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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
Comentario a Juan 15, 26—16, 4:
Te propongo empezar este día rezando con el Salmo 104, dice así: «Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra». Nos acercamos a la Fiesta de la Ascensión del Señor, nos acercamos también a la Fiesta de Pentecostés, y por eso todos estos días muchísimas veces aparecerá la persona del Espíritu Santo en boca de Jesús en muchas lecturas. Serán lindas semanas para invocarlo, para buscarlo, para reconocerlo, para reavivarlo en nuestra vida, para redescubrirlo; para no olvidarnos que Jesús no nos dejó solos, todo lo contrario, se quedó con nosotros dándonos su propio Espíritu. «Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra».
Me imagino que sabrás que la soledad del corazón es una de las peores sensaciones que nos pueden tocar vivir en la vida. ¿Sabías también que en este mundo súper-comunicado existen millones de personas solas o que, por lo menos, se sienten solas? Sin embargo, no se puede vivir solo, no estamos creados para ser seres solitarios, para andar solos. «No es bueno que el hombre esté solo», es la expresión del Génesis, del primer libro de la Biblia, después que el hombre fue creado. Es verdad, no es bueno andar solos, no es bueno creerse que podemos solos, no hace bien aislarse y toparse con uno mismo continuamente, sin estar con otros.
¿Te pasó esto de sentirte solo o sola alguna vez en la vida? ¿Te pasó esto de estar con gente, pero interiormente sentirse incomprendido, solitario? Creo que es parte de la vida, no somos mejores o peores por esto. Son cosas que nos pasan, es inherente a nuestro ser creados, ser creaturas, simplemente eso, pero tenemos que aprender a manejar esa sensación.
Por eso qué bien nos hace escuchar que Jesús, en Algo del Evangelio de hoy y ya desde ayer, domingo, nos va prometiendo que «no nos dejará huérfanos», nos promete que nunca estaremos solos. Esto es algo que solo comprende aquel que cree, aquel que cree en esta promesa de Jesús; promesa que ya se hizo realidad en la historia, en la historia de los apóstoles, en la historia de tantos santos a lo largo de estos milenios, desde que Jesús partió al cielo: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí...».
https://youtu.be/xom97f34xok?si=Q2-qTLZ4HxLWHxVy
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Comentario a Juan 14, 15-21:
«Eso lo entiende hasta un chico de tres años, padre…», me dijo Johnny, nuestro amigo una vez en medio de un sermón mientras trataba de explicar que hay diferentes modos de estar presentes en el corazón de los otros. Quise hacer una comparación o, como se dice, una analogía entre los diferentes modos de estar presente entre nosotros, y la presencia de Jesús en nuestras vidas. En realidad, no sé si los niños entienden cosas más rápido de lo que nosotros entendemos o que lo que expliqué era tan obvio que no necesitaba explicación. Lo importante finalmente es que, según Johnny, eso era muy entendible. Supuestamente lo entendieron todos. Johnny, mi amigo, estaba particularmente gracioso ese día, me acuerdo. Habló bastante, pero lo particular o lo lindo, es que para él Jesús está siempre, no necesita mucha explicación, para él la presencia de Jesús no necesitaba ser «racionalizada», como decimos, muy pensada, no necesita ser «demostrada» científicamente, sino que Jesús simplemente está, y no hay que darle más vueltas.
Me di cuenta que a los niños hay ciertas cosas que no es necesario explicárselas mucho, sino que las viven, así simple, a secas, sin mucha «alharaca», como se dice. ¿Y nosotros? Uyy, nosotros los adultos pensamos, pensamos y pensamos tanto que corremos el riesgo de pensar mal, y que se nos mezclen los pensamientos, de usa mal la cabeza, de usarla sin corazón, en definitiva, sin amor, sin fe. La cabeza es un regalo de Dios, pero la cabeza no puede pensar si el corazón no late con amor. La cabeza no puede pensar como si fuese que las ideas son lo único que salvará este mundo. Sin embargo, muchas veces lo hacemos; sin embargo, este mundo muchas veces lo manejan «cerebros» sin corazón. Sin embargo, nuestras decisiones a veces las tomamos demasiado «cerebralmente”. Está más de moda ser un «cerebro» que ser un buen corazón. Demasiado corazón parece ser signo de debilidad. Pero la debilidad del corazón de Jesús finalmente fue la que salvó a este mundo. La debilidad de un corazón que nos ama es el que nos salva de nuestra «lindas razones» que nos ponemos para en definitiva no abrirnos al amar.
