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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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Algo del Evangelio

https://youtu.be/0pEY-uVppC0?si=I7P6HryeQ6R-QxmZ

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Algo del Evangelio

Comentario a Marcos 12, 13-17:

No se puede leer la vida de Jesús por partes. No es suficiente. No alcanza con sacar frases lindas del evangelio, interpretarlas a nuestra manera. Hay que animarse a todo, a mucho más, a conocerlo de pies a cabeza, hasta el fondo del corazón. Por eso, te pregunto y me pregunto: ¿Cuántos libros enteros leíste en tu vida? ¿Cuánto tiempo le dedicaste en tu vida a muchas páginas de diarios y revistas, libros y más libros? Seguramente mucho o por ahí no tanto, no importa, en realidad, la cantidad que hayas leído. Ni hablar de películas o televisión, series que vemos a veces. Por eso, ahora podemos animarnos a preguntarnos… ¿Leíste alguna vez los evangelios enteros, de corrido, o día en día? ¿Leíste alguna vez todos los evangelios en donde se relata la vida de aquel que decís que amás y que seguís? ¿Los leíste? ¿Los escuchaste? ¿Los meditaste?
Es necesario que nos hagamos estas preguntas con sinceridad, porque no se conoce bien a Jesús cuando pretendemos conocerlo por partes, o por comentarios de otros, por más buenos que seamos, a veces, los sacerdotes, o intentemos serlo, o escuchando partes lindas nomás o no escuchando nada, o leyendo frases motivadoras del evangelio, dispersas por ahí, por todas las redes. Es imposible ser cristiano enamorado sin contacto con la Palabra de Dios. Alguna vez te lo dije, pero, por eso, afirmo una vez más, que es necesario escuchar el evangelio, el cometario es accesorio, hay que escuchar el evangelio.
Alguna vez también te dije: Si lees mucho de filosofía, serás filósofo… Si lees mucho de fútbol serás especialista en fútbol… Si te interesa la decoración, aprenderás de decoración, serás experta en decoración… Si escuchás y meditás mucho la Palabra de Dios, cada día, serás experto o experta en Jesús. ¿Hay algo mejor? ¿Hay algo mejor? Serás cristiano, en serio. Porque ser cristiano es eso, amar a Jesús con todo el corazón. Lo mismo pasa con nosotros los sacerdotes: o comentamos la palabra de Dios, leyéndola y mostrándola, manifestándola, o nos predicamos a nosotros mismos, o lindas ideas, muy lindas, pero no las de Jesús.
Me acuerdo esa anécdota del padre Hurtado, cuando se acercó un estudiante, un seminarista, a preguntarle en qué se debía especializar, después de ordenarse sacerdote, en qué carrera, en qué licenciatura. Y san Alberto Hurtado le contestó: “Especialízate en Jesucristo”. No se puede hablar de Jesús. No se puede hablar de Dios, sin dejar que hable él. Tan sencillo como eso. Cuando perdemos el contacto con lo que da sentido a nuestra vida, o con lo que debería darlo, para lo cual nos consagramos nosotros los sacerdotes, somos capaces de hacer y decir cualquier cosa, como seguramente escucharás tantas por ahí. Es fundamental que volvamos a las fuentes, a la raíz de nuestra fe, a lo más profundo, todos, para volver a sentir la frescura del evangelio y encontrarnos con el Jesús que nos quisieron enseñar los que escribieron los evangelios. Hay que animarse a leer el evangelio de Marcos entero y saborearlo poco a poco. Cuenta la historia que algunos santos se sabían el evangelio de Marcos casi de memoria, de tanto leerlo y meditarlo. Bueno, en la época donde no había tantos medios y cosas que nos hacen perder la memoria. Pero ¡qué lejos estamos nosotros a veces, de tanto amor!

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https://youtu.be/ugV8xJnHbxo?si=jQ2-fh4OnqzfmYmo

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Comentario a Marcos 12, 1-12:

