta en alegría; lo mejor que podemos pedir es que la tristeza se convierta en la certeza de que Él está con nosotros, que Él nos sostiene y que a pesar de todo Él siempre está a nuestro lado. En definitiva: en tener la certeza de que nuestra fe consiste en creer en un Dios vivo y resucitado, que sigue actuando en la vida de cada uno de nosotros. "Pedí, pedí y recibirás"...
Pedí lo mejor que puede pedir un cristiano; pedí no cosas sino el amor de Jesús, poder experimentar el amor de Jesús, y que ese amor lo puedas derramar hacia otras personas. Pedí el amor de Jesús para aquellos que viven tristes, pedí lo mejor que se puede pedir...
https://youtu.be/sW0gUa45yUc?si=Diw_65RTUV5oQD9u
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Comentario a Juan 16, 20-23a:
¡Qué lindo es escuchar que Jesús nos puede dar una alegría que nadie nos podrá quitar! Que nos da una alegría que nadie nos puede quitar. ¡Qué bien hace escuchar eso! ¡Qué lindo que es ir terminando la semana escuchando esta buena noticia!
Para expresar esto, me parece que no hay imagen más elocuente, más gráfica, más «decidora», que la imagen del parto, la imagen del «dar a luz» que utiliza Jesús en Algo del Evangelio de hoy, para querer manifestarnos lo que tenemos que vivir en lo cotidiano. Pero no nos olvidemos que no estamos solos, no nos olvidemos de esto que estamos meditando desde el Evangelio del domingo, no estamos solos y nos hace tanto bien recordarlo. Por ahí vos estás solo, por ahí vos estás sola porque no tenés familia, porque estás enfermo, porque estás viviendo una situación difícil. Por ahí tenés todo, pero incluso te sentís solo o sola. Bueno, no estamos solos. Jesús no nos dejó huérfanos, Jesús quiso quedarse entre nosotros y en nosotros, pero para no sentirse solo hay que seguir amando, hay que seguir del encierro. ¡Vamos! Vamos que podemos. Tenemos que experimentar que jamás estaríamos solos.
Podríamos decir que la vida es esto, retomando la imagen del parto: una gran experiencia de «dar a luz», dar a luz continuamente diferentes realidades. Jesús vino a eso. Vino a pasar por este mundo para finalmente «dar luz». Para que, a través de su vida, su luz, la luz, llegue también a nosotros, a tu vida y a la mía. Pero él lo vivió personalmente. Él supo pasar eso que nosotros a veces no queremos pasar porque tenemos miedo. Parece que no sabemos qué viene después.
Nuestra vida es un gran parto. A veces lo decimos como connotación negativa: «Esto fue un parto», como expresando el dolor que vivimos, la dificultad experimentada. Pero pensémoslo positivamente. Veamos el otro lado del parto o el final. En realidad, la vida es «dar a luz». Es un conjunto de vivencias, situaciones, en las que damos y se nos da luz continuamente. Así es nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana, nuestra vida cotidiana. Porque la vida cristiana no está ajena a lo que vivimos. El mensaje de fe no está ajeno a la realidad de nuestras propias vidas, por supuesto, al contrario, debe meterse profundamente en nuestra vida. El que quiere escaparle a esto. El que pretende una vida sin partos, sin dolores, sin traumas, sin crisis. El que quiere buscar otro camino. El que quiere pensar que la vida no es de alguna manera un paso, un continuo ir hacia aquello que no se ve de aquello a lo que se empieza a ver, del dolor hacia algo mejor, del sufrimiento hacia algo más lindo, de la tristeza hacia lo que se puede transformar en gozo, de la muerte a la vida. El que piensa que la vida no es esto, todavía no entendió la vida, no entendió nada y se le escapa lo mejor de la vida. Porque a esto no se le puede escapar. La vida tiene esto, nos guste o no.
https://youtu.be/00xdNIJ7Ru0?si=o7s6Yh4RIEv8KGjE
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Comentario a Juan 15, 9-17:
La alegría de escuchar la Palabra de Dios cada día debería ser como ese sustrato, esa tierra fértil que permite que la Palabra de Dios finalmente dé fruto. Si no escuchamos con alegría, con deseos lo que el Señor quiere decirnos cada día, finalmente la Palabra de Dios termina siendo semilla que cae en tierra que no da fruto. Por eso, una vez más abrí el corazón, llénate de alegría por poder escuchar al Señor. Mucha gente no lo puede hacer, pero mucha gente sí lo está haciendo al mismo tiempo. Cuando perdemos la mirada, cuando perdemos el foco de saber que somos unos privilegiados al escuchar la Palabra de Dios, podemos caer en el pesimismo, en la falta de ánimo, en el desgano. ¡Alégrate, alégrate de que estás escuchando la Palabra de Dios! ¡Alégrate de que podés también transmitirla a alguien!
