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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
Comentario a Marcos 10, 28-31:
Escuchar y escuchar, esa es nuestra meta en esta vida cristiana que el Señor nos regaló. Tenemos que cada día escuchar. «Escucha Israel», decía el mandamiento del Antiguo Testamento. Escucha, escucha y amarás. «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu». Por eso, cuando escuchamos, aunque no comprendamos lo que escuchamos, aunque a veces no prestemos toda la atención que se merece lo que escuchamos, aunque a veces nos caigan mal ciertas palabras y aunque otras parece que las comprendemos perfectamente, en realidad nunca terminamos de comprender, pero lo que sí nos va pasando es que la Palabra de Dios, es como la lluvia que cae en la tierra y tarde o temprano da fruto; va regando, va mojando la tierra, va desarmando los terrones, esos obstáculos que no dejan crecer las cosas, va embebiendo la semilla y la va haciendo germinar, y germina silenciosamente, sin hacer ruido en el medio de la noche, cuando empieza a dar el sol, cuando estamos dispuestos. En definitiva, tarde o temprano nuestro corazón se va transformando y seguramente te pasó ya muchas veces en este camino de escuchar cada día la Palabra de Dios. Lo importante, como digo siempre, es que no dejemos de escuchar, de leer, de hacer un esfuerzo, porque el Señor premia nuestro esfuerzo, nuestra humildad y tarde o temprano nos hace ver las cosas que antes no veíamos, nos hace aceptar su voluntad que nos costaba, nos hace cambiar las actitudes que no podíamos cambiar, nos regala el perdón, nos ayuda a perdonar y tantas cosas más que son interminables. Por eso, no dejemos de escuchar, no dejes de escuchar. Si hoy te tocó uno de esos días en los que no tenés muchas ganas de escuchar, no importa. Poné este audio muchas veces si es necesario, ponelo de fondo, ponelo mientras viajás, mientras te dormís, mientras te levantás, no importa, escuchemos.
Algo del Evangelio de hoy me ayuda a querer cada día más a Pedro. ¡Cómo lo quiero a Pedro! Pedro, el gran apóstol, es tan humano, es tan como nosotros, como vos y yo, y no como a veces presentamos a los santos. Pedro siempre tiene lo que muchos de nosotros llevamos en el corazón, lo bueno y lo no tan bueno. Pedro siempre pregunta lo que muchos de nosotros no nos animamos a preguntar, como nos pasaba en el colegio, ¿te acordás? Pedro siempre acierta y se equivoca primero, como marcando el camino, abriendo una brecha que muchos no se animan a transitar y eso es lindo, nos ayuda muchísimo.
https://youtu.be/CK_FpHHaW78?si=bJHMhMwBwcvpWKrA
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Comentario a Juan 19, 25-27
Después de haber transitado 50 días desde la resurrección de Jesús hasta Pentecostés, hasta el envío del Espíritu Santo, pasando por la maravillosa fiesta y la solemnidad de la ascensión del Señor a los cielos, comenzamos o mejor dicho retomamos el tiempo durante el año, el tiempo ordinario, el tiempo común en el que retomaremos las lecturas del Evangelio de Marcos para seguir conociendo todo lo que hizo Jesús, sus gestos, sus palabras durante toda su vida pública, sus milagros, sus enseñanzas y cómo comenzamos. Bueno con esta memoria al otro día de Pentecostés de María como madre de la iglesia. Decimos y la iglesia nos enseña que hemos nacido la iglesia como comunidad de fe, como comunidad de discípulos, hemos nacido en Pentecostés. Fue ahí cuando Jesús soplando el Espíritu Santo sobre sus apóstoles, llenándolos del fuego del amor del Espíritu Santo que se derramó en sus corazones, ellos transformados totalmente por el fuego del Espíritu salieron a hablar, salieron a predicar, esas lenguas de fuego simbolizaban el fuego que iba a salir de sus bocas, iban a empezar a transformar la realidad, todo lo que decían, de algún modo transformaba para el seguimiento o para el rechazo y así nació la iglesia gracias al Espíritu Santo y por eso el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es el que los mantiene, nos mantiene unidos, nos hace católicos, nos hace universales, nos hace unos porque la Iglesia es una, nos hace santos porque la iglesia también es santa a pesar de estar formada por nosotros, nos hace una santa católica y apostólica porque nació de los apóstoles y nació para llevar la palabra de Dios hasta los confines del mundo.