Buen día, Dios quiera que empieces una linda semana. Dios quiere que empecemos una linda semana. Acordémonos que no hay mejor manera de arrancar el día, de empezarlo, que estar escuchando la palabra de Dios. No a mí, ni a otros, sino la palabra de Dios. Nunca te olvides de eso y nunca te canses de hacerlo.
Después de un tiempo largo, casi tres meses, entre Cuaresma y la Pascua, retomamos lo que llamamos, el tiempo ordinario o el tiempo común o tiempo durante el año de la Iglesia. Así es cómo la Iglesia divide en diferentes modos el tiempo litúrgico, para ayudarnos a compenetrarnos cada vez más en la vida de Jesús. Por eso retomamos la escucha del evangelio de San Marcos. Seguiremos leyéndolo de manera continuada, desde el capítulo 12, y eso nos ayudará a seguir el hilo de lo que este evangelista quiso dejarnos sobre la figura de Jesús, su mirada sobre él, qué pensó y qué supo de él. Cada evangelista nos da su propia mirada del misterio de Jesús según la tradición que recibió de otros. Marcos era discípulo de Pedro, por eso se sabe que su evangelio proviene directamente de los relatos que suponemos y sabemos, mejor dicho, que recibió directamente de él y que fue el primero en escribirse. Es corto, de alguna manera, podríamos decir, sencillo, pero no por eso menos profundo, escueto, sencillito. Nos quiere mostrar a un Jesús muy humano, por decirlo así, lleno de gestos de cercanía, pero, al mismo tiempo, un Jesús sufriente. Un Mesías sufriente, que no le gusta que lo exalten al modo humano, sino que, incluso, no quiere que sepan que era el Mesías. Y será desde su sufrimiento en la cruz donde se manifestará su divinidad. Qué misterio. Desde la cruz un centurión lo proclamará Mesías. Verdaderamente este era el hijo de Dios. Seguramente algo extraño a nuestros oídos, pero nos ayudará. Nos hará muy bien. Por eso, la pregunta de fondo de este evangelio, y que te animo a que te la hagas hoy también, es: ¿Quién es realmente Jesús? ¿Quién es realmente Jesús?
Yendo a Algo del evangelio de hoy, podríamos decir que el fin de la parábola que Jesús le cuenta a los fariseos, a los escribas, es revelar la ignorancia del hombre cuando se cree el dueño de las cosas que, en realidad, son de Dios. Con esto los confronta con su propia historia, con la historia del pueblo de Israel que rechazó los enviados de Dios, pero también con la historia del ser humano, de toda la humanidad. Con nuestra historia también, con la tuya y la mía.

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https://youtu.be/l4Ry0jKlwuk?si=nLpBg1ZklRpr7f6G

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Comentario a Juan 3, 16-18:

La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se haga presente en la historia, siendo el que le da la vida a la Iglesia, el que le da el alma, y nos da vida a vos y a mí y nos mantiene ahora con deseos de amar y escuchar, de creer, de tener esperanza, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Como para coronar, de algún modo, todo lo que venimos celebrando, creyendo y rezando a lo largo de todo este año litúrgico que cada año se repite en la Iglesia, pero que nos ayuda a refrescar y a revivir los misterios de nuestra fe, los misterios de Cristo. Dios, entonces, no es un Dios particionado, no es un Dios que está con distintos compartimentos, en discos rígidos, sino que, aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco, Dios, en definitiva, es un Dios cercano, aunque esté más allá.
Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada vez que hablamos de Dios tendríamos que decirnos a nosotros mismos: esto que dije de Dios, ¿es Dios, o es algo de Dios o es lo que yo pienso de Dios? No es que es un poco Padre, un poco Hijo y un poco o algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y a enseñarnos con su vida. Por eso esta fiesta es tan importante. Nuestra fe es un todo, un todo orgánico, un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo y, al desviarme en una cosa, al negar una, toco sin querer la otra, la disminuyo también. Me lleva inevitablemente a desviarme de la otra. Por eso, el cristiano es trinitario. No es solo cristocéntrico, no es solo con Jesús. No es ni solo Jesús, ni solo el Padre, ni solo el Espíritu. Cómo hacen ruido esas espiritualidades en la Iglesia que afirman solo una cosa: solo Jesús, solo el Espíritu, solo el Padre, o a veces ni siquiera el Padre, o solo María, o haciendo solo hincapié en una parte de nuestra fe. Eso nos debería hacer un poco de ruido. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese revelado, no lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, sí podemos acercarnos y dejarnos invadir por él. En realidad, el Misterio significa eso: se hizo accesible, pero, al mismo tiempo, permanece siempre, de algún modo, distante. No podemos amarrarlo a nuestra manera, hacerlo a nuestra medida.
Algo del Evangelio de hoy dice: «Sí». Sí, podríamos decir también nosotros, bien fuerte. «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único». Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, en particular, y a todo lo que creó. Nos ama tanto que no quiso «quedarse encerrado», no quiso quedarse acuartelado para siempre, en la eternidad. Quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su corazón para que podamos maravillarnos algo de su gran misterio y podamos enamorarnos de su amor. ¿Cuál es el misterio? ¿Qué es un misterio?

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https://youtu.be/7aFgeOjcBYU?si=CqOx8rvpPMhlLMiF

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Comentario a Marcos 11, 27-33:

