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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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Algo del Evangelio

https://youtu.be/VRQk3OyzEbQ?si=4QHuQOCkfBqLaD-A

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Algo del Evangelio

Comentario a san Mateo 4, 1-11:

Hoy comenzamos a recorrer este camino de Cuaresma, de la mano en los domingos de las distintas lecturas que se nos propondrán antes de la Pascua. Pero no nos olvidemos de algo, nuestra mirada tiene que estar puesta en la Pascua. Es un camino espiritual que nos llevará a Jesús en la cruz, sufriendo y entregándose por nosotros, pero resucitando para darnos la verdadera vida que todos ansiamos. Es un camino, y por eso el camino en sí mismo no es el fin, sino que lo importante es llegar a la Pascua. Este anhelo profundo de felicidad que nos grita desde el fondo del alma a todos diciéndonos: «Podemos ser felices. Podemos cambiar. Podemos vivir de otra manera, siguiendo a Jesús». Por eso, durante estos domingos nunca quitemos la mirada de la Pascua. Miremos todos hacia la Pascua, hacia el paso de la muerte a la vida.
Y hoy aparecen en este texto tan conocido a veces por nosotros las famosas tres tentaciones que el mismo Jesús, sí, el mismo Jesús sufrió al ir al desierto llevado por el Espíritu, una vez que sintió necesidad, que sintió hambre. Es impulsado por el Espíritu Santo para ir a prepararse, ayunando y así experimentar la prueba. Esa necesidad finalmente no va a ser saciada por él de cualquier manera. La necesidad profunda que tenemos de Dios y de felicidad no puede ser saciada de cualquier manera, esa es la enseñanza de fondo. Y podríamos decir que hay una pregunta también que atraviesa todo el texto o una tentación transversal que cruza a las tres, que es la que intenta el demonio meter en el corazón de Jesús, en ese corazón de Hijo para que finalmente dude de su Padre, dude del camino que el Padre le proponía. Podríamos pensar que la pregunta es esta: ¿Por qué un Salvador tiene que sufrir? ¿Por qué tenés que sufrir, Jesús? No necesitás la cruz para salvar a los hombres, no necesitás en definitiva amar, entregarte tanto, no hace falta amar tanto. Tu Padre te está engañando. Vos podés salvar al hombre de otra manera mucho más fácil. Vos podés proponer al hombre cosas grandes. Vos podrías solucionar los problemas del mundo mágicamente, con todo tu poder. Vos podés unirte a los poderes de este mundo, que son tan atractivos, para que el hombre se sienta bien finalmente. Esa es la pregunta y la tentación. La prueba de fondo es: ¿Querés que te sigan, Jesús?, ¿querés que te sigan los hombres? Si querés que te sigan, no les propongas la cruz. Hacé cosas distintas. No sigas este camino tan duro. Y estas son las tentaciones, las pruebas que también nos tocan vivir a nosotros en diferentes momentos de la vida, en diferentes momentos espirituales.

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https://youtu.be/5x0etEsHqL8?si=CHThkbPkgjsWdXA_

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Comentario a Lucas 5, 27-32:

Un llamado, una crítica y una respuesta eterna de Jesús: creo que, con estos tres momentos, de alguna manera, podemos resumir Algo del Evangelio de hoy y nos puede ayudar a rezar a todos los que escuchamos diariamente la Palabra de Dios.
Primero, Jesús llama a un recaudador de impuestos, a un reconocido «traicionero» del pueblo judío, aquel que se servía de los que necesitaban para recaudar para el imperio. Y justamente a él lo llama no por ser bueno, sino porque seguro vio en él algo que nadie podía ver. Vio, podríamos decir, el núcleo de bondad de su corazón. Nunca hay que descartar a nadie. Siempre cuando Jesús llama, nos enseña eso. «Nosotros miramos las apariencias, él mira el corazón». Todo hombre, por más malo que parezca o por más de que haya hecho muchísimas cosas malas en su vida, tiene en su interior algo que nadie ve, incluso él mismo. El único que puede ver eso y apostar a lo que nadie ve es Jesús, también pasó con vos y conmigo. Eso se ve en el Evangelio de hoy. Solo Dios se juega por nosotros cuando a veces parece que nadie lo hace. Esto es algo que no tenemos que olvidar nunca, para pensarlo en nosotros y para pensarlo en los demás, cuando a veces sin querer juzgamos por desconocimiento. No descartar jamás a nadie, por más perdido que parezca.
Después de esto, Jesús termina comiendo y festejando con Leví y sus amigos pecadores. Obviamente, ¿qué clase de amigos tenía Leví? Parecido al refrán que dice: «Dios los cría y el viento los amontona» o «dime con quién andas, y te diré quién eres». Bueno, a Jesús no le molesta encontrar pecadores amontonados; al contrario, se mete ahí donde nadie quiere meterse. Se mete con sus discípulos. Nosotros también a veces tenemos esos prejuicios y pensamos: «Mirá con quién anda ese, mirá con quién se junta». Bueno, puede ser, pero depende. Es verdad que, si no voy como médico a un hospital y no tengo cuidado, puedo terminar enfermándome también yo. Ahora, también es verdad que puedo ir al hospital como médico, como lo hizo Jesús, para ayudar a que los enfermos se curen.
Los fariseos no entendían esto y por eso critican, pero al criticarlo, sin darse cuenta, lo elogian. Siempre la crítica proviene de una cierta ignorancia y de una carencia propia. Critican porque no saben, creyendo que saben, como vos y yo cuando también criticamos. Criticamos convencidos que es justa y necesaria la crítica, pero en el fondo ignoramos algo básico y profundo, no sabemos lo que hay en el interior de cada hombre. No lo sabemos, y si no lo sabemos, no podemos ni tenemos el derecho a hablar como si supiéramos. Sin embargo, lo triste es que a veces hablamos como si supiéramos.