En estos días, alguien me dijo: «Padre, yo envío la Palabra de Dios a cinco mil personas». Casi me caigo sentado. «¿Cómo cinco mil personas?». «Sí, a treinta grupos de WhatsApp». Bueno, es una maravilla imaginar lo que podemos lograr si nos transformamos en instrumento de Dios. Hay que enviar, hay que preguntar también, si el otro quiere recibir, pero también hay que enviar y probar. Son muchísimas las personas que me cuentan también que se dan cuenta que desean la Palabra de Dios cuando por ahí se olvidan a la mañana o por ahí tardan un poquito, y las personas les dicen: «Te olvidaste, te olvidaste de mandarme el audio». Bueno, ahí se nota cómo hay tanta sed del Señor. Por eso, si querés seguir colaborando con nosotros para difundir la Palabra de Dios, no te olvides que tenemos una página web (www.algodelevangelio.org), donde podés ver los modos de recibir la Palabra de Dios, bajándote que la aplicación que tenemos para dispositivos Android, también bajándote la aplicación de Telegram y meterte en nuestro grupo @algodelevangelio y en recibirla por WhatsApp. ¡No le aflojes!, seguí ayudándonos a que la Palabra de Dios toque el corazón y llene de alegría a tantas personas.
https://youtu.be/W-jbR6UDAfY?si=Ocs01v8-g6Xj6zT0
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Comentario a Juan 16, 12-15:
Empezar el día rezando, escuchando y hablando con Jesús en nuestro interior, en nuestro corazón, es fundamental. Es necesario, no es una obligación. ¿No te pasó alguna vez que parece que los días «se pasan volando», como decimos? ¿No será que «se pasan volando» porque andamos «volando» por la vida? Son comunes estas frases entre nosotros que expresan esto que nos pasa de alguna manera. Decimos a veces: «No puedo creer que ya estemos casi a mitad del año», «este año se pasó volando, ya estamos volando, ya estamos en tal o cual mes». Uno escucha esas conversaciones a veces cuando va a comprar algo, cuando anda por la calle. Es así. Un poco la vida es así. Es verdad, el tiempo pasa volando, no lo podemos detener, el tiempo no lo podemos parar. Es lo único que no dominamos, o una de las tantas cosas, digo, pero especialmente el tiempo. Lo que sí podemos parar y podemos modificar es el modo de vivir el tiempo. Lo que sí podemos modificar son nuestras decisiones, que nos ayudan o nos ayuden a vivir cada día de una manera diferente, asimilando mejor lo que nos pasa y lo que pasa. Cada uno en lo suyo, cada uno con lo suyo; pero empezar el día escuchando la Palabra de Dios nos ayuda a vivir las cosas de un modo distinto. Terminar el día escuchando o simplemente agradeciendo lo vivido también nos ayuda a darle a el tiempo un valor distinto, darle un sentido.
Veníamos reflexionando en estos días sobre la soledad que a veces sentimos y el hecho de que Jesús viene también a sanarla. Quiere sanar y quitar soledades a los demás y nos ayuda a comprender el sentido también de nuestras soledades. Esos sentimientos de soledad que nos pueden invadir a veces, se pueden transformar en oportunidad para darnos cuenta de que no vale la pena quejarse porque alguien, de alguna manera, nos dejó solos, por esto o por lo otro, sino que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a consolar las soledades y tristezas de los que no se dan cuenta que están solos porque se aislaron. Cuando nos aislamos no vemos ni percibimos las compañías lindas de la vida, la de nuestro Jesús que está siempre y la de nuestros seres queridos que también, en general, siempre están, o si no están, hay que buscarlas. Cuando nos aislamos, podríamos decir que son soledades mal elegidas o soledades sufridas que no sabemos manejar y nos hacen, en general, equivocarnos. Nos hacen tomar malas decisiones, nos hacen caer en el victimismo o creernos las víctimas de este mundo y quejosos, nos hacen no ver lo lindo de la vida. Por eso un buen remedio para la soledad es, por un lado, aprender a convivir con nosotros mismos, cuando la sentimos, a pesar de sentirla y, por otro lado, el salir de nosotros mismos para darnos cuenta que no estamos solos y que muchos necesitan de nuestra compañía, de la tuya y de la mía.