https://youtu.be/66uj6pQ0M0Y?si=67Tnd9rRfXSt3Z68
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Comentario a Juan 15, 18-21:
Llegamos al final de otra semana pascual. Otra semana más en la que en este tiempo tan lindo de la Iglesia hasta la Fiesta de Pentecostés seguimos intentando que la Palabra de Dios nos impregne el corazón, dé forma nuestro corazón, lo conforme según el corazón de Jesús resucitado. Por eso es un tiempo para seguir redescubriendo la presencia de Cristo en nuestras vidas. ¿Dónde está Jesús ahora en tu vida y en la mía? ¿Dónde lo estamos encontrando? Nosotros creemos en un Jesús vivo y resucitado que sigue obrando en este mundo, que está sentado a la derecha del Padre, pero que intercede por nosotros. Y por medio de su Espíritu Santo, obra continuamente en los corazones de aquellos que creen, en los corazones de aquellos que Dios quiere que crean, o sea, de aquellos que los está atrayendo hacia él porque nadie puede ir al Padre si no es por medio Jesús.
Tantas historias de conversiones, de personas que se acercan a la Iglesia movidas por la gracia de Dios que sigue obrando oculta y silenciosamente en este mundo rodeado de dolor y de injusticias, de tantas dificultades, de tantos dolores, de tantas personas que sufren y sufren a lo largo de su vida distintas situaciones. Es difícil a veces, es verdad. Pero… no perdamos la esperanza. Jesús está obrando, está resucitado y para eso escuchamos la Palabra de Dios, para darnos cuenta que él está siempre, que somos nosotros los que tenemos que disponernos, que abrir nuestras almas de par en par porque él está siempre golpeando las puertas de nuestros corazones. Él quiere hacer nueva todas las cosas. Quiere hacer nuevo tu corazón y el mío, siempre. Por eso en este sábado aprovechemos para frenar un poco más para mirar para atrás y preguntarnos esto: ¿Estamos descubriendo a Jesús resucitado en nuestra vida cotidiana, en la liturgia, en la oración personal, en una comunidad, en un servicio, en nuestra familia, en nuestro trabajo? ¿Tenemos ganas de estar con él, de ir al cielo? ¿Levantaste la mano diciendo: Yo también quiero ir al cielo, yo también me doy cuenta que esta vida solamente es un camino al cielo y que tenemos que transitarlo en la paz de Jesús, aprendiendo a amar y a hacer lo que él nos enseña? El que puede vivir así ya empieza a vivir el cielo en la tierra y, en definitiva, cuando le toque irse de este mundo será solamente una transición, un paso a algo mucho mejor, a algo para lo cual se vino preparando durante mucho tiempo.
https://youtu.be/PqnfbGquU68?si=7sYruI68yswkefdQ
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Comentario a Juan 19, 25-27:
Hay algo que creo que todos experimentamos en la vida, y cada vez lo compruebo más, y es que… las grandes novedades, las grandes alegrías, los grandes regalos, consuelos de Dios y de los demás, los percibimos muchas veces “caminando”. Quiero decir avanzando, moviéndonos, no estando quietos, sino buscando, sabiendo que en la medida que salimos de nosotros mismos, todo se pone más lindo. Caminar como imagen de la vida, salir de nuestros lugares de tranquilidad y encierro, para encontrarnos con otros, para “meternos” en el corazón otros, que nuestro amor se meta en el corazón de otros, y el de ellos en nosotros, para dejarnos encontrar por otros, es lo que finalmente nos hace vivir mejor. Si alguna vez hiciste una peregrinación, especialmente a pie, te darás cuenta de lo que te digo. Por eso te propongo llevar esta imagen de la peregrinación levarla al corazón.
Hoy es la fiesta de la patrona de la Argentina, de la virgencita de Luján, la fiesta de esa virgencita que estaba “peregrinando” hacia el norte, pero quiso quedarse en Luján, a unos 70 km. de la capital de nuestro país, para que hacia allí vayan miles y miles de corazones saliendo de sí mismos y se encuentren con María, Jesús y los demás. Esa es la dinámica del ser cristiano, el encontrarse con Dios para encontrase con los demás. Para eso se quedó la Virgen, para eso fue caminando hasta la Cruz, hasta el final, para encontrarse con su Hijo y nosotros nos encontremos con Él. Para enseñarnos a salir, a caminar, a caminar con el corazón, aunque a veces no podamos caminar con nuestras piernas. Porque solo caminando encontramos la Vida en abundancia de la que hablaba el e ayer… ¿Te acordás? Nos decía Jesús: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…) Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» Él es puerta y el Pastor. Entramos al corral para estar con Él y con otros, pero podemos y tenemos que entrar y salir, para encontrar los buenos alimentos de la vida tanto adentro como afuera, que son: nuestros afectos, los más olvidados, tu comunidad, los abandonados, los despreciados, los abuelitos, los enfermos.