¡Buen sábado! Espero que empieces, que empecemos un buen fin de semana. Después de haber escuchado cada día la Palabra de Dios, no podemos bajar los brazos. Siempre los días que podemos descansar un poquito más, los días que cambiamos de actividad, también son días para tener una oportunidad y volver a escuchar de otra manera, escuchando algo que ya escuchamos para repasarlo por el corazón, o bien escuchar mejor lo que no escuchamos, o escuchar mejor lo que hoy se nos propone para escuchar. Por eso, ¡a levantarse una vez más este sábado!, en el que terminamos esta semana de recorrido de la Palabra de Dios, donde una vez más Jesús nos habló al corazón, a todos.
¿Cuántas personas son las que reciben la Palabra de Dios, la meditan, la escuchan, la mastican en su corazón para poder sacarle fruto? ¿Cuántas personas? En realidad, no importa –como siempre digo– la cantidad, sino cuántas son las que le sacan fruto. Solo Jesús lo sabe. Por eso, no te canses de escuchar y no te canses de ayudar a otros a que puedan escuchar. No pienses que por un rechazo ya no quieren escuchar más, sino que a veces cada uno tiene sus días, a veces no escuchamos con tanta atención, pero no dejemos de insistir.
Bueno, y en este final de semana también, como decíamos ayer, llegamos al final de una sección del «camino» del Evangelio de Marcos, donde Jesús ya se encamina decididamente a Jerusalén para entrar a ciudad santa, que representa toda la religiosidad de un pueblo, toda la historia de una relación con Dios; en donde también había autoridades que, sin darse cuenta y a veces creyéndose más que los demás, se creían los representantes de Dios en la tierra, pero no siempre cumplían bien su función. Pero vamos por partes.
Primero, dice el Evangelio, Algo del Evangelio de hoy, que Jesús llegó a Jerusalén. Bueno, Jesús caminaba, caminaba por Galilea, por los distintos lugares donde quiso predicar, pero se encaminó a Jerusalén. Sabía a dónde tenía que ir. Eso es algo que también nos ayuda a nosotros. ¿Sabemos a dónde estamos yendo? ¿Sabemos a dónde nos lleva el camino que estamos transitando? Hay que tener bien en claro hacia dónde vamos. Jesús siempre tuvo en claro que finalmente tenía que llegar a Jerusalén, que ahí debía ser el lugar donde iba a entregar su vida. Bueno, ¿vos y yo sabemos a dónde vamos, qué estamos haciendo en esta vida?

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https://youtu.be/PCtJ6O1aWsg

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Comentario a Marcos 11, 11-26:

Nuestra incapacidad de escuchar profundamente todo lo que nuestros oídos oyen es lo que en definitiva no nos deja crecer en la vida. Si nosotros creciéramos en nuestra capacidad de escuchar a los demás cuando nos hablan, sin interrumpir, sin opinar de lo que no sabemos, sin juzgar a nadie, sin criticar, sin pensar que lo sabemos todo; si nosotros aprendiéramos a escuchar cada día a las personas que tenemos en frente, claramente cuando nos sentamos a rezar, podremos escuchar mejor al Señor y también al revés. En la medida en que aprendemos a detenernos y a escuchar la Palabra de cada día y tratando de desmenuzarla, de encontrarle su sentido, de sacarle fruto, de sacarle el jugo, hasta la última gota, es cuando también aprendemos a escuchar a los demás, empezamos a mirar distinto a los demás. Por eso tenemos que aprender a seguir creciendo en nuestra capacidad de escucha, que implica siempre el corazón. Sin el corazón no hay verdadera escucha.
Este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno seguramente con el cansancio a cuestas de la vida que llevamos, creo que nos puede hacer bien contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando «termina su camino» –simbólicamente– o cuando llega a donde quería llegar, a entregar la vida por nosotros. Por otro lado, escuchamos en otros Evangelios que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado, matado y, finalmente, resucitaría, pero ellos no terminaban de comprenderlo. Su ceguera no se los permitió en ese momento comprender, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender que finalmente pasa lo que Jesús nos decía que iba a pasar.

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https://youtu.be/8hgo4DF5fiM?si=ZEi1Vo64t0C8KkZg

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Comentario a Marcos 10, 46-52
 
Cerra por un instante los ojos si podés. Si podés en este momento cerra los ojos, e imagina que Jesús se te cruzó por el camino en este momento, o simplemente estás en tu casa preparando algo para tomar, estás en un jardín, estás caminando, estás viajando. Bueno, por ahí no podés cerrar los ojos pero hacé el esfuerzo e imagina que Jesús se te cruzó por el camino de tu vida en este momento y te pregunta la pregunta que todos desearíamos que alguna vez el mismísimo Dios nos haga al corazón, pero hay que hacer el esfuerzo y pensar que también nos la está haciendo a vos y a mí en este momento, a tantos, a miles, que están escuchando ahora la Palabra de Dios, a miles de personas que están en situaciones muy distintas, a personas que ahora están postradas, solas, sufriendo o personas que están perdidas en tantas cosas o haciendo incluso maldades. Pero quién no quisiera de nosotros que hoy el Señor, el Maestro, el mismísimo Dios nos pregunte: ¿Qué quieres que haga por ti, qué querés que haga por vos?,  diríamos acá. ¿Qué querés que haga por vos? ¿Qué querés que haga por ti? ¡Qué pregunta! Imaginemos un paso más, que justamente tenemos la posibilidad de pedirle al Señor casi como única vez en la vida lo que realmente decimos, lo más profundo, lo que deseamos con todo nuestro corazón. Él nos está diciendo: Ahora, pedímelo, qué querés que haga por vos.
            Y esto que estoy proponiendo como un ejercicio de composición de lugar, diría san Ignacio, de pensar, con el corazón imaginar la escena no es simplemente un ejercicio, es algo que está pasando y que te puede estar pasando y que, en realidad, Jesús quiere que nos pase, quiere que nos dejemos preguntar por él: ¿Qué querés que haga por vos? Pedime lo que quieras, pedime lo que quieras, no estabas o no estás a veces tirado al costado de la vida sin poder caminar, mendigando un poco de amor, mendigando a los gritos que los demás te escuchen, mendigando a veces amor con tus actitudes, con tus broncas, con tus enojos, estás gritando pero nadie te escucha porque en el fondo estás mendigando, estás a los gritos porque cuántas veces no somos como este ciego mendigo que en el fondo no estamos viendo nada, no estamos pudiendo ver la realidad, no estamos pudiendo ver nuestro propio corazón que grita deseoso de amor y no sabe amar. Solo quiero ser amado y no sabe salir de sí mismo, a veces estamos como este circuito que no puede ver tanta gente alrededor, tanta gente que incluso puede necesitar más que uno mismo.