https://youtu.be/5cN14Wz1prY?is=Jgd7c6Nddow_Gagr
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Comentario a Juan 16, 5-11:
Jesús nunca estuvo solo, aunque haya buscado momentos de soledad. Es lindo pensar en esto, en que Jesús es el modelo perfecto del que nunca estuvo solo, pero al mismo tiempo buscó su momento de soledad. Es increíble pensar que, de la vida de Jesús, en realidad no sabemos tanto como quisiéramos. Los evangelios, en definitiva, cuentan poco y nada sobre su infancia y sobre su vida cotidiana en Nazaret hasta los 30 años, hasta su aparición pública. ¿Qué habrá hecho Jesús en esos años? ¿Cuántas veces se habrá apartado tranquilo a caminar, a descansar, a mirar al cielo, a disfrutar de la naturaleza, a descubrir tanta maravilla en la creación de su Padre? Por otro lado, muchas veces en los evangelios se relatan momentos en los que Jesús se aparta de las multitudes y de sus amigos, para estar en la montaña, para rezar, para estar solo. A eso quería llegar, la soledad buscada, hace bien. La soledad que piensa y se siente, es necesaria en la vida. Vos y yo tenemos que aprender a estar solos, lo decíamos ayer, no toda soledad es mala. ¿Sabemos estar solos? ¿Sabemos quedarnos con nosotros mismos en un momento del día? Si uno parte de la certeza de que en realidad estar solo es una oportunidad para encontrarse con el que no nos dejó solos, no deberíamos tenerle miedo, es difícil, es verdad, por la forma de vida de hoy, pero podemos hacerlo. Es difícil pero no tenemos que tener miedo.
La partida de Jesús, el anuncio de su partida, les trajo a los discípulos una gran tristeza seguramente, lo sabemos. La partida de un ser querido, de un hermano, de un padre, de un hijo, de un pariente, de un amigo, duele mucho. Bueno, Algo del Evangelio de hoy expresa eso… Dice: «Ustedes se han entristecido». Obviamente… ¿Quién no se pondría triste? Ellos no terminaban de entender que era «necesario» que él se vaya, de que «les convenía que él se vaya». Esa es la cierta paradoja de nuestra fe, las ausencias que nos traen presencias distintas, amores distintos. Soledades que nos pueden traer mayores frutos, mayor madurez, mayor convicción de que en realidad jamás estamos solos.
¿Conoces personas que no pueden estar solas, que no pueden estar quietas, que siempre tienen que estar haciendo algo, que parece ser que no pueden disfrutar de la gratuidad de «no estar haciendo nada»? Fíjate si a vos no te pasa lo mismo a veces. A todos nos puede pasar. Como decíamos, el mundo de hoy colabora muchísimo a esta forma frenética en la que vivimos, a esta incapacidad de callarnos, a esta incapacidad de apagar todos los aparatos que nos rodean, toda la tecnología que nos aturde, todas las voces que no nos dejan escucharnos.
Todo es rápido, todo tiene que hacerse ya, siempre tenemos que estar comunicándonos con alguien, casi nunca podemos y sabemos estar solos. Sin embargo, es tan necesario. Es necesario que Jesús se haya ido para que todos podamos encontrarlo en el hoy, en este presente que nos toca vivir; si Jesús no se hubiera ido, no estaríamos escuchando este audio, por ejemplo. Así lo dijo él mismo: «Pero si me voy, se lo enviaré». Es bueno que nos tomemos un tiempo para estar solos, es bueno que también dejemos solos a los que tenemos a nuestro cargo, es bueno que dejemos que los demás sepan estar solos. Pensemos en los de nuestra familia, en nuestros seres queridos. Es bueno que los demás tengan sus tiempos, que dejemos «respirar» a los demás, porque a veces incluso no podemos estar solos y no dejamos que los otros estén solos. Cuando Jesús se apartaba para estar solo, los discípulos lo respetaban, lo dejaban tranquilo. Cuando los discípulos volvían de misionar, Jesús mismo los apartaba un poco para que descansen, para que estén solos.