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https://youtu.be/L__KWe-mXJU?si=DzisQM2RRSVWzKFr

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Comentario a Mateo 9, 14-15:

Me parece que ya lo dije muchas veces, pero siempre es bueno volver a repetirlo, en especial en este tiempo de Cuaresma, donde el tema del ayuno es algo recurrente. Entiendo que hablar hoy del ayuno es un poco complicado. No está muy de moda y a veces, para que no suene muy duro, preferimos hacer como si Jesús hablara de algo que ya no va o preferimos hablar de cosas que ya no existen. Siempre se puede caer en los dos extremos: en hacer de algo lo único, lo absoluto, o simplemente pasarlo de largo y hacer como que no vale la pena. El tema del ayuno es un tema que lleva a los extremos generalmente. Pero, como te dije varias veces, hay páginas del Evangelio que no se pueden arrancar y hay palabras de Jesús que no podemos hacer como si no existieran; ninguna, en realidad, pero especialmente aquellas que nos cuesta entender.
Siempre se pueden encontrar excusas o argumentos para decir que en realidad Jesús se refería a otra cosa, pero sería bueno, creo yo, hacer el camino inverso: escuchar lo que dice, confiar en que es verdad y es bueno; y, a partir de ahí, tratar de vivirlo en el espíritu con el que fue escrito, y también escuchar a la tradición y a las enseñanzas de la Iglesia, que a lo largo del tiempo nos han ido iluminando sobre las palabras de Jesús.
Creo que simplificamos a veces tantas cosas del evangelio, que terminamos por dar un mensaje acuoso, aguado y sin consistencia, y que al final no atrae a nadie, porque nada nos diferencia de aquel que no cree en Jesús. A veces pensamos eso, que por aguar el mensaje atraerá más; sin embargo, es todo lo contrario.
Vas a escuchar por ahí que el ayuno es algo puramente espiritual, algo que finalmente no toca el cuerpo y por eso se dice: «Hay que ayunar de nosotros mismos», «hay que ayunar de las cosas que nos alejan de Dios», etc. Podés reemplazar el ayuno corporal por cualquier otra cosa. Está bien, es verdad. Al fin y al cabo, el ayuno no es la privación de alimentos por la privación misma, sino la privación para un encuentro con Jesús, para la comunión con él. Pero pensemos en esto.
Por simplificarlo y por tenerle miedo y por tener miedo a hablar a una sociedad que devora de todo y en todo momento, me parece que lo hemos complicado un poco más. ¿Por qué? Porque no se puede dominar nuestro espíritu si no aprendemos a dominar también lo más básico de nuestra existencia, que es la comida. Y entonces cuando escuchás a alguien que dice: «En vez de comer menos carne, o de comer menos, mejor es que ayunes de tu lengua, mejor es que hables menos», en el fondo es una simplificación que termina por hacer que no podamos hacer a veces ni una cosa ni la otra. Yo me pregunto: si no podemos dominar nuestra boca para comer, ¿creemos que va a ser posible que dominemos nuestra boca para hablar?
Por simplificarlo, vuelvo a decir, lo hicimos más complicado. Somos unidad, cuerpo y espíritu, y lo que toca el cuerpo, toca el corazón, y viceversa. Pero el corazón aprendemos a educarlo también desde nuestra exterioridad. Y, por otro lado, Jesús ayunó. Jesús hizo cuarenta días de ayuno. Incluso en esta Cuaresma, de alguna manera, revivimos y rememoramos eso.