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https://youtu.be/1qmd4qC2cJE?si=UTR2nvsTDHbL60q4

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Comentario a Marcos 10, 32-45:

Escuchamos tantas cosas durante el día, nuestra vida actual está tan llena de ruidos tanta música tanta palabrería, tanto ruido por todos lados, tanto que casi no existe el silencio, solamente existe cuando lo buscamos cuando hacemos un esfuerzo. Por eso para escuchar necesariamente, valga la redundancia, necesitamos silencio, no puede haber otro camino.
Cuando escuchamos con otros ruidos en definitiva hay interferencias, no llegan bien las palabras a nuestro corazón o esas otras palabras o ese ruido interfieren y no deja que llegue bien el mensaje a nuestras almas. Por eso cuando escuchemos, ahora en este momento, que estás escuchando, apaga todo lo que tienes alrededor, no dejes que se escuchen ruidos, trata también de apagar los sentidos de tu corazón la vista, el tacto, el gusto. No se puede escuchar comiendo, no se puede escuchar mirando otra cosa, no se puede escuchar si no hacemos un esfuerzo para hacer silencio. Sigamos escuchando que es lo mejor que podemos hacer. Dejemos que los frutos, vas a ver, llegarán a su tiempo.

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https://youtu.be/kfWNg_Nz8BM?si=4OLO_ZEe2abrxZhV

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Algo del Evangelio

Algo del evangelio de hoy nos enseña muchas cosas, pero una de ellas es que, claramente, Jesús no era tonto. Bueno, es muy obvio, ¿no? Fue muy bueno, pero no era tonto. No era un ingenuo. Muchas veces, ante los engaños de los otros, nos conviene responder con preguntas, como lo hacía él. La manera más fácil de desenmascarar un engaño, una hipocresía, y saber qué es lo que realmente busca el otro, es “retrucar”, como se dice. Es un juego de acá de Argentina, que se llama “truco”. Si te cantan “truco”, decile “retruco”, si te cantan “retruco”, respondele “quiero vale cuatro”. Jesús no se dejó engañar por los soberbios de este mundo, que querían que pise el palito o la trampa, y se equivoque, para acusarlo de algo. Por eso, primero lo adularon un poco. Lo adulan en el evangelio de hoy. Si respondía que había que pagar el impuesto, lo iban a acusar de estar a favor del imperio y en contra de su pueblo y de Dios; si respondía que no había que pagarlo, lo iban a acusar de rebelde, de no someterse a la ley. Qué cosa tan actual también para hoy, ¿no? Qué difícil que es diferenciar lo que es de Dios y lo que es de los hombres, lo que es de los que nos gobiernan, y de nosotros, nuestra independencia sana. Por eso, no podía haber mejor respuesta que la de Jesús: «Den al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios.» Podría ser algo así también: “Esa moneda que tenés en la mano es del emperador, está bien, dásela a él, está bien. Es de él, está su cara, pero, el corazón es de Dios, y por eso hay que dárselo a él. En sus corazones está grabada la imagen de Dios, la imagen de Dios está grabada en nuestra alma”. Qué lindo, qué maravilla. Cada cosa en su lugar y no dejarse engañar. Eso es lo que tenemos que hacer. Los cristianos estamos en este mundo y es lindo el mundo que Dios nos dio. Es para agradecer, como decíamos ayer. Pero, al mismo tiempo, no somos de este mundo, somos para otro mundo. No somos para este mundo. Por eso, hay que darle a este mundo, lo que es de este mundo, lo poco que podemos darle, pero a Dios, lo que es de él. ¿Qué le corresponde al mundo? Es lo que tenemos que aprender a discernir y distinguir. Seguramente, muchas cosas, pero jamás el corazón. ¡Cuidado! No le des tu corazón a ningún político, a ningún líder humano. ¿Qué tenemos que darle a Dios? Todo, porque todo es de él. Especialmente nuestro corazón, que es su “imagen y semejanza” ¿Te acordás de la parábola de ayer? La viña es de él, el mundo es de él, todo fue puesto por él y para él, y por eso todos los frutos son para él. Sin embargo, “este mundo” nos hace olvidarnos quién es el verdadero “César”. Con mayúscula, DIOS ES EL VERDADERO REY DE NUESTRA VIDA, el que la gobierna. Los reyes de este mundo, los gobernadores de este mundo pasan y pasan. Los presidentes también.
A ellos les gusta que sus nombres queden grabados en diferentes lugares, en monedas, en billetes, calles, monumentos, lugares públicos y tantas cosas más, pero el único que merece ser grabado en nuestro corazón es Dios, el Dios hecho hombre, Jesús. ¿Entendemos esta verdad tan hermosa, tan maravillosa?
La respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar. Da la verdadera jerarquía a las cosas que nosotros, a veces, perdemos de vista. Somos de Dios y para Dios. Dios o nada. Pero, al mismo tiempo, debemos en este mundo cumplir las leyes que nos rigen y nos ayudan a vivir en la sociedad buscando el bien común, por supuesto las que no contradicen la ley de Dios. Un buen cristiano es un buen ciudadano. San Pablo recomendaba rezar por los gobernantes y, de alguna manera, someterse a ellos, pero ¡cuidado! A Dios lo que es de Dios. Un buen hijo de Dios cumple las leyes que se orientan al bien común, pero rechaza las leyes que atentan contra el amor de Dios y sus mandamientos. ¿Entendemos? “A Dios lo que es de Dios”. O sea ¡todo!.