Preguntémonos si sabemos apartarnos como Jesús para escuchar nuestro corazón y al escuchar nuestro corazón escucharlo a Dios que es nuestro Padre, escuchar al Espíritu que está dentro de nosotros. Podríamos preguntarnos si somos capaces de escuchar la voz interior que nunca nos abandona, que siempre nos hace sentir acompañados.
https://youtu.be/_c4HUNWPyOM?si=1PToIHZXV_Vvexvb
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Hay personas que prefieren evitar a toda costa que los otros pasen por algún tipo de sufrimiento humano, cotidiano, normal: «No quiero que sufra», «No quiero que pase lo mismo que yo», dicen algunos padres a veces a nosotros, los sacerdotes, sobre sus hijos. Es entendible, es verdad. Pero qué padre o qué madre quiere que sufra alguno de sus hijos. Ninguno. Es verdad. Pero, al mismo tiempo, qué padre o madre puede evitar que sus hijos sufran, de algún modo, en la vida. Qué padre o qué madre no quiere que sus hijos crezcan. El crecimiento es a través, también, del sufrimiento. No estoy hablando de los sufrimientos que provienen a raíz del mal, esos que hay que evitarlos, no hay que «sufrir por sufrir» –aunque no se puede evitarlos totalmente–, sino que me refiero al sufrimiento que proviene por hacer el bien. Como dice la Palabra de Dios: «Es preferible sufrir haciendo el bien que haciendo el mal, por buscar el bien». Por luchar para alcanzar el bien: la justicia, el amor, la honestidad, la sinceridad, la generosidad, la entrega, el dominio de sí mismo, la alegría, la amabilidad, la buena educación, el bien común, los pobres que merecen nuestro amor y tantas cosas más. Ese es el sufrimiento que vale la pena, que es imposible esquivar si queremos amar y que, además, es necesario. El que quiere evitar ese sufrimiento, no entendió el sentido de la vida. No llegó ni siquiera a ser hombre, como decía también el papa Benedicto XVI.
Los padres y las madres que quieren evitarle a sus hijos el sacrificio del amor, si piensan así no están criando hombres y mujeres capaces de amar y de esforzarse para hacerlo, sino hombres y mujeres que no podrán descubrir el lindo gustito de la vida que se entrega por otros. ¿Qué les dijo Jesús a sus amigos antes de partir? ¿Qué les dijo? «Tranquilos, todo va a estar bien. No se preocupen que les irá siempre bien; serán exitosos siempre; todos los van a querer, nunca van a sufrir; el que me ame no sufrirá en nada, tendrá salud y trabajo siempre asegurado». ¿Qué les dijo? ¿Les dijo eso? Es interesante ver que ante la afirmación muy segura de los discípulos de que creían, Jesús no se calla dos verdades muy divertidas, aunque duelan: «Me dejarán solo… y tendrán que sufrir». «Me dejarán solo… y tendrán que sufrir». ¡Oh, Jesús, qué mala onda tenés! ¿Cómo vas a decir eso? Sin embargo, él nos dijo la verdad. ¿Nos gusta que nos digan la verdad? ¿Nos gusta que Jesús nos diga la verdad de nuestra vida? ¿Te gusta decirles la verdad a los demás o se la disfrazás? Jesús les anticipa y nos anticipa, que cuando nos creemos que la tenemos clara, no nos olvidemos que somos capaces de dejarlo en menos de un minuto, cuando el dolor o el sufrimiento se presentan en nuestra vida. Somos capaces de abandonarlo, de abandonar la fe por cualquier cosa. ¿Cuánta gente abandona a Jesús cuando se presenta la dificultad? ¿Y cuánta gente lo abraza en la dificultad? ¿Cuántas veces hemos dejado a Jesús solo por miedo, por vergüenza, por el qué dirán, por el temor?Jesús nos anticipa que en la vida sufriremos, por culpa de otros o por culpa nuestra. ¿Tenemos que evitar el sufrimiento? Sí, el que no vale la pena, el que proviene del mal nuestro y ajeno. ¿Tenemos que esquivar todos los sufrimientos de la vida? No, la verdad que no. Sufrir por el bien es necesario e inevitable y nos hace bien. El que sufre por amor y amando es feliz, aunque parezca mentira. El que sabe sufrir, tanto lo que nos toca sin buscarlo, de arriba; no de arriba porque lo mande Dios, sino que toca porque a veces nos toca, como también el sufrimiento elegido, ese es el que sabe vivir. Vive distinto, transforma todo en oportunidad para amar. Jesús no nos mintió, prefirió la verdad. ¿Vos y yo qué preferimos?