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https://youtu.be/f0EKQlZKYAo?si=S_tq-Djp1EL38gq9

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Comentario a Lucas 9, 22-25:

¡Qué alegría más grande es empezar esta Cuaresma con libertad, con decisión, no por un ritualismo vacío! ¡Qué lindo es empezarla con amor, con un amor no viciado por el «qué dirán», por la obligación impuesta desde afuera o incluso por una religiosidad aparentemente muy linda desde afuera, pero vacía, de pura cáscara! Como tantos Miércoles de Ceniza, la Iglesia ayer estaba llena, de bote a bote, como se dice, con ancianos, adultos y niños de todos los tamaños… le di tantas gracias a Dios de corazón. Todavía existe una fe pura y sencilla en el pueblo de Dios, aun cuando no es obligación ir por el precepto, se acercaron y se acercan muchísimos a escuchar la Palabra de Dios, a recibir ese signo tan lindo y tan fuerte de la imposición de las cenizas y también a recibir la Eucaristía, por supuesto.
La Iglesia, creo yo que debe volver a la sencillez, a la pureza de la fe, a la fe que no es impuesta, sino asimilada; a la fe no fabricada desde afuera, sino vivida; a la fe no de las masas, sino de las comunidades pequeñas y fervorosas. ¿Para qué queremos ser muchos? Todos debemos experimentar alguna vez que la fe no es «tener» que hacer cosas hacia afuera, como ayunar, rezar y dar limosna, sino que la fe en realidad es creer en Jesús, vivo y presente en una comunidad concreta, en la Eucaristía, en los más pobres, y que el Padre finalmente es el que nos da la gracia de hacer cosas luego de tener esa certeza. Sí, ayunar, rezar y dar limosna, pero eso brota desde adentro.
Yendo a Algo del Evangelio de hoy, podemos decir que es verdad que no es bueno ser drástico, o sea, pensar que en la vida todo es blanco o negro, de esta vereda o de la otra, porque eso muchas veces nos lleva a enfrentarnos y a mirar de reojo todo lo que no es como nosotros pensamos que debe ser. Pero también es verdad que en la vida es bueno ser claros y sinceros, fundamentalmente con nosotros mismos y para con Dios. No se puede andar en serio por la vida sin una profunda y verdadera sinceridad. Y la Cuaresma, vamos a ir viendo, es de alguna manera un lindo camino de sinceridad interior que redundará en nuestra relación con Dios y los demás.

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https://youtu.be/wPa-h8k76Ho Evangelio del 18/2. Programado para las 20 h.

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Comentario a Mateo 6, 1-6.16-18:

Buen día, buen miércoles. Prestemos atención, hoy es Miércoles de Ceniza. Una Cuaresma más que comienza con este día tan lindo y tan importante que se nos regala para seguir creciendo en la fe, para seguir caminando, para no bajar los brazos, para darnos cuenta que todavía tenemos mucho por recorrer, que todavía podemos seguir creciendo en la fe y convertirnos, que podemos dejar de mirar la paja en el ojo ajeno y descubrir la viga que tenemos en el nuestro. Y eso implica también mucho trabajo, mucha humildad.
Bueno, buen comienzo de Cuaresma. Es un tiempo con tantos regalos, con tantas gracias, que te animo a partir de hoy a que te propongas a recorrerlo con el corazón. Dejá de lado tantas recetas que andan dando vueltas por ahí que nos dicen «Bueno, tenés que hacer esto» o «Tenés que hacer lo otro»; ahora, en la Cuaresma, «Tenés que pensar esto, planificar lo que viene». Yo te diría que, todo lo contrario.

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https://youtu.be/DA4hV2u9OMc?si=fmANHaPdlCMSPIer

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Comentario a Marcos 8, 14-21:

En general siempre es más lo que nos perdemos, que lo que hacemos mal conscientemente. La cuestión pasa por las cosas buenas que nos perdemos. ¿Alguna vez te pusiste a pensar en eso? Cuando vivimos una fe del cumplimiento, «cumplo y miento», como me decía un sacerdote –me acuerdo– en el seminario, seguramente no hacemos ningún mal, no le hacemos mal a nadie, «no matamos ni robamos», como le encanta decir a mucha gente, pero en el fondo nos perdemos de ser hijos, hijos amados del Padre y tener cada día más hermanos con la libertad que él nos dio para amar. «Padre: Yo no le hago mal a nadie», nos dice mucha gente a los sacerdotes. ¡Cuánta gente nos dice eso! «La verdad que no le haga mal a nadie». ¡Menos mal, pienso muchas veces por adentro! Eso es lo básico, eso es lo que debe aspirar cualquier hombre bien nacido, es lo indispensable para vivir en paz en un mundo donde somos muchos. Pero lo que nos podemos preguntar es: ¿Con eso alcanza? ¿Para eso somos cristianos? ¿Para estar tratando solamente de no hacer el mal? ¿Somos luz y sal solo para eso? ¿Somos luz y sal por el hecho de no hacerle mal a nadie o por desvivirnos en hacer el bien a los otros? Eso es muy distinto. La sal está para salar, la luz para iluminar. Es distinta la ecuación si soñamos cada día con eso, si soñamos con ser hijos, pero no «hijos únicos», sino hijos con muchos hermanos, muchos más de lo que imaginamos. El cristiano es hijo para amar a su Padre y para amar a los otros hijos de su Padre. Ese es el camino de los verdaderos hijos de Dios y no se ama en serio cuando solo se quiere «no hacer el mal». ¿Entendemos a qué me refiero cuando digo que es más lo que nos perdemos? Nos perdemos de ser libres, nos perdemos de amar en plenitud, nos perdemos en una maraña de cosas cuando pensamos y sentimos nuestra fe solamente con cumplir ciertas cosas o con no hacer ciertas cosas.