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p. Rodrigo Aguilar

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Martes 2 de junio - Marcos 12, 13-17 – IX Martes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 13-17

Le enviaron a Jesús unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?»
Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario.»
Cuando se lo mostraron, preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»
Respondieron: «Del César.»
Entonces Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»
Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.

Palabra del Señor.

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Dios, que nos dio todo, nos ha dado todo, plantó una viña, para que podamos vivir y alimentarnos de ella, o sea, nos dio todo este mundo. La creación maravillosa la "cercó" de alguna manera. Le puso ciertas normas, ciertas reglas que teníamos que respetar. Las normas que nos quieren conducir a vivir la vida entre nosotros en paz: los mandamientos. Nos dejó también "una torre de vigilancia" porque también, de alguna manera, se quedó él, para custodiarnos, no para castigarnos. Como Padre que ama. Y nosotros qué hacemos. Sin querer o queriendo, matamos a los enviados de Dios que vienen a buscar lo que, en realidad, es de él, y no nos damos cuenta de que él se hizo presente en muchísimos momentos de la historia.
Pero, pensemos en nuestra historia, en la personal. También nosotros, a veces, sin querer nos "adueñamos" de las cosas de Dios, de los frutos de esa viña que él nos regaló. Muchas veces no nos damos cuenta y no dejamos que él venga a cosechar lo que es de él. Nada es nuestro. Todo es de él. Nada es de nadie y todo es de todos. Nadie puede decir que es dueño de las cosas y de la creación, solamente un corazón soberbio. Nadie puede adueñarse de las gracias y de los carismas que Dios da.
Todo esto, que parece tan raro, es así; es el plan original de Dios Padre, que el hombre se encargó de destruir lentamente y Jesús vino a reparar. No pensemos que todo lo que nos rodea es "mérito" nuestro, todo lo que hicimos. ¿Quién decide qué es lo que se merece cada uno? En realidad ¿no nos merecemos, de alguna manera, todos lo mismo o en la medida que podemos recibir? Tenemos que aprender a compartir, y a no pensar que las cosas que alcanzamos a tener en la vida son por puro mérito nuestro. ¿Quién puede decir que tiene todo por mérito propio?, ¿Quién puede decir eso? Cuidado con adueñarnos de los regalos que Dios nos dio y los hemos hecho fructificar por nuestro esfuerzo. Es verdad. Cuidado con adueñarnos de las gracias de Dios. Cuidado con adueñarnos de las cosas de este mundo, de la Iglesia, de mi servicio, de mi comunidad, de mi parroquia. ¡Cuidado! Todo es gracia. Todo es don de Dios.
Si no aprendemos a mirar la vida de esa manera; podemos ser como estos hombres, que van matando lentamente a los enviados de Dios, que vienen a buscar a nuestra viña los frutos que le corresponden a él. Si miráramos la historia de la vida así, si miráramos la historia de nuestra propia vida así, con qué gratuidad viviríamos, con qué gratuidad viviríamos cada día...
Que tengamos un buen día. Que tengas un buen día y que puedas vivir así, con gratuidad, con una acción de gracias continua en el corazón, reconociendo que todo es regalo de él.