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 18 de mayo - Juan 16, 29-33 – VII Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 16, 29-33
Los discípulos le dijeron a Jesús: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.»
Jesús les respondió: « ¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.»
Palabra del Señor.
Él ascendió a los “cielos” para estar a la derecha del Padre, para ser Señor del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e invisible. El Padre lo premió por haber hecho su voluntad. Desde que él ascendió a los cielos, desde que él está en todos lados, millones de corazones comprendieron esto y dejaron que él reine en sus vidas. Porque Jesús reina, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Jesús reina en la medida que lo dejamos reinar. Él reina y reinará plenamente cuando venga glorioso al final de los tiempos.
Mientras tanto, tenemos que creer en esto: Él está a la derecha del padre para interceder por nosotros. Que Jesús esté en “el cielo” quiere decir que está y estará siempre, en todo tiempo y lugar. Quiere decir que ya estamos con él de alguna manera junto al Padre, nuestro corazón está con él, “en el cielo”. Finalmente, también quiere decir que es el Rey y quiere reinar en vos y en mí. Quiere que lo amemos para que, junto al Padre, él pueda vivir en nosotros.
Hagamos hoy el intento de mirar al cielo, simbólicamente, para cruzarnos las miradas con Jesús, que está en el cielo, pero está con nosotros. Mirémonos, pero sabiendo que no es una despedida total, sino que es despedida a medias. Miremos a Jesús que está en el cielo pero que está en cada hombre que lo ama y en cada ser humano que sufre. Jesús en realidad no se fue, se quedó para siempre especialmente en la Eucaristía, especialmente en los corazones de los que sufren, de los que creen y lo aman. ¿Creemos en esto? Por eso, no te quedes mirando al cielo como llorando, como creyendo que no está. Mirá el cielo de tu alrededor y confía que Jesús estará siempre con nosotros, hasta que vuelva. Mirá el cielo de tu corazón, hablale con confianza y date cuenta de que él quiere reinar y quiere ayudarte a que reine el amor en tu vida.
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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 17 de mayo -
Mateo 28, 16-20 - Solemnidad de la Ascensión del Señor(A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»
Palabra del Señor.
Ojalá que este fin de semana puedas experimentar esa verdadera alegría que proviene de sentir la presencia de un Jesús que está vivo, que sigue actuando, que nos ama, que nos llena de sus dones, que nos llena de bendiciones.
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 16 de mayo - Juan 16, 23b-28 - VI Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 16, 23b-28
Jesús dijo a sus discípulos:
«Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.
Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre.»
Palabra del Señor.
Escuché justo una frase o leí una frase en estos días que decía así: «Dale tiempo a la vida y la vida te explicará lo que no entendés». Dale tiempo a la vida. A veces, la vida misma, el tiempo, nos da las razones o nos ayuda a entender lo que hoy no entendemos. Pero hay que estar atentos. Jesús con su Pascua nos quiere enseñar eso: la vida es «pasar». Hay que pasar y por eso la imagen de «dar a luz» es algo tan lindo y que nos puede ayudar en este día. Hay que «pasar» por la tristeza para encontrar el gozo que nadie nos podrá quitar. Hay que «pasar» por la soledad, como venimos escuchando estos días, para experimentar lo lindo que es estar acompañado. Hay que «pasar» la soledad para darnos cuenta de que no estamos solos en realidad. Hay que «pasar» por el pecado muchas veces para saber lo lindo que es la misericordia. Hay que «pasar» por el dolor para darnos cuenta cuanto amamos a esa persona. Hay que perder un amor para valorarlo verdaderamente. Hay que esforzarse para encontrar la alegría de lo buscado. Hay que empezar desde abajo para llegar arriba. Hay que estirar la mano, para dar una mano. Hay que pasar, hay que pasar.