https://youtu.be/P_16cqQ3LU8?si=WMoEdv61zKun_m2P
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Comentario a Juan 15, 9-11:
Andan dando vueltas por ahí, muchas frases populares que expresan o intentan expresar realidades que muchas veces no se pueden explicar fácilmente. Nuestro vocabulario por lo menos por estos lados está impregnado de fe, de la fe de nuestros abuelos, de nuestros padres, aunque a veces no nos demos cuenta, aunque algunos quieran negar o renieguen de nuestras raíces cristianas. Por ejemplo, se dice a veces: «Toqué el cielo con las manos». Hay momentos de la vida que no se olvidan más porque nos hicieron experimentar un «rato” de cielo en la tierra, un momento de gozo que no se puede explicar y que al que siempre se quiere volver. Tocar el cielo con las manos es experimentar lo que parece «sobrehumano» o «sobrenatural», lo que parece que no puede venir de acá, lo que nos da algo fuera de lo común, que no se da todos los días. Esas experiencias nos ayudan a pensar, a imaginar que debe haber algo más, debe haber algo mejor, debe haber algo definitivo. Porque lo anhelamos. Hay momentos y días «de cielo», de cielo en la tierra que nos hacen «gustar» un poquito de lo que será.
Pensemos. Pensá y rezá con esto. Pensá en esos momentos que te decís a vos mismo: «Que esto dure para siempre», «Que este momento no pase jamás». Un amor verdadero, un buen abrazo, un lindo perdón, una oración profunda, una adoración, un retiro espiritual, una linda canción, una sana amistad, un buen paisaje, no sé, una buena comida, un buen asado. Ya sé que te estarás riendo, pero bueno, no es malo imaginarse el cielo al modo de cada uno, lo importante es creer y soñar con un «cielo nuevo y una tierra nueva», como dice san Pablo.
La Palabra de Dios usa mucho la imagen del «banquete» para expresar de alguna manera lo que vendrá, lo que será el estar con Dios. ¿Quién no quiere ir a un banquete y si es con los seres queridos mucho más todavía? Bueno, no te aburro más con esto, pero el cielo será mucho más grande de lo que podamos imaginar, será mucho más que cualquier comparación que podamos hacer, es imposible imaginarlo. Pero ese imposible, es lo que nos mueve a poseerlo, no por lo que imaginemos, sino por lo que buscamos, por lo que amemos, porque en definitiva si Dios es amor, y el cielo será estar con Dios y muchos hermanos, obviamente el cielo será amor y entonces al amar empezamos a experimentar y a vivir el cielo «a domicilio», en nuestra vida, en nuestra casa, en nuestro corazón.
https://youtu.be/Gzr00ni8cL4?si=NP8b0mhYtkLgza7s
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En las últimas décadas casi sin querer y bajo apariencia de bien, se habla demasiado de la tierra, de solucionar los problemas humanos, de las cuestiones sociales. Que es verdad, tenemos que ocuparnos de las cosas de la tierra, de lo que tenemos que hacer acá, que en cierta manera es verdad, hay que ocuparse de las cosas de la tierra, de lo que tenemos enfrente cada día. Lo mejor parece a veces que está por estos lugares, por estas tierras. Parece ser que la salvación es fruto de nuestro esfuerzo y de construir un reino casi terrenal. Ni una cosa ni la otra, ni ver solamente el cielo como un premio a nuestro esfuerzo, a nuestro amor, que nosotros casi que construimos nuestra casita allá arriba o tenemos ganas de ir por miedo al castigo, ni el cielo en la tierra construido por nosotros, cosa que te habrás dado cuenta ya, en el correr de tu vida, que es imposible.
Un domingo, me acuerdo, antes de la bendición final de la Misa, después de haber dedicado todo el sermón a tratar de explicar lo que significaba ir al cielo, para quitarme la frustración de haber visto pocas manos levantadas esa vez, volví a preguntar: «¿Quién quiere ir al cielo?». Para mi alegría, todos levantaron las manos y hasta se escucharon algunos gritos en el fondo: «¡Yo!».