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p. Rodrigo Aguilar

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Lunes 1 de junio - Marcos 12, 1-12 - IX Lunes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 1-12


Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos:
«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra." Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?»
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Retomo lo anterior. Para nuestra fe, hablar de misterio no es hablar de cosas misteriosas, en el sentido de que nadie puede conocerlas, absolutamente inaccesibles, ocultas, esotéricas, reservada para algunos iluminados, para los que piensan mucho, sino todo lo contrario. Que Dios sea un misterio quiere decir que se reveló, que se quiso mostrar a nosotros. Quiere decir que lo inaccesible se hizo accesible y por eso podemos conocerlo, que corrió el velo, y ahora lo podemos ver. Decir que Dios es un misterio, quiere decir que podemos conocerlo. ¿Lo sabías? Seguramente no, porque no es tan común pensar esto.
Obviamente nunca se llega a decir todo. Jamás podremos decir que podemos conocer a Dios perfectamente. Jamás, porque Dios sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió a su Hijo al mundo, un Padre que creó todo por su Palabra, que es el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre. Dio su vida por nosotros, obedeciendo al Padre y retornó al Padre para estar sentado a su derecha. Y el Padre también, junto con el Hijo, nos envió al Espíritu, por medio de su Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino, pero uno solo.
Muy lindo, pero... ¿qué tiene que ver esto con nuestras vidas?, te estarás preguntando. ¿Qué tiene que ver esto que parece tan extraño, y a veces tan difícil de explicar? Dice el Evangelio: «…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar, más que buscar entender, la maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que, conociéndolo, podamos vivir de él y amar como él. Somos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza del Hijo; llamados a ir «pareciéndonos» a él, viviendo y siendo hijos como él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu Santo. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Ir divinizándonos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña y nos quiere hacer participar de ese amor.
¿Cómo hacemos para vivir esto? Antes que nada, creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que nosotros nos imaginamos, sino que es como él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se nos antoja, sino como él nos enseña, creerle a él. Un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande de nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que ella quiere: amar y ser amados. Dios no es entonces un ser solitario, tampoco nosotros podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarlo. También con nuestra oración diaria, con cada gesto de corazón que hagamos, principalmente, con nuestra adoración en espíritu y en verdad.
Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que ese gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que su gloria es que nosotros participemos de su divinidad.

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p. Rodrigo Aguilar

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Domingo 31 de mayo - Juan 3, 16-18 - Solemnidad de la Santísima Trinidad(A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18


Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Y segundo, dice que una vez que empezó a caminar, ya dentro del Templo de Jerusalén, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, o sea, aquellos que tenían autoridad dentro del pueblo de Israel, aquellos que interpretaban la Ley, aquellos que daban culto a Dios, en representación del pueblo, se acercan para cuestionar la autoridad de Jesús. Los que se creen con autoridad cuestionan la autoridad de otros, en este caso de Jesús, como pasa también en el mundo de hoy. Aquellos que se creen con la autoridad, que se creen con el derecho de ejercer poder sobre los demás, muchas veces cuestionan la autoridad de otros que, en el fondo, tienen más autoridad. Jesús –decía también la Palabra– predicaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Por eso, ellos se mueren de envidia y de bronca al ver que Jesús tenía más autoridad que ellos, cuando ellos eran los que pensaban que la tenían, y la cuestionan: «¿Quién te dio autoridad para hacerlo?».
Bueno, a nosotros también muchas veces en la vida nos pueden cuestionar nuestra autoridad, pero si la ejercemos bien, tenemos que estar en paz; si la ejercemos con amor, por atracción y no imponiendo nada a los demás, como hacían los escribas y fariseos, nosotros tenemos que estar en paz. Sin embargo, cuando nos cuestionan la autoridad porque la estamos ejerciendo mal, es oportunidad para revisarla y cambiar y ejercer autoridad como lo hacía Jesús: viviendo primero lo que predicaba. Eso es lo que nos da autoridad: vivir y pasar por el corazón primero aquello que pretendemos que aprendan los demás.
Y por último –y para terminar– Jesús nos enseña también qué tenemos que hacer cuando cuestionan nuestra autoridad y, por otro lado, no tenemos la necesidad ni tampoco la obligación ni el deber de responder a todo lo que nos cuestionan. Jesús no termina respondiéndole lo que ellos pretenden, les responde con una pregunta, y ahí es donde ellos se quedan en un «callejón sin salida» y no saben qué responder porque, en el fondo, tienen miedo, porque, en el fondo, no tienen autoridad. No tenemos obligación de responder a aquellos que no tienen autoridad, o sea, a aquellos que no viven lo que enseñan ni viven lo que predican. Por eso, pidámosle a Jesús que también nos dé esa sabiduría, esa capacidad de callar en los momentos que tenemos que callar y de responder con preguntas a aquellos que no se merecen que le digamos todo lo que pensamos y sentimos. Eso no es mentir, sino es, simplemente, no decir toda la verdad en los momentos que no vale la pena, en los momentos en que tenemos en frente solo corazones cerrados y obtusos.