Pero, para eso, tenemos que aprender a vivir en paciencia. Hay que aprender a soportar y esperar para dar a luz. Eso vive una madre cuando lleva en su vientre a un hijo. Eso vive una madre cuando tiene que dar a luz. Pero miremos otra vez lo positivo: es para dar luz, es para dar un nuevo nacimiento, es para dar vida, para transformar el mundo. Una vida transforma al mundo. La vida de tus hijos transformó tu propia familia, transformó tantas cosas... Acordémonos de la primera vez que tuvimos a un hijo en brazos, a tu hijo en brazos. ¿Importó algo más? ¿Importó el dolor? Acordate del olorcito a bebé de tus hijos. ¿Hay algo más lindo que eso? El dolor desaparece cuando se da a luz.
Bueno, en esta vida, este viernes en tu vida concreta de hoy, en la mía, hay que aprender a vivir partos. Hay que aprender a veces a sufrir para encontrar cosas mucho mejores. Hay que aprender a renunciar, a morir a nuestros caprichos para encontrar el amor. Hay que aprender a morir al pecado para encontrar lo lindo que es la gracia y la vida en Jesús. Hay que aprender a callar para encontrar lo lindo que es hablar en el momento justo. Hay que aprender a vivir la soledad para disfrutar lo lindo de una buena compañía. Tenemos que aprender tantas cosas y, a veces, solamente se aprende pasando por ciertos momentos para poder «dar a luz». Si sos padre, si sos madre, no prives a tus hijos de vivir «partos» naturales en sus vidas. No hay que tenerle miedo a los momentos difíciles, porque a través de los momentos difíciles aprendemos la maravilla que es la alegría de encontrar luz cuando todo parece oscuro, cuando todo parece difícil. De todo lo malo siempre se puede sacar algo bueno, de todo lo que parece muerte siempre podremos rescatar algo de vida. Nunca estamos completamente solos como para pensar que nada nuevo puede venir.
Ojalá que tengamos un buen viernes. Ojalá que pidamos «dar a luz» diferentes situaciones. Ojalá que encontremos la alegría de estar con Jesús, sabiendo que él siempre nos ayuda a sacar resurrección de aquello que parece que está muerto o perdido.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 15 de mayo - Juan 16, 20-23a - VI Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 16, 20-23a
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.
La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo.
También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar. Aquel día no me harán más preguntas.»
Palabra del Señor.
San Matías fue el último de los apóstoles, el elegido para reemplazar a Judas, el traidor, que después de muerto dejó su lugar vacío, por decirlo así. Se tuvo que completar el número de los Doce, que era necesario que sean doce. Y creo que siempre la fiesta de un apóstol nos ayuda para refrescar en nosotros esta verdad fundamental que no podemos olvidar y es con lo único que quiero que nos quedemos de Algo del Evangelio de hoy: no somos nosotros los que elegimos al Señor, sino que él nos eligió a nosotros. Así lo dice hoy claramente, le dice a todos sus discípulos en la última cena y a todos nosotros hoy, a vos y a mí: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes». No podemos olvidar jamás esto, porque cuando olvidamos esto, somos nosotros los que nos ponemos por delante de él, sin darnos cuenta. Cuando nos olvidamos de esta verdad, en vez de seguir nosotros al Señor, sin querer nos seguimos a nosotros mismos o seguimos a otras personas o pretendemos que los demás nos sigan a nosotros; o incluso peor, pretendemos que Dios nos siga a nuestro propio ritmo. Y en esto caemos cuando, en el fondo, nos dejamos llevar por el activismo en nuestras cosas de cada día.
Cuando caemos en el hacer por el hacer cosas –incluso por el Señor–, cuando nos olvidamos de escucharlo, y entonces olvidamos esta verdad: es él quien nos eligió a nosotros y por eso, por habernos elegido, él nos da la capacidad de dar frutos, y que esos frutos sean duraderos. Cuando nos desprendemos de esta verdad, cuando caemos en el personalismo, en el «yoísmo», diríamos, en pensar que somos nosotros los autores de nuestra salvación y de la salvación de los demás, es cuando cometemos este error y no damos frutos o nuestros frutos no son duraderos. Todos nuestros cansancios y a veces en el servicio tanto de la Iglesia como de las cosas que elegimos para dar a los demás, tienen que ver con esto de olvidarnos. Nos desgajamos de esta gran verdad.