¡Qué lindo! ¡Qué lindo es terminar una Misa así, una predicación así, con muchas ganas de ir al cielo! ¡Qué lindo que es que, por ejemplo, ahora vos también digas: «Yo quiero ir al cielo también, para eso vine a la tierra y por eso quiero amar ahora, en este momento»! Estamos hechos para el cielo, porque por nuestras venas corre la savia de la vid de Jesús, que es Jesús mismo, su Espíritu. Corre en nuestras venas la sangre de Jesús, el Espíritu Santo que nos fue dado por él mismo. «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer», dice Algo del Evangelio de hoy.
El Padre es el buen viñador, que está siempre queriendo que demos frutos, que nuestra vida aporte algo a la vida del mundo. Es el Padre que sabe esperar, pero que al mismo tiempo quiere que demos frutos de Vida eterna. Exige, pero con amor, porque conoce todo lo que podemos dar. Para él no somos inservibles, no sos inservible, nunca pienses eso. Somos sarmientos, somos las ramitas de esa planta que es la vid, y desde ellos es donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Por eso no podemos dar frutos separados de la planta. Cuando estamos separados, no servimos para nada, porque en realidad sin Jesús no podemos hacer nada que dé frutos de santidad. Podemos hacer muchas cosas exteriores, pero frutos de santidad, eso no. Podemos hacer muchas cosas en este mundo, incluso ser muy exitosos. Podemos colaborar mucho en la Iglesia, ser reconocidos, ser aplaudidos, ser queridos por todos. Podemos decir que trabajamos para él, pero si sus palabras no permanecen en nosotros, si no amamos como él ama, de nada servirá. En el fondo es lo de san Pablo: «Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada; si no tengo la gracia de la caridad, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada; si no lo hago por amor de Dios, no me sirve para la santidad».
Miércoles 6 de mayo - Juan 15, 1-8 – V Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 1-8
Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»
Palabra del Señor.
Viviremos una nueva y definitiva creación, donde ya no «habrá llanto ni dolor», donde el amor será todo, será eterno. Algo un poco más agradable que «estar ahí flotando por las nubes». Algo del Evangelio de hoy nos da una gran certeza: «“Me voy y volveré a ustedes". Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo». Jesús resucitó, está, pero en realidad como nos decía ayer, se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos. Esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad demasiado grande y maravillosa. El cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginarlo, así lo dice san Pablo: «…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman». Si supiéramos lo que es el cielo, desearíamos irnos demasiado rápido de la tierra. Por eso, mientras tanto hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita puede entender. Por eso no hay por qué inquietarse, por eso no es raro tener ganas a veces de ir al cielo, sin despreciar lo que tenemos en la tierra, y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo un poco mejor.
Una cosa no quita la otra. Así lo decía san Pablo: «Me siento urgido de ambas partes, deseo irme para estar con Cristo porque es mucho mejor». Deseaba irse al cielo y sigue diciendo: «(…) Pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo». Una cosa no quita la otra.
Amar lo que vendrá, amar el cielo, es amar la vida, es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo, es darse cuenta de que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz, pero no como la paz que nos promete este mundo que muchas veces vive en «su mundo», en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas, o soluciones que vienen solo de lo material; sino que la paz debe ser buscada, luchada, la paz conquistada por el amor, es la paz «armada», pero con las armas del amor, de la entrega que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, pero sabiendo siempre que al final, solo podrá ser mejor si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos «dioses», que el mundo es un regalo, que somos creaturas, hechas para el Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Así… ¿No te dan ganas de ir yéndote al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 5 de mayo - Juan 14, 27-31a - V Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 27-31a
Jesús dijo a sus discípulos:
«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: "Me voy y volveré a ustedes." Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.
Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»
Palabra del Señor.
Queremos vivir, es verdad. Nadie quiere morir, nuestro corazón está preparado para amar y ser amados, y esa experiencia la vivimos acá en la tierra, la palpamos con gente de carne y hueso, con los nuestros y mucho más un niño que solo piensa en el amor de sus padres, de los que le dieron la vida. Por eso, es verdad que pensar en el cielo, querer ir al cielo, jamás en un cristiano debería ser por un desprecio a la maravilla de esta vida, sino más bien debería ser una consecuencia lógica del amor que vivimos por estos lados, por la tierra, que nos llena de alegría, nos sacia, pero nunca es pleno, nunca es total. Podríamos pensar que hay tres posiciones que podemos tomar ante esta verdad, la de la Vida Eterna. Una de ellas es que ni siquiera pensemos en el Cielo, en la Vida Eterna, ni siquiera sea una opción de nuestra vida, porque vivimos creyendo que estamos saciados y entonces no necesitamos nada más y por eso no esperamos nada más porque ya tenemos todo. Otra opción podría ser que pensemos en el Cielo por el hartazgo de la vida, por experimentar un sin sentido o un