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https://youtu.be/pBZiHraSL_4?si=t7UnQasYF7ddifvB

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Comentario a Marcos 8, 11-13:

Cuando empezamos a descubrir lentamente en la vida, o a veces de golpe, que ser cristiano es mucho más que «cumplir» ciertas normas, que es mucho más que quedarse «tranquilo de conciencia» por haber hecho algunas cosas bien, que es mucho más maravilloso que andar «calculando» el amor que podemos dar, que es mucho más pleno que quedar bien con un Dios supuestamente que nos está controlando para ver si le obedecemos o no… todo empieza a tomar otro color, todo empieza a verse de una manera distinta. ¿Te pasó? ¿Te pasa? Ojalá que sí, porque así lo quiere nuestro Padre del cielo que nos considera hijos y no esclavos, que nos ama como a hijos, no como a objetos, que pretende amor, no servidumbre desinteresada, fría, seca y sin alma. Si no te pasó nunca todavía, si sos de esos tantos cristianos por el mundo como vos y yo por ahí que todavía no descubren la vida del espíritu, no desesperes, es el camino que todos debemos recorrer, tarde o temprano, si queremos salir del esquema de una religión vivida como imposición desde afuera, sea por quien fuera. Si no te pasó, volvé al Padrenuestro, rézalo con el corazón, es la oración de los hijos de Dios, y digamos juntos: «Venga tu Reino, que venga tu reinado de amor a nuestras vidas, vení a nuestras vidas así te reconocemos como Padre, no como algo extraño y lejano, no como un «Dios» así nomás, a secas, abstracto, sino como un Padre y queremos sentirnos hijos».
El cristiano en serio es el que empieza a vivir esta relación de amor, real y concreta con un Dios que es Padre siempre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor y con un Dios que es Espíritu, que habita en las almas, que las anima y las consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento, es el cristiano que no necesita «signos» especiales, no necesita andar «desafiando» a Dios. ¿Qué hijo, que se siente hijo verdaderamente y que ama a su Padre, lo desafía y discute con él? Una cosa es enojarse cada tanto y por dificultades, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.
Algo del Evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con Jesús, con su Padre si queremos ser felices. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que le encantaba a muchísima gente, discutir y discutir, y desafiar y desafiar, y repreguntar siempre, algo que a nuestro corazón a veces también le gusta. ¡Cuidado! ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu padre el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida– y otra cosa es plantarnos frente a Dios como casi más grandes que él, y no como hijos, sino como pares. Discutir no tiene sentido, dialogar sí. Por eso no discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar, eso siempre, no nos cansemos de dialogar, es lo mejor que podemos hacer. Dejemos de discutir, porque es lo peor que podemos hacer. Fijémonos que dice el Evangelio que «llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él», no dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo mucho, sí me lo imagino queriendo dialogar, pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es propio, sino que es del otro, es el otro el que finalmente no quiere.