Si frenamos hoy para ir terminando el tiempo pascual, nos serenamos y volvemos a escuchar de Jesús que nos dice: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes», eso seguramente nos dará serenidad y paz, nos va a poner en el lugar donde nos tenemos que poner y nos va a hacer a acordar que él nos eligió a nosotros, ese mismo –el que dio la vida por cada uno de nosotros– y, al mismo tiempo, por eso nos pide que nos amemos los unos a los otros, como él nos amó.
Matías fue elegido así por puro amor, por pura gratuidad. Nosotros también en nuestro bautismo fuimos elegidos gratuitamente sin que nos pregunten, recibimos la fe como don, recibimos el conocer a Jesús gracias a nuestra familia, a tantas situaciones que se nos fueron presentando en la vida. No desaprovechemos esta oportunidad, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada. Aunque muchas veces nos cueste, aunque cueste sudor y lágrimas, siempre es mejor seguir a Jesús que andar perdido en este mundo o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra felicidad.
Demos gracias al Señor porque nos eligió, como a Matías, demos gracias porque nos dio la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque la dio por nosotros, y pidámosle que complete en nosotros la obra que él mismo comenzó.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 14 de mayo - Juan 15, 9-17 - Fiesta de San Matías
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 9-17
Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.
Palabra del Señor.
Algo del Evangelio de hoy nos vuelve a enseñar que «se aprende de a poco». Las cosas de la vida y las cosas del Espíritu se aprenden de a poco, no hay otro camino. No se aprende todo de un clic. En el camino de la fe no sirve la ansiedad, no hay lugar para el estrés. El mismo Jesús les dijo a sus discípulos que tenía muchas cosas por decirles, pero que no podían comprenderlas, y que sería el Espíritu el que los introduciría en la verdad. Qué paciencia que tenemos que tener. Paciencia. No se puede hacer todo de golpe, no se puede recibir todo de golpe. Jesús no lo dijo todo «de golpe» a sus amigos, sino que les dijo lo que podían comprender en ese momento y le dejó lo demás al Espíritu Santo para que siga trabajando en su ausencia. Nosotros a veces somos como «golosos» de la vida, «glotones», incluso de la misma verdad. Pretendemos todo y de golpe. Queremos saber todo y rápido, el porqué de todo, el porqué me pasó esto, lo otro. Sin embargo, es lindo dejarle el lugar a Dios en nuestro propio camino. Dejar que sea el mismo Espíritu quien nos vaya enseñando e introduciendo en la verdad de nuestra vida. Dulce huésped del alma.
Él sabe más que nosotros, muchísimo más que nosotros, ¿sabías? ¿Por qué a veces pretendemos andar más rápido que Dios u a otro ritmo? Si supiéramos la verdad de nuestra vida en un instante, no nos daría el corazón para aferrarnos a ella, para atraparla. Por eso él nos va introduciendo, a su modo, a su manera, a su tiempo.
Por eso es necesario encontrar el espacio y el tiempo para escuchar en silencio, para descubrir ese «maestro» interior que es el Espíritu Santo, ese maestro del alma que nos dejó Jesús y nos va enseñando lentamente lo que nos hace bien, lo que debemos dejar, lo que debemos decidir, lo que debemos abrazar. Dejemos de escuchar tanto «los maestros» de este mundo que se creen sabios, pero, finalmente, la sabiduría de este mundo, como dice san Pablo, es necedad para la sabiduría de Dios. Por eso es necesario que nos hagamos tiempo y nos quedemos solos, porque, sin soledad fecunda, ese «maestro» interior no puede hablar o no puede ser escuchado, mejor dicho. Grita a veces, pero no es escuchado. Hasta el cuerpo nos puede gritar a veces para que nos pongamos a escuchar, pero puede a veces no servir para nada, ya que no sabe qué hacer con nosotros.
¿Te imaginás si nos tomáramos el tiempo necesario cada día para escuchar la verdad de nuestra vida, de nosotros mismos, que Jesús nos quiere enseñar cada día por medio de su Espíritu? ¿Te imaginás qué distinto sería este mundo si empezáramos a escucharlo más? Empecemos a probarlo. Un día, con tiempo de silencio y soledad fecunda, es un día distinto. Es cuestión de «lanzarse» por este camino y empezar a transitar esta propuesta que nos hace Jesús en algo del Evangelio de hoy.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 13 de mayo - Juan 16, 12-15 - VI Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 16, 12-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: "Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes".»