Y por eso no podía faltar hoy la figura y la imagen, la presencia de María Santísima, ella estuvo también en Pentecostés, ella también permaneció en vigilia esperando la llegada del Espíritu Santo que daría comienzo a una nueva etapa de la historia, ese espíritu prometido en el Antiguo Testamento, ese espíritu que también aleteaba sobre las aguas en el Génesis y después que fue también aquel que tocó los corazones de los profetas, aquel que fue obrando misteriosamente a lo largo de la historia, ese mismo espíritu fue derramado sobre los apóstoles y sobre María ese día.
Y paradójicamente hoy se nos presenta el Evangelio de Juan en el cual María al pie de la cruz junto al discípulo amado que representa también a cada uno de nosotros, a toda la iglesia que permanece al pie de la cruz mirando cómo Jesús entregaba su vida, fue ahí donde el Señor agonizando ya cuando no le quedaba nada por dar porque estaba dándolo todo nos dio también todo en su madre, nos entregó a su propia madre y por eso traigamos a nuestro corazón esta imagen maravillosa Jesús en la cruz al ver a su madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba le dijo mujer, mujer aquí tienes a tu hijo, le dijo a María aquí tienes a tus hijos a partir de ahora vas a ser madre de generaciones y generaciones vas a ser madre de infinitos hijos hasta el fin de los tiempos que transitarán por este mundo caminarán buscando la vida eterna y vos siendo aquella que intercederá siempre por cada uno de ellos.
Comentario a Juan 20, 19-23
«Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas, Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría».
Terminamos hoy el tiempo pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de un Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos –por decirlo así, simbólicamente– recibir el Espíritu Santo. Es un recibir «simbólico», porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el bautismo. Lo recibimos en la confirmación. Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como el chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.
Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a «refrescar» en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu. Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo de que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga «revivir» –por decirlo de alguna manera–, nos haga «renacer», nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.
«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», dice san Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en Algo del Evangelio de hoy que acabamos de escuchar. Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón, que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta; que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. «Ven, hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz».
https://youtu.be/sBlYscb-S04?si=R_R7l0UH4bsjBqvN
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Comentario a Juan 21, 20-25:
Ya estamos a las puertas de la gran Solemnidad de Pentecostés, con la cual terminaremos este tiempo Pascual. Este gran tiempo de 50 días en el cual hemos intentado, espero que vos también –a través de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado y de la mano del evangelio de san Juan– experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe de cada día, la presencia de Jesús Resucitado; para poder decirnos sin miedo… sí es verdad, es verdad lo que leemos, es verdad, es verdad lo que creemos, Jesús está vivo. Jesús sigue haciéndose presente, en tu vida, en la mía, en la vida de miles de personas que creen en Él a lo largo y ancho del mundo. No hacen falta pruebas científicas, las pruebas del corazón bastan y sobran para los que creemos, las pruebas de los cambios de vida, de los testimonios de tantas personas que se encuentran con él.
Te propongo que hoy demos gracias, de alguna manera, por estas semanas tan lindas de Pascua que hemos vivido. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la Fe, demos gracias porque nos da la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando en nosotros la obra que Él comenzó y que podamos recibir en esta noche de Pentecostés que se acerca, una gracia nueva de poder nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo, el don y lo que trae ese don, sus dones. Que podamos decir con verdad: “Jesús está vivo y presente en mi vida y esto me llena de alegría.”