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Algo del Evangelio

https://youtu.be/kc_UOw_I8gM

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Algo del Evangelio

En la primera tentación, en el fondo, el demonio le está diciendo a Jesús: «Si tenés una necesidad, tenés hambre, sáciala. ¿Cuál es el problema? Convertí las piedras en pan». «Tenés instintos, podríamos llevarlo a nuestra vida, ¡seguilos!». Tenés instintos de poder, de someter a los otros, de vivir desenfrenadamente la lujuria, la avaricia y todo lo que te atrae. Dejá que fluyan tus sentimientos. Sos hombre. Para qué andar privándote. Olvidate de la cruz, olvídate de probarte de cosas, olvídate de cargar con el peso del amor de cada día. Sé permisivo. Hacé en definitiva lo que quieras, total, todo el mundo lo hace. Si sos feliz, si te da placer, hacelo.
En la segunda tentación el demonio le propone a Jesús que haga lo que, finalmente, a los hombres les gusta ver: «Hacé algo grande. Hacé algo maravilloso. Sorprendé a los demás, sorprende a la gente para que tenga que decir: “Oh, mirá, se tiró de arriba y Dios lo salvó. Tírate de ahí arriba, mostrá que sos Dios”. Finalmente, los hombres olvidarán lo maravilloso, pero hacé lo que ellos quieren y te van a seguir. Tírate. Sobrepasá el dolor. No sufras. Tentá a tu Padre, total, él te ama». ¡Qué tentación más tentadora! Es una maravilla… sobrepasar el sufrimiento. Sin embargo, Jesús nos enseñará que al sufrimiento no hay que sobrepasarlo, cuando no se puede evitar, no hay que tirarse y saltarlo, sino hay que vivirlo, hay que traspasarlo, hay que asumirlo y entregarlo.
Salva a los hombres, en definitiva, le decía el demonio, pero sin cruz, e incluso tenta a Dios haciendo cosas ridículas. ¿Cuántas veces nosotros tentamos a Dios, le pedimos que nos salve de problemas que en definitiva nos hemos metido nosotros solos, como el pecado en sí mismo que nos lleva a veces a, incluso, quejarnos con Dios y preguntarle por qué no nos salva, cuando en definitiva dependía de nosotros?
Y la tercera tentación es la que le toca sufrir a la Iglesia también como institución y a cada uno de nosotros. La Iglesia que, en el fondo, sin darse cuenta, puede enredarse con el poder. La teología que no busca la trascendencia, sino solamente lo terrenal, lo humano. Lo trascendente ya parece que no dice nada. El «misterio» para qué. Lo terrenal, lo tangible, lo que vemos. Unite a lo que cambia al mundo, a la praxis, a lo práctico, a lo social. Hacé cosas que los demás vean: el dinero, el poder, las transformaciones sociales. Póstrate delante de mí y yo te voy a ayudar. Todos los reinos son míos y yo te los voy a dar. La gran tentación de cada corazón cristiano, de cada hijo de Dios que siente que lo espiritual parece que no sirve, que lo espiritual no cambia el mundo y Jesús nos enseña finalmente que lo que nos salvará, aquello que nos hará más hombres, aquello que nos hará más entero por decir así, aquello que nos dará la verdadera humanidad es la adoración, el reconocimiento pleno, constante y consciente de que el único que merece nuestra adoración es el Señor, que al único que podemos entregarle nuestra vida es al Señor. No dejemos que el demonio nos engañe. Tendremos muchas pruebas en la vida. Muchas veces tendremos que volver a elegir, tendremos que volver a decir: «No, cuidado, yo no vivo solamente de pan. No vivo solamente de lo material. No voy a saciarme mis necesidades mágicamente, sino voy a vivir también de la Palabra de Dios. No necesito lo espectacular, lo extraordinario, a Dios lo encuentro en cada cosa, en lo cotidiano de cada momento que nos toca vivir. No me voy a mezclar con los poderes de este mundo que me proponen dinero, placer y poder, sino que voy a adorar al Señor, mi Dios; al único que me da la vida y al único que me da la salvación».
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar

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Domingo 22 de febrero - Mateo 4, 1-11 - I Domingo de Cuaresma (A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 1-11

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.»
Jesús le respondió: «Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"».
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:
"Dios dará órdenes a sus ángeles,
y ellos te llevarán en sus manos
para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"».
Jesús le respondió: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"».
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme.»
Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: "Adorarás al Señor, Dios,
y a Él solo rendirás culto"».
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra del Señor.

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Estos fariseos no conocían el corazón de Jesús, ni tampoco el de Leví, el de los pecadores. El mundo no conoce el corazón de Dios y, por eso, se toma el atrevimiento de criticarlo. Nosotros no conocemos el corazón de los demás como para opinar tan libremente y creyendo que lo sabemos todo. Por eso, la respuesta de Jesús pinta cómo es el corazón de un Dios que generalmente es criticado, justamente por ser bueno. Para este mundo ser bueno se convierte en motivo de crítica, en un problema. Nos dicen a veces: «No seas tan bueno». «No seas ingenuo», nos dicen algunos y algunos padres incluso enseñan esto a sus hijos. Es verdad que hay que cuidarse, es verdad que no hay que ser tonto. Pero Dios vino a mostrar que es bueno, que puede sentarse a la mesa con todos y que por eso no deja de ser Dios, que viene como médico de nosotros que estamos enfermos, y a veces andamos como si no lo estuviéramos.
Tanto Leví como sus amigos, como los fariseos, en el fondo están todos enfermos; algunos se dan cuenta y otros no. Unos con enfermedades visibles y otros con enfermedades ocultas.
Todos sufrimos enfermedades espirituales y del corazón, y por eso en vez de ver las enfermedades de los demás olvidándonos de las nuestras, en vez de enojarnos porque Jesús cura a los que parece que no lo merecen, en vez de creernos que no necesitamos médico, aprovechemos que Jesús se sienta a la mesa con cualquiera, con todos, para estar con él; y para que estando con él, podamos cambiar. Es verdad, él quiere que cambiemos. Él quiere que en esta Cuaresma nosotros nos propongamos verdaderamente un cambio profundo del corazón. Es tiempo de gracia, es tiempo de dejar que Jesús se siente a la mesa con nosotros y nos enternezca con su amor y nos muestre que es posible ser hombres y mujeres nuevos, cambiar verdaderamente.
Esta es la conversión que todos necesitamos, cercanos y alejados. Porque, en definitiva, algún día todos terminaremos comiendo en la misma mesa, en la mesa del Reino, si de verdad aprendimos a dejarnos curar por Dios, que es Padre y envía a su Hijo para sanarnos. Mientras tanto, no señalemos a nadie, por las dudas. No vaya ser que Dios lo llame y yo me quede mirando de lejos cómo disfrutan algo que me estoy perdiendo. Mientras tanto, vivamos esta Cuaresma convencidos de que necesitamos del mejor médico del mundo que anda recorriendo el hospital de nuestra vida buscando a quién curar.
Hoy te animo a levantar la mano para poder decirle: «Señor, yo tengo necesidad de médico, tengo necesidad de vos. Tengo necesidad de ser curado, porque mi soberbia también me enceguece y me hace ponerme por encima de los demás; porque mi soberbia también me hace olvidar que alguna vez entraste a mi vida y me enseñaste lo que era la misericordiosa».