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Sábado 30 de mayo - Marcos 11, 27-33 - VIII Sábado durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 27-33


Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?»
Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»
Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: "Del cielo", él nos dirá: "¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: "De los hombres?"» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.»
Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

En estos días escuchamos cómo el Señor había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones: un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se peleaban por un puesto y no comprendían lo más profundo del «ser» de Jesús y a lo que había venido y, finalmente, el ciego, Bartimeo, que por su fe fue salvado, ¿te acordás? Que por su fe no solo fue curado de su ceguera física, sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a caminar con Jesús. En definitiva, lo que nos enseñaron estos relatos es que la fe nos va curando de las cegueras espirituales y nos permite seguir libremente al Señor por decisión propia. Y por supuesto, sin fe, no podemos «ver más allá»; sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas en la vida; sin fe, no solo no vivimos como él quiere, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, no nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y, además, somos capaces de cuestionar hasta al mismísimo Dios. Y por eso, el Maestro, en Algo del Evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe que incluso seamos capaces de «mover montañas». Entendiendo esta frase como un símbolo, por supuesto no podemos reducir esta expresión a pensar que, con la fe, con la fuerza de la fe o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente romper las leyes de la naturaleza. Con esta expresión, el Señor se refiere a algo «más profundo»; más bien, se refiere a las «montañas» que tenemos que mover en nuestras vidas; aquellas que son obstáculos, que no nos permiten caminar; y a esas «montañas» que a veces no nos animamos a subir, porque parecen «imposibles»; a las «montañas» de los tropezones de la vida, que solo podemos mover con la fe o que nos ayudan a levantarnos y a través de ella, la fe, nos damos cuenta finalmente que hace todo posible, que es posible dar un paso más, es posible levantarse si uno está al costado del camino; tirar el manto, tirar ese pecado que arrastramos y no nos deja seguir, o superar cualquier situación de nuestra vida que parezca «imposible», por habernos alejado de él.
Lo importante es tener fe, es confiar en Jesús, fiarse de él, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que deseamos, dejando todo en manos de él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.
Hoy te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole a él que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole también una gracia para alguien que vemos que la necesita, para algún enfermo, para alguien que sufre. En realidad, la fe «mueve montañas», porque la fe puede «mover corazones» y ¡las montañas más difíciles de mover, muchas veces, son nuestros corazones!

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Viernes 29 de mayo - Marcos 11, 11-26 - VIII Viernes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 11-26


Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.
Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»
Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: "Retírate de ahí y arrójate al mar", sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.
Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Bueno, ¿no estuvimos así tantas veces?, ¿no estamos así tantas veces y no nos salió gritar desde el corazón: Jesús, ¿ten piedad de mí? Nosotras podríamos decir: Jesús, acordate de mí, hace algo bueno por mí. Bueno, lo hemos gritado tantas veces, y él se acerca a nosotros, o nos manda a llamar y nos dice: ¿Qué querés que haga por vos? Bueno, pidamos hoy lo que realmente queramos, pero cuidado. Fijémonos cómo termina la historia de hoy. ¿Qué podía pedir el ciego? Por supuesto, ver, pero podría haber pedido otra cosa, podría haber pedido algo para comer, podría haber pedido dinero para seguir adelante. Sin embargo, pidió algo en serio, pidió ver y a partir de ahí todo cambió, porque su fe lo había salvado. En realidad, pudo ver porque se acercó con fe, porque gritó con fe, porque se dio cuenta que no necesitaba cosas, que necesitaba ver, como vos y yo. Necesitamos ver, ver qué nos pasa, qué pasa alrededor. Los ojos que nos ha regalado Dios son para ver, es verdad, pero no solo hay que ver, sino que hay que aprender a mirar y mirar lo que el Señor nos ha puesto alrededor, mirar nuestro propio corazón, mirar la enormidad de gracia que nos ha concedido a lo largo de la vida y todo lo que nos queda todavía por caminar. Sigamos el camino, sigamos el camino junto a Jesús que hoy nos da una oportunidad más y nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti?
 
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P. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Jueves 28 de mayo - Marcos 10, 46-52 - VIII Jueves durante al año
 
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 46-52
 

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama.» Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.
Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver.»
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
 
Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

En Algo del Evangelio de hoy, Juan y Santiago se pelean por un puesto; porque no entienden que el reinado de Jesús es un reinado espiritual, un reinado que transforma desde adentro del hombre, para sacarnos las «cáscaras» que tenemos y poder encontrar el niño interior, como se dice, nuestro pequeño interior, y así, por supuesto después, transformar la realidad; pero empieza desde adentro. Por eso, terminan peleándose y, al mismo tiempo, los otros diez se indignan. En definitiva, son todos débiles, eso muestra la palabra de hoy, ninguno descubre la verdadera propuesta que vino a hacerles Jesús. ¡Qué paradoja! Jesús, proponiendo la pequeñez y los discípulos proponiendo una grandeza que no comprenden; y nosotros también muchas veces andamos así. Andamos así en la Iglesia, andamos así en nuestras familias, andamos así entre nosotros, en medio de este mundo: peleándonos, a veces sutilmente, por un puesto, indignándonos por el puesto que tiene el otro. No somos del mundo, pero, sin embargo, a veces parecemos de este mundo.
Cuando en la Iglesia nos peleamos como se pelean los de afuera, como se pelearon los discípulos, es porque no comprendimos nuestra misión; esta es una gran debilidad de los hombres, de todos, con la cual lucharemos hasta el final. Ojalá nos diéramos cuenta de esto, ojalá nos convirtiéramos en hombres y mujeres «espirituales», como dice san Pablo: «En hombres nuevos», y nos demos cuenta que la verdad de la vida, la esencia de la vida, pasa por otro lado, por la pequeñez que nos hace grandes, por la fortaleza que triunfa en la debilidad. Mientras tanto, seremos cristianos que andamos así, andamos detrás de Jesús, pero en otra sintonía, mientras él nos habla de entrega y amor. Sí, puede ser, caminamos, estamos con él de algún modo, pero, en realidad, vamos ahí, en el montón, en la masa, sin ser lo que debemos ser realmente, sin distinguir realmente lo que Jesús nos pide. Sin embargo, Jesús hoy, con una gran bondad, saca lo mejor de ellos, saca lo mejor de esa gran debilidad: «Ustedes no saben lo que piden, ustedes no saben que al pedir esto se van a involucrar en algo más complicado, van a seguirme, se estarán comprometiendo a entregar la vida, como lo voy a hacer yo. No hay otro camino».
Por eso, Jesús, de esa gran debilidad, saca la palabra más linda que podemos elegir hoy: Podemos, dice así: «Podemos», de Juan y de Santiago. «Podemos», dijeron ellos, sin saber lo que estaban pidiendo, y finalmente, ellos terminaron entregando y dando su vida por Jesús, ¿lo sabias?
Por eso, Jesús también nos maravilla hoy con esta pedagogía: de una gran debilidad, saca hombres entregados, saca hombres nuevos, transformados. Como lo quiere hacer con vos y conmigo si nos animamos a decirle hoy: «Podemos».
Dios quiera que a nosotros nos pase lo mismo, ojalá que encontremos la verdad de nuestra vida, ojalá que encontremos que la vida no pasa por tener un «lugar» para con los otros, por un «reconocimiento humano», por un progreso mundano que aparentemente genere el aplauso de los demás, sino que nuestra vida pasa por hacernos pequeños al modo de Jesús, por hacernos servidores de los otros.
Entre nosotros, los cristianos no deben suceder así; los que pisotean y les quieren mostrar su autoridad al mundo, son otros, no caigamos en lo mismo, ¡cuidado! ¿Nosotros no andaremos a veces haciendo lo mismo?, ¿no estaremos haciendo lo mismo en nuestras familias, imponiendo nuestra autoridad?, ¿o en la Iglesia, en los grupos, en los movimientos, en las parroquias, no hacemos lo mismo a veces? No impongamos nada a nadie, sino hagámonos pequeños, servidores de los demás, porque solo el amor impone lo que Dios desea. ¿Te animás a decir juntos hoy «podemos»?

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p. Rodrigo Aguilar

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Algo del Evangelio

Miércoles 27 de mayo - Marcos 10, 32-45 - VIII Miércoles durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 32-45

Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:
«Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará.»
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.»
Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»
Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria.»
Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?»
«Podemos», le respondieron.
Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados.»
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor.

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Algo del Evangelio

Se me ocurren dos cosas que hoy nos pueden ayudar. Primero, a Pedro y a nosotros también nos puede salir a veces la mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos al Señor estar buscando recompensas, ¿y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por vos? Sin querer podemos caer como el hombre rico del Evangelio de ayer, en una mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que «no mira la mirada de Jesús», esa mirada que siempre mira con amor. Cuidado. Especialmente los consagrados, los sacerdotes, pero toda vocación, ¿qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado, o incluso de todo laico que se entrega día a día en la Iglesia, es mi peligro y el tuyo. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en una especie de funcionario que cobra por lo que hace y no en un servidor! ¡Cuidado con ser un funcionario de Jesús! Es humana la pregunta de Pedro, pero hay que pedirle a Jesús que nos vaya purificando, conduciendo nuestra intención, haciéndola recta. ¿Para qué servimos?
Segundo, al mismo tiempo hay algo muy lindo y que surge gracias al arrebato de Pedro. Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas de la política. Jesús promete y cumple. Te puedo asegurar que el ser sacerdote me llenó de casas, porque puedo quedarme y alojarme en mil lugares gracias a la generosidad de tanta gente que nos tiene como padres, como hermanos y muchas veces como hijos.
Haber dejado algo por Jesús, me permitió tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia me llenó de hermanos, predicar la Palabra de cada día me llena de hermanos y hermanas. Dejar mi hogar por amor a Jesús, aunque haya sido un poco mezquino me lleno de buenas madres, aunque la Virgen María y la que me dio la vida son las mejores, pero tengo muchas y eso llena de alegría todos los días. También tengo más padres, que se preocupan por mí, como se preocupa el mío también. Me concede bienes continuamente, nunca tendremos hambre ni sed, porque Jesús nos provee de todo. Siempre digo con gracia que jamás un sacerdote se morirá de hambre. Esto es verdad, te lo aseguro. Siempre hay un buen corazón que nos ayuda. Seguro que vos de alguna manera también lo vivís, con tu grupo de oración, con tu movimiento, con tu parroquia. Y al mismo tiempo, como dice Jesús, todo esto también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable.
Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida eterna. ¿Qué más podemos pedir? No seamos entonces mezquinos. Con lo poco que damos, Jesús nos da y nos dará algo mucho mejor, más grande. Busquemos el Reino de Dios hoy y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

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p. Rodrigo Aguilar

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