No desaprovechemos este día esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, porque seguirlo da todo y no quita nada, porque, aunque muchas veces cueste “sudor y lágrimas”, como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo que anda en tinieblas o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra vida. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia de Jesús en el corazón. Es imposible… y si no hubo cambio, es porque en realidad no hubo encuentro real.
Por eso, lo lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, es que nos preguntemos si nosotros nos hemos encontrado realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él. Si no, si realmente experimentamos un cambio, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace, transmitiendo su alegría y su amor. Lo importante es eso. En definitiva, ahí está el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, como nosotros, sin importarnos cómo van caminando los otros. En el sentido de que no hace falta compararse, sino alegrándonos de que podamos ayudar a otros a caminar. Si no, lo importante es cómo estamos también caminando nosotros.
https://youtu.be/SV9ePOfO2Ak?si=dxE60GCpRt5bV1OV
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Comentario a Juan 21, 15-19:
¿Hiciste el intento de meterte en la escena del Evangelio? Es difícil hacerlo en medio de la vida diaria. Es difícil hacerlo mientras manejás, mientras viajás, mientras estás haciendo cosas en tu casa, es verdad. No es un reproche, solo es un empujón para que te animes a hacerlo en el silencio. Solo en el silencio nos unificamos, logramos conectarnos con lo más profundo de nuestro ser, con nosotros mismos y con nuestro Padre… Algo así como lo que hacía Jesús, que se iba cada tanto al silencio, a la montaña. Por ahí no pudiste hacerlo en el Evangelio de ayer, por ahí no podés hacerlo con el de hoy, pero por ahí sí podés hacerlo en algún momento del fin de semana. Es cuestión de «meterse en la escena». Ver, oler, escuchar, gustar y tocar todo lo que te imagines para preguntarte finalmente qué quiere decirte a vos todo eso que experimentas. Para que se te revele a vos esa palabra escondida, para que se te muestre a vos hoy lo que Jesús te quiere decir, como ese día a Simón, de corazón a corazón.
La escena de hoy es parte de un relato más largo: Jesús a la orilla del lago, esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y después, este diálogo maravilloso con Simón. Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en el tuyo y el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.
Nosotros, como Pedro, alguna vez hemos negado al Señor… ¿cuántas veces? Mucho más de tres. Con nuestros silencios y cobardías –mientras otros dan la vida–, con nuestras omisiones –mientras otros dan todo lo que pueden–, con nuestras promesas incumplidas –mientras otros se desviven por cumplirlas–, con nuestros soberbia hacia otros –mientras otros disfrutan la humildad–, con nuestros pecados ocultos –mientras algunos nos creen bastante buenos–, con nuestras incoherencias –mientras otros sufren por ser coherentes–, con nuestra deshonestidad social –mientras otros son fieles hasta derramar su sangre–, y con tantas cosas más, seguro que hemos negado al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios, nuestro Padre. Porque a nosotros también como a Pedro se nos puede sentar Jesús al lado una vez más, preparándonos un fuego para calentarnos el corazón y nos puede decir esto mismo: ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? ¿Aunque ahora te morís de vergüenza de mirarme a la cara, me amás?