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p. Rodrigo Aguilar

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Sábado 21 de febrero - Lucas 5, 27-32 - Sábado después de ceniza

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 5, 27-32

Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?»
Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Yo hoy me pregunto: si en toda la historia de la salvación el ayuno fue una práctica liberadora, si todas las religiones de algún modo incluso lo practican, si Jesús mismo ayunó y habló del ayuno recomendándolo, si en toda la historia de la Iglesia se ayunó –los grandes santos nos lo han enseñado–, ¿por qué hoy le tenemos tanto miedo? ¿Por qué hoy nos empeñamos tanto en barnizarlo para que quede más lindo, pero finalmente ocultamos la verdad? ¿Por qué tantos dicen que no es necesario? ¿Por qué no confiamos en las palabras de Jesús y en las de la Iglesia, en la de los santos y, por qué no, también en la de la Virgen, que en tantas apariciones nos invita a ayunar? Creo que es para pensar, te invito a que lo pienses.
Los católicos a veces hemos perdido el don de saber y aprender a ayunar para poder dominar nuestra interioridad, nuestra voluntad, para poder encontrarnos con Jesús, para aprender a renunciar a cosas superficiales que a veces tapan lo esencial.
Alguien me preguntó una vez: «Padre, cuando Jesús habla del ayuno, ¿es literal?». Y sí, la verdad que sí. Nunca usa Jesús una imagen para hablar del ayuno, como pasa con otras cosas, sino que habla simplemente del ayuno. Nunca dice: «Bueno, hagan como si fuera que ayunan, ayunen, pero con el corazón». Jesús habló del ayuno real, de la privación voluntaria del comer para poder encontrarnos con él.
El ayuno hoy tiene sentido porque Jesús nos fue quitado, no lo podemos ver. No está físicamente con nosotros, está presente por la fe en la Eucaristía y en los demás, pero para poder encontrarlo es necesario alguna vez aprender a renunciar a lo más básico para poder entrar en comunión con él hasta que él vuelva; por eso también el ayuno antes de recibir la Eucaristía, que tenemos que volver a practicar en la Iglesia también.
Ayunar de alguna manera voluntariamente, con amor, por supuesto, es como decir quiero vaciarme de lo demás para poder percibirte y dejar que entres en mi corazón. El ayuno nos conecta con nosotros mismos y nos abre a los demás, a Jesús, porque nos evita que nos esclavice lo más básico de nuestra vida. El que come bien se comunica bien con los demás. El que se sienta a la mesa a devorar todo, o devora todo en todo momento y en todo lugar, es el que no sabe levantar la cabeza para mirar y dialogar con los demás.
Probemos ayunar realmente, te lo propongo, con amor, de corazón, sin que nadie lo sepa, sin poner cara triste. Probemos ayunar y dar tiempo a algo distinto para estar con los demás. Probemos ayunar y ser dueños de nuestras propias voluntades para poder decidir siempre lo mejor. Probemos ayunar sin que nadie se dé cuenta. Probemos vivir esta recomendación de Jesús con verdad, sin aguarla, sabiendo que la comida es un bien necesario, pero no absoluto, porque «no solo de Pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios».

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p. Rodrigo Aguilar

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Viernes 20 de febrero - Mateo 9, 14-15 - Viernes después de ceniza

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 14-15

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: « ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»
Jesús les respondió: « ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