Palabra del Señor.
Pensemos si no estamos tapando lo mejor de nosotros con la «adicción del activismo», esa manía de pensar y creer que solo haciendo cosas nos salvaremos y salvaremos a los demás. Si Jesús hubiese querido salvar al mundo por el hacer, se hubiera puesto a predicar desde la adolescencia, se hubiera puesto a «hacer cosas» y milagros desde mucho antes, sin embargo, empezó a los treinta años. Es para pensar, ¿no? Aprendamos hoy a sentarnos por un tiempo, a postrarnos por un momento, para realmente «no hacer nada» a los ojos de los demás, para estar simplemente solos, por pura gratuidad, no esperando mayor recompensa que encontrarnos con Jesús en nuestra intimidad, en nuestro corazón que siempre nos habla y clama por dentro nuestro por medio del Espíritu Santo, que nos hace llamar a Dios Padre, Abba, Papá.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 12 de mayo - Juan 16, 5-11 – VI Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 16, 5-11
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: "¿A dónde vas?" Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.
Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.
El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.»
Palabra del Señor.
Todos los bautizados –vos y yo– hemos recibido el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, y él es el que, en nuestro interior nos conduce a Jesús y al Padre. Pero no todos los bautizados nos damos cuenta de semejante verdad y realidad; no todos los bautizados dialogamos en nuestro interior con el Espíritu. La vida que llevamos, muchas veces ajetreada y llena de corridas, atenta contra nuestra interioridad. La vida que se nos propone vivir tapa toda posibilidad muchas veces de silencio que es solitario, pero que es fecundo. Pero en realidad estamos hechos para algo más, estamos hechos para saber dialogar también con nosotros mismos, con nuestra propia intimidad. Me sorprende siempre cuando en la comunidad de mi Parroquia podemos lograr, incluso con los niños o con los jóvenes «hacer silencio», lograr momentos de oración en silencio. Me sorprende, y me confirma, que también los jóvenes y los niños necesitan silencio y que pueden hacer silencio para encontrarse con Jesús y con ellos mismos. A veces subestimamos a los demás, a veces en la Iglesia también –¡cuidado! – tenemos miedo al silencio, hay mucho ruido. Tenemos miedo a que los niños «se aburran», los jóvenes se aburran, como si fuera que el aburrimiento no es parte de la vida, porque en el fondo lo que nos «aterra» no es aburrirnos, es la soledad, no sabemos qué hacer en la soledad y entonces le escapamos, necesitamos ruido. Y la experiencia termina mostrando que, si en la misma Iglesia no tenemos ámbitos de silencio, para la oración, para el encuentro personal y misterioso con nosotros mismos, al fin de cuentas… ¿qué estamos haciendo? ¿Qué le damos de distinto a los fieles, a tantos corazones que viven en medio de un mundo lleno de caos y ruido?
Es lindo animarse a «meterse» dentro de uno mismo, es lindo también tomar conciencia de que recibimos el Espíritu, que el Espíritu no es exclusivo de algunos «iluminados», sino que es de todos y nos hace «uno». Es lindo animarse a «hacer silencio» para perder el miedo a esa soledad que a veces nos aterra. Muchas veces no estamos mejor acompañados que «cuando estamos con nosotros mismos» porque estando con nosotros mismos estamos también con el mismísimo Dios si aprendemos a encontrarlo.
Por eso hoy te propongo y me propongo que recordemos esto: No estamos solos, nadie está solo. No estamos solos jamás. Si estamos solos, es porque lo elegimos, y puede ser para que sea fecundo o puede ser para aislarnos. Podemos vivir dos tipos de soledades, la fecunda, la que nos lleva al encuentro con Dios y con nosotros, y la soledad solitaria, valga la redundancia, que nos lleva al temor y a la angustia, la que no sabemos manejar y nos lleva al aislamiento.
Pidamos a Jesús que «nos envíe su Espíritu» para que nos renueve en este día, para que renueva la faz de la tierra, de nuestro corazón y nos enseñe a dar testimonio de él, de su presencia en este mundo que a veces anda bastante solitario.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones.
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p. Rodrigo Aguilar