https://youtu.be/TOqhhv2Rcr8?si=eXgxYVlVndroq3ck
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Comentario a Juan 17, 20-26:
Es lindo meterse en la escena. Hace bien meterse en las escenas del Evangelio. Meterse es, digamos, poner más el corazón, poner más en juego los sentidos, tratar de imaginar lo que estoy leyendo. Es difícil, es verdad. Se necesita tiempo, esfuerzo, constancia, paciencia, pero hace muy bien. Vale la pena que lo intentemos alguna vez. Es lo que recomiendan muchos santos en sus métodos de oración, especialmente san Ignacio de Loyola. Es como grabar la imagen en el corazón para siempre, grabar más que nada, como se dice, la película, que no se borra más, es indeleble. Como pasa con las fotos viejas, que al sacarlas quedaban en los rollos como escondidas y después tenían que ir a revelarse. ¿Te acordás? Te acordarás si naciste en el siglo pasado, como yo y como tantos, pero bueno, de alguna manera, cuando rezamos en serio con el Evangelio, si hacemos el esfuerzo de pensar y sentir que estamos en ese lugar, en ese momento, escuchando esas palabras, viendo lo que se veía, tocando lo que había, gustando y oliendo, de alguna manera, es como revivirlo. Es, de algún modo, como sacar una foto del pasado y traerla al presente. Ayuda a archivar la imagen, las palabras, y poder revivirlas en algún momento y, al revivirlo, es como que se «revela» otra vez, se nos muestra algo nuevo que no estábamos viendo hasta el momento. Y eso pasa con el Evangelio. Es palabra viva. Es palabra que se «revela», se muestra a cada instante en miles y miles de corazones oyentes ahora, en este momento, dispersos a lo largo y ancho de esta bendita tierra que Dios Padre nos regaló. Por eso, hay que hacer el esfuerzo de «meterse» en esa escena. No es ser un espectador más. No sirve si no. No hay que mirar de afuera. No leerla así no más, sino imaginarla. Es un paso más que puede darse.
https://youtu.be/JNWBsIMHVjg?si=asq4MUD89RLpokOj
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Comentario a Juan 17, 11b-19:
No es casualidad que, antes de ascender a los cielos, antes de partir, mostrándose a todos sus discípulos, reuniéndolos en el lugar donde se habían conocido, en esa montaña de Galilea; no es casualidad que antes de partir, según el Evangelio del domingo, Jesús les dijo: «Vayan por el mundo y anuncien el Evangelio. Vayan por el mundo y bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado». El doble mandato de Jesús: el de hacer «hijos de Dios», el de introducir en la vida de la Iglesia por medio de un sacramento, por medio de un signo visible, que es el agua, a todos los hijos dispersos por el mundo que necesitan ser abrazados por la misericordia del Padre; y, por otro lado, también enseñar, enseñar los mandamientos de Dios, enseñar el nuevo mandamiento del amor. Lo que él hizo por nosotros. Ese es el doble mandato, la doble misión de la Iglesia, la tuya y la mía. También ir por el mundo, aunque ahora parece que no podemos. ¿Cómo que no? Nosotros sí podemos, de alguna manera, hacer entender a otros; no a la fuerza, por supuesto, sino mostrándoles con nuestro amor, con nuestra alegría, con nuestra forma de vivir. Hacerle comprender a los demás, animarlos a sumarse a esta corriente de amor, en la cual Jesús nos introdujo cuando se entregó por nosotros y estando ahora sentado a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros, por vos y por mí. Vos también estás llamado a ir por el mundo, a tu propio mundo, simbólicamente. Vos también estás llamada a ayudar a otros a que comprendan que el amor de Dios lo abarca todo, todos los corazones y todos los tiempos.
https://youtu.be/0Q_Tb5yEvdk?si=M4bVQOW7zhoDkUbr
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Comentario a Juan 17, 1-11:
Puede parecer a veces que, para nosotros, la fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo, no nos dice mucho. De hecho, a veces, no se profundiza mucho en esta verdad tan maravillosa de nuestra fe. Es una fiesta a la que a veces, en la Iglesia, no le damos tanta trascendencia. Es como que queda un poco opacada entre la Pascua y Pentecostés. Quedó ahí, entre medio, como realmente fue históricamente. Sin embargo, es una gran verdad, una linda verdad de nuestra fe, que la mencionamos en el Credo cada domingo que lo rezamos con amor, que la mencionamos en un montón de momentos de la misa y nos enseña muchísimas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir «entre las nubes», sí debe haber sido significativo y misterioso. Muchas preguntas se les habrán cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería realmente Jesús? ¿Qué podrían ahora hacer ellos, solos, sin él? ¿Qué significaba eso de ir por todo el mundo a anunciar la Buena Noticia, a bautizar, a enseñar? ¡Qué difícil debe haber sido para ellos al principio! Para nosotros podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles ante la ausencia de Jesús en la naciente Iglesia. Una ausencia que se transformó en una presencia distinta. No podrían darse tantos frutos en toda la tierra, cada día, a cada instante, en miles de corazones, incluso en este mismo momento, mientras vos y yo estamos escuchando, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza.