¿Por qué digo esto? Porque hoy Jesús en sus palabras es un poco drástico, digamos, a simple vista. En realidad, muchas veces Jesús lo fue, pero drástico, contundente, fuerte, para una mirada superficial y para corazones que no quieren meterse para dentro, o bien podemos pensar que no siempre el ser drástico, contundente y fuerte es algo malo en sí mismo, al contrario, es necesario muchas veces. Pero imagino que, si estás escuchando este audio, querés ser sincero con él y con vos mismo. ¿Cuáles son las definiciones contundentes? «El que quiera ir detrás de mí tiene que cargar su cruz». El que quiera salvar su vida, la va a perder y el que la pierda por Jesús, la salvará. No parece haber mucho término medio. Por eso en esto tenemos que ser sinceros nosotros con él; si no, hacemos de nuestra fe hacia él una especie de ensalada de frutas, como se dice, en donde no terminamos de distinguir bien qué es cada cosa. Seguirlo cargando nuestra cruz es seguirlo, seguirlo sin cargar ninguna cruz es mirarlo de lejos, no es seguirlo. Es como poner «me gusta» a una página y enterarse cada tanto cuales son las novedades de este mundo tan superficial. Es como hacerse miembro de un club y recibir novedades por correo, es como decir que somos estudiantes y ni siquiera estudiamos, solo vamos a cursar. Seguirlo y buscar nuestro propio provecho, queriendo salvarnos a nosotros mismos, siendo egoístas, no es seguirlo, sino que es hacernos la idea de que lo seguimos. Seguirlo es empezar un camino de aceptación de que la salvación viene de él y que solo perdiendo la vida por amor de apoco, entregándonos vamos encontrando la plenitud. ¿Ves? En este sentido, Jesús no fue con medias tintas, no dijo una frase linda para atraer, para que lo sigamos, sin mostrarnos la letra chica del contrato, al contrario, fue más sincero que cualquiera.
Ahora, por otro lado, es verdad que una vez que lo seguimos, que tomamos esa decisión, empezamos un camino, estando en camino y en el camino hay de todo, hay varios carriles, por decir así, rápidos, lentos, incluso hay colectoras, hay caídas, cansancios, ayudas, reproches, hay… podríamos decir, algunos grises, pero ese es otro tema.
Hoy busquemos un «shock» de sinceridad, que puede transformarse en un sincericidio pero que nos haga bien, entregando la vida. ¿Queremos seguir a Jesús así, con cruz y dando la vida o queremos un cristianismo del vale todo y todo está bien siempre que siga mis gustos y caprichos? ¿Somos libres de seguir a Jesús, es una decisión nuestra, o lo seguimos casi por inercia como quien no quiere nada? ¿Lo seguimos dando la vida o pretendiendo que todos la den por nosotros? ¿Lo seguimos de lejos, casi virtualmente, sin compromiso como quien pone «me gusta» en una página para quedar bien con el otro o lo seguimos siendo responsables con cada obra del día, sabiendo que, sin diálogo con él, sin amor concreto al prójimo y sin privaciones voluntarias de nosotros mismos no podemos amar en serio? Pensemos y recemos con este regalo de hoy, con la Palabra de Dios.

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Jueves 19 de febrero - Lucas 9, 22-25 - Jueves después de ceniza

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 22-25


Jesús dijo a sus discípulos:
«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»
Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

A partir de la Palabra de Dios de hoy, de Algo del Evangelio, podríamos decir que la Cuaresma en realidad es un dejarse llevar por la gracia que nos va atrayendo y nos va transformando desde adentro, en la medida que nos disponemos, por supuesto. Por supuesto que hay que disponerse, por supuesto que tenemos que amar, rezar y, de algún modo, ayunar y privarnos de algo para que su gracia nos transforme. Pero de nada servirá, de nada va a servir que hagamos mil cosas, mil recetas que nos proponen por ahí, si realmente no lo hacemos y no descubrimos lo que Jesús nos dice en la Palabra de Dios de hoy: «Tengan cuidado». Tenemos que tener cuidado porque si amamos para ser vistos, en el fondo no estamos amando, porque estamos buscando una recompensa. Si damos limosna simplemente para calmar nuestra conciencia que nos grita que algo tenemos que hacer, tampoco estamos amando al modo de Dios, que ama sin buscar ser aplaudido. Si rezamos simplemente para cumplir, si cumplimos con nuestros propósitos de hacer tantos rosarios o tantas horas de lo que sea, de adoración o de silencio, pero solo lo hacemos para ser vistos, o incluso somos capaces de pregonarlo por ahí; finalmente, eso no será algo que le agrade a Dios. Si ayunamos y nos privamos de algo, si dejamos ciertas cosas, pero andamos tristes y no disfrutamos de la vida, de la gracia, de la vida de ser hijos de Dios, e incluso nos gustaría que se den cuenta de todo lo que hacemos; en el fondo, lo que estamos haciendo es buscarnos a nosotros mismos. Por eso en esta Cuaresma te propongo y me propongo que volvamos a darnos cuenta que lo único que interesa es que nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompense. Lo único que nos debe mover para amar, para rezar más o mejor y para privarnos de aquellas cosas que no nos dejan acercarnos a él; lo único que nos debe interesar es que nuestro Padre lo sepa. Y en realidad la gran noticia es que nuestro Padre siempre lo sabe, siempre sabe de nuestros esfuerzos, de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios y también sabe de nuestros egoísmos, de nuestras vanidades, de nuestras búsquedas personales. Por eso, ¿para qué buscar la recompensa en los demás? ¿Para qué buscar incluso la recompensa a nuestra propia conciencia que nos aplaude y nos dice casi vanidosamente: «¡Qué bueno que sos!»? No, busquemos la purificación verdadera, el camino de la fe silencioso, que lo único que le interesa es que el Padre del cielo le dé lo que realmente necesita a nuestro corazón, le dé a nuestro corazón lo que necesita, que en el fondo y simplemente es el amor del Padre, el saber que somos hijos.
Que tengamos una buena Cuaresma, que la vivamos realmente desde la Palabra de Dios, como la Iglesia nos enseña. Dejá de lado las recetas y disponete a escuchar al Espíritu que también, como a Jesús, nos conduce a vos y a mí al desierto para que podamos vivir no solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Miércoles 18 de febrero - Mateo 6, 1-6. 16-18 - Miércoles de ceniza