Martes 26 de mayo - Marcos 10, 28-31 - VIII Martes durante el año
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 28-31
Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.»
Palabra del Señor.
Le encomendó la tarea de seguir engendrando a tantos hijos a lo largo de la historia de seguir llevando en su vientre como madre a tantos que vienen a este mundo para nacer a la vida eterna por eso María es madre, por eso la iglesia es madre, por eso también nosotros hoy podemos escuchar las palabras de Jesús hacia cada uno de nosotros dijo al discípulo aquí tienes a tu madre, tenemos una madre, tenemos una madre que también fue llena de gracia, una madre inmaculada virgen y santa que fue la puerta que nos trajo a Jesús al mundo, la puerta que se abrió de par en par, porque fue fiel a la voluntad del padre y se dispuso a hacer siempre lo que él quería y por eso hoy sigue siendo nuestra madre, por eso siempre podemos recurrir a ella para que ella nos ayude a llegar a Jesús, para que ella nos traiga la luz a nuestra vida, para que ella también sea como esposa del Espíritu Santo la que nos conceda hoy lo que más necesitamos, comencemos este tiempo durante el año llenos de esperanza de seguir meditando las palabras del Señor en los evangelios, de seguir creciendo nuestra fe, de seguir entregándonos sólo el Espíritu Santo es el que nos renueva, sólo el Espíritu Santo es el que también nos pone de cara a María para que podamos mirarla con ternura como ella nos mira a nosotros.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 25 de mayo - Juan 19, 25-27 - María, Madre de la Iglesia
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 19, 25-27
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.»
Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá siendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz; pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo. No es la paz del «está todo bien», del «pare de sufrir», del «arte de vivir». ¡No!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, perezas, envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o a molestar. Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz «regalada», donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona.
Una vez, me acuerdo, con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración.
Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel: «Le pido a Jesús ser feliz». Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.
El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.
Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz».
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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 24 de mayo - Juan 20, 19-23 – Solemnidad de Pentecostés
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Palabra del Señor.
Algo del evangelio de hoy creo que nos puede orientar en este sentido, una frase fuerte de Jesús a Pedro: “¿Qué te importa?” Le dijo: “¿Qué te importa?” ante su pregunta “«Señor, ¿y qué será de este?»” refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo, le dijo Jesús: “Preocúpate por tu camino, de los demás me ocupo yo.” Qué lindo y consolador es escuchar eso. “Preocúpate por tu camino.” En el sentido de que no vale, a veces, mirar cómo van los otros, si no estamos bien nosotros. Jesús le había anticipado a Pedro cómo moriría y se empezó a “meter” en la vida de los otros, seguro que, con muy buena intención, como siempre la tuvo Pedro. Sin embargo, Jesús es claro: «“¿Qué te importa?»” Muchas veces perdemos el tiempo en la fe por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imaginate si invirtiéramos todo el esfuerzo que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas otras cosas más. Mirá si ocupáramos más el tiempo en amar y seguir a Jesús de todo corazón. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender. Es triste ver dentro de la Iglesia cuando otros se ocupan de la vida de otros.
El evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más, ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice que hubo muchísimas cosas más que Jesús hizo y que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. Diríamos nosotros: “Algo del evangelio.” “Algo de la vida de Jesús” … ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro que no escribieron? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y del evangelio. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo, a no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?
Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que necesitamos.
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 23 de mayo - Juan 21, 20-25 - VII Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 20-25
Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»
Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»
Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»
Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»
Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.
Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.
Palabra del Señor.
Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Reclama amando y enseñando a amar, no remarcando solamente el error para herir a Pedro. Nosotros a veces reclamamos refregando, o sea, mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Jesús reclama amor, amando. Las palabras del Maestro hacia Pedro son en realidad una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que nosotros hoy llamamos «papa». Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era mucho más chiquito de lo que pensaba por confiar demasiado en él mismo. Jesús lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: «Tú lo sabes todo, Señor; sabes que te quiero».
Lo único que quiere Jesús de nosotros es que lo queramos con todas nuestras fuerzas, que lo amemos como podamos, lo demás, lo que nos falte lo hará él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos, nada de eso. Jesús nos pide que lo amemos, para reconocer que solo podemos amarlo como él quiere, si justamente él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.
Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Reconozcamos ahora juntos esto, así podemos seguirlo como él quiere: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero».
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 22 de mayo - Juan 21, 15-19 - VII Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 15-19
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»
Palabra del Señor.
¿Pensaste en eso alguna vez? ¿Pensaste en eso alguna vez? ¿Pensaste que en este momento somos miles y miles que estamos intentando escuchar las palabras de Jesús, a través de tantos sacerdotes que predican día a día? Da ánimo pensar en eso. Saber que no estamos solos y que Jesús piensa en nosotros y pide por nosotros, como se ve claro en Algo del Evangelio de hoy. Saber que somos uno con él, con el Padre y que eso desea Jesús, que seamos uno con él, es lo que nos da ánimo para seguir siempre. Que el amor con que se aman el Padre y el Hijo sea el mismo amor con el que nos amemos nosotros. No tomamos a veces conciencia de esta maravilla. Hoy sabemos que las comunicaciones permiten muchísimas cosas, entre tantas, que palpemos esto que hoy estoy diciendo más claramente, si estamos con el corazón despierto y no solo conectado a un celular. Eso permite que, de alguna manera, nos sintamos uno. ¡Cuántas personas se están sintiendo solas, personas que no pueden salir, que están tristes, como solas, abandonadas, y la tecnología los hace sentir uno!, ¿no? ¡Cuántas personas hay así! Una vez, me acuerdo, me pasó algo que me hizo experimentar lo que dice Algo del Evangelio de hoy. Me llegó un mensaje al WhatsApp de un número desconocido, un número extranjero. Era un mensaje, que después de leerlo me di cuenta, de un sacerdote que estaba en Irak, en Irak, en Bagdad. Yo no lo conocía, pero me llenó de alegría. Es un sacerdote que estaba en Medio Oriente viviendo en carne propia las persecuciones hacia tantos hermanos nuestros cristianos, que son como nosotros, como vos y yo. Me agradecía por los audios del Evangelio, por este apostolado que Dios de alguna manera me encomendó hacer y, por otro lado, me pedía un favor. Me pidió que, si podía, le grabe un mensaje de audio y de video, y, si era posible, con mi comunidad parroquial, para los cristianos perseguidos en Medio Oriente. Fue algo tan providencial, tan increíble que no dudé ni un minuto. Justo en mi parroquia, en ese momento, estábamos de misión, terminando unos días de misión por el barrio, y era el día de la Visitación de la Virgen María. Todo justo, todo providencial, todo «calculado».
Después de la misa de cierre de la misión pudimos grabarles, junto con muchos fieles de mi parroquia y varios misioneros, un mensaje de esperanza y le cantamos la Salve Regina a nuestros hermanos de Medio Oriente, que sufren el odio y la crueldad por el solo hecho de amar a Jesús, de ser cristianos. Todo un testimonio para nosotros, para vos y para mí, que muchas veces por ahí tenemos miedo y vergüenza de decir lo que somos, en lugares donde no nos persiguen. Fue un regalo del Padre, del Padre del Cielo para todos. Fue un volver a sentir que somos «uno» y que, cada día más, tenemos que ser «uno», con Jesús y entre nosotros. Fue un revivir en carne propia esta escena del Evangelio de hoy, en la que Jesús rezó por nosotros, por todos los que creemos gracias al testimonio de los Apóstoles.
¿Te imaginás a Jesús rezando por nosotros, para que seamos uno, para que dejemos tanta división, para que nos amemos como él nos amó, para que gracias al mensaje de unidad ayudemos a que otros crean también en él? ¿Te imaginás ahora a miles de cristianos perseguidos que necesitan de nuestra oración, pero que, al mismo tiempo, seguramente también rezan por nosotros? ¿Nos damos cuenta de que la oración une y nos hace sentir uno, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
Intentemos hoy «meternos» en esta maravillosa escena del Evangelio. Imaginemos a Jesús rezando por cada uno de nosotros, para que seamos uno. Hoy imaginemos también que hay miles de hermanos que necesitan de nuestra fuerza, de nuestra oración, de que nos sintamos uno, para que el mundo crea.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 21 de mayo - Juan 17, 20-26 - VII Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 20-26
Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:
«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»
Palabra del Señor.
Algo del Evangelio de hoy también es oración de Jesús que nos puede llenar de gozo el alma y animarnos a rezar, también de esa manera. ¡Qué lindo es pensar que Jesús se animó a orar en voz alta, que se animó a rezar frente a sus discípulos y que, de esta manera, abrió su corazón! Se dio a conocer, «para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto». Y, de esta manera, logró abrir los corazones de sus amigos, los discípulos. Podríamos decir que, en estos Evangelios, en estas oraciones tan bellas de Jesús, él se animó a descubrir sus sentimientos. No tuvo vergüenza de decir lo que sentía y pensaba, y eso nos ayuda muchísimo a vos y a mí. Por un lado, porque de ese modo conocemos lo que pensó, lo que piensa el mismísimo Dios de nosotros y qué piensa él sobre él mismo, aunque solo podemos saberlo de manera limitada. De esa manera tenemos la «llave» del corazón de Jesús, del Padre y del Espíritu, y podremos conocerlo cada día más. Por otro lado, nos ayuda también a abrir nuestro corazón al mismo Jesús y también a los demás cuando es necesario, cuando necesitamos descubrir nosotros mismos qué es lo que sentimos mediante nuestras propias palabras. A veces nos cuesta muchísimo rezar frente a otros. Rezamos lo que sabemos de memoria, pero abrir el corazón, qué difícil que es, ¿no?, y qué lindo que es, al mismo tiempo, y qué bien nos haría aprender esto de Jesús.
Esa noche, él pidió por sus amigos, pidió por nosotros, por vos y por mí, para que el Padre nos proteja del Maligno, de aquel que quiere apartarnos siempre del camino de la verdad y del amor. Por eso Jesús rogó para que «nos consagre en la verdad», no para sacarnos de este mundo, sino para que nos libre de la mentalidad de este mundo apartado de su Padre. Podemos hablar del «mundo» en dos sentidos o, por lo menos, Juan el Evangelista habla en dos sentidos. Por un lado, el mundo como creación de Dios, consecuencia y objeto de su amor, aquello que él ama, el mundo que él creó, el universo, podríamos decir, con todo lo que tiene el universo. Y, por otro lado, el mundo en el sentido negativo, como todo aquello que está en el mundo, pero no quiere pertenecer a su creador, reniega de su Padre. Por eso Jesús dice que «nosotros somos del mundo, o sea que estamos en este lugar, en esta creación que él nos regaló, pero, de alguna manera, no somos de este mundo, no somos para este mundo». Estamos creados para la Vida eterna y el «mundo los odió», dice. Estamos de paso en este mundo que podemos ver con nuestros ojos y sentir con nuestros sentidos. Estamos en el mundo, nacimos en este mundo, pero nuestra mentalidad y corazón no deben ser para servir al modo de pensar de este mundo, sino para servirlo al Señor. Fuimos creados y salvados para librarnos de las ataduras del mundo que no quiere amar a Dios, que lo rechaza, sino que quiere hacer de este mundo, «su propio mundo» olvidándose que es del Padre.