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 6, 1-6. 16-18


Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Algo del Evangelio de hoy nos puede ayudar a entender qué es lo que nos pasa muchas veces, o qué es lo que les pasa a tantos cristianos, varones y mujeres, que no terminan de vivir su fe con verdadera alegría: «¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?». Las palabras de Jesús suenan duras, pero son tan reales. ¿No recordamos? No será que nos pasan estas cosas como a los discípulos porque no recordamos, porque no terminamos de comprender y entender. Pongámonos en el lugar, en ese tiempo. Los discípulos habían terminado de estar en la multiplicación de los panes más grande y única de la historia y después se estaban preocupando por si les iba a alcanzar o no con un pan para todos. Parece irónico, gracioso, parece una burla casi de la Palabra de Dios, pero no lo es. Realmente les pasó eso, realmente nos pasa eso a nosotros también. Nos olvidamos de la gracia vivida, nos olvidamos del don, nos olvidamos que somos hijos y terminamos «peleándonos por quién podrá comer y quién no». Nos olvidamos de que somos hermanos y que tenemos un mismo Padre, y por eso nos ponemos a discutir cuando vemos que no nos alcanza para vivir porque en el fondo no confiamos en nuestro Padre, no confiamos en que siempre habrá un buen hermano que nos compartirá algo. ¿Entendemos? En el fondo nos olvidamos de nuestra condición de hijos y hermanos. Si nunca olvidáramos que nuestro Padre del Cielo jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; si jamás olvidáramos que, así como Dios cuida de los animales y de las aves del cielo, es imposible que nos deje de cuidar, no nos detendríamos en peleas que no tienen sentido, no nos pondríamos a discutir por un poquito de pan. ¡Qué poca memoria tenemos! ¡Qué rápido nos olvidamos de que, si sabemos compartir, si ponemos de nuestra parte, lo que podemos, si nosotros hacemos lo que otros no pueden, jamás nos faltará nada, al contrario, siempre va a sobrar!
¿Ya te olvidaste de todo lo que Dios Padre te dio a lo largo de la vida? ¿Ya nos olvidamos de que hace un ratito nomás Jesús multiplicó los panes frente a tus narices, con el amor que te regaló? ¿Tan rápido nos olvidamos de todo? ¿Ya te olvidaste de aquella vez que te animaste a poner de tu parte y de golpe todo fue mejor, todo se disfrutó, todo salió más lindo en tu familia, en tu comunidad? ¿Ya te olvidaste de que la multiplicación de los panes es el milagro continuo y actual de Jesús cuando sabemos poner amor en cada cosa? ¿Ya nos olvidamos de que la Iglesia, aún con sus debilidades y pecados, es una muestra cierta de que lo que se comparte se multiplica? ¿Nos pusimos a contar alguna vez la cantidad de amistades, conocidos y hermanos que llegaron a nuestras vidas gracias a que Jesús siempre lo multiplica todo? ¿Todavía no comprendemos ni entendemos?
No nos perdamos tanto amor del Padre por andar peleando y discutiendo. No nos perdamos tanto amor de hermanos por andar mirando si nuestra panza, nuestro estómago está un poco más lleno. Ser hijo y hermano, es mucho más que una simple comida; es aprender a compartir nuestras vidas.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Martes 17 de febrero - Marcos 8, 14-21 – VI Martes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 14-21

Jesús volvió a embarcarse hacia la orilla del lago.
Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.» Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.
Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»
Ellos le respondieron: «Doce.»
«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»
Ellos le respondieron: «Siete.»
Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

El que discute generalmente cae en el desafío, en el desafiar a los otros, en el intentar poner a prueba al otro porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino solo en lo que él piensa y siente. El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute, es medio «sordo» del corazón. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser.
Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, quieren comprobar lo que ellos piensan, mientras en el fondo no se dan cuenta que tenían el signo en frente a ellos, a sus narices. Mucho para aprender de la Palabra de Dios de hoy siempre, como siempre. No solo en nuestra relación con los demás, sino con Dios, nuestro Padre. ¿Dialogamos con Dios como un Padre, como un Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos? ¿Lo escuchamos o solo hablamos?
Finalmente es lindo imaginar ese momento en el que «Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación me pide un signo?”». ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando le pedimos signos? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda desafiando a Dios. Podemos, ¡cuidado! ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, del mismísimo Jesús? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestras vidas discutiendo, desafiando a otros y, al mismo tiempo, no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su Palabra, con la Eucaristía, con los más necesitados, en nuestras familias, con todos los que tenemos alrededor? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No será que a veces somos demasiados pretensiosos?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Lunes 16 de febrero - Marcos 8, 11-13 – VI Lunes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 11-13


Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo.»
Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Que tengamos un buen día, un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar

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