Son muchas las cosas que podemos meditar a partir de esta oración tan linda, pero prefiero que oremos como Jesús oró, que pidamos para nosotros lo que Jesús pidió para nosotros. Que deseemos lo mismo que él deseó para nosotros, que nuestros deseos sean los de él, que nuestros anhelos sean los de Dios, que nuestras búsquedas sean las de él, que nuestra misión sea la misma que la del Maestro… «Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo».
No nos olvidemos que nacimos en este mundo, pero no debemos mimetizarnos con él. No debemos parecernos a la mentalidad de este mundo, somos para el mundo que viene también. «Nuestro corazón, como dice san Pablo, tiene que estar puesto en las cosas del cielo». Consagrémonos a la verdad, al amor. Dejémonos llenar por las palabras de Jesús, con sus palabras que son amor y verdad, y nos lanzan y nos invitan a amar como él ama, a poder experimentar la alegría de saber que él habita en nuestro corazón y nos impulsa a hacer cosas que, si fuéramos solo de este mundo, no podríamos hacer.
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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 20 de mayo - Juan 17, 11b-19 - VII Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 11b-19
Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:
«Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.»
Palabra del Señor.
De Algo del Evangelio de hoy, escuchamos una oración de Jesús que quedó en el evangelio, y evangelio que se puede transformar en oración hoy para nosotros. Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena en la que nuestro Maestro mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada, como esa mirada de amor y el corazón para poder hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre. Pero, al mismo tiempo, les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas porque no fueron solamente palabras, sino que fueron al mismo tiempo palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos. ¡Qué lindo imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto. Te propongo que hagamos hoy algo similar, que hagamos lo mismo, que elevemos nuestros ojos al cielo, o a una imagen, o a un lugar que nos ayude como a transportarnos, dicho simbólicamente, a ese momento! Las palabras de Dios pueden hacerse vida ahora, si buscamos que las escenas del Evangelio, de alguna manera, se hagan presentes. No sean un cuentito, no sean frases lindas, frases motivadoras. Por eso y para eso, tenemos que usar todos nuestros sentidos, toda la sana espiritualidad católica, corazón y pensamiento. Somos una unidad. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos al mismo Padre, a Jesús, pensá en lo que Jesús dijo, en algunas de las palabras que escuchaste recién y, si es necesario, volvé a escucharlas. A mí me ayudan las que te voy a decir ahora, las que rezo al elevar la hostia consagrada en cada misa en el altar, son estas: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo». Eso pido cada día por todos los que están en la misa, asistiendo para que tengan esa Vida eterna, que conozcan al Dios verdadero y a su enviado. Fijémonos también cuáles palabras nos sirven hoy, si te sirven estas u otras.
Te decía que esta oración de Jesús quedó escrita en el Evangelio. Sus palabras se hicieron Palabra de Dios, por supuesto, y por eso, y por qué no, el evangelio para nosotros se debería transformar hoy en oración, en elevación del alma hacia Dios. Eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por el suelo por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía. Mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida eterna en la tierra, buscar cada día conocer al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su enviado Jesucristo. Vivir en serio es conocer a Dios, a Dios Padre, y a su Hijo por medio del Espíritu. También podríamos decirlo al revés: conociendo a Cristo, conocemos al Padre. Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto: conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre, al mismo Padre. Pensemos si en nuestra vida estamos buscando esto. Pensemos si estamos intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida eterna mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: Conocer al único Dios verdadero y a Jesús su enviado. No a cualquier «dios» hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, ni a un político, a un prócer, sino a Jesús, que es el Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que eso te va a dar la verdadera paz, te aseguro que eso te va a reorientar en la vida, la va a orientar. Escuchemos a Jesús todos los días y vamos a empezar a entender lo que es la Vida eterna.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 19 de mayo - Juan 17, 1-11a - VII Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 1-11a
Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:
«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.»
Palabra del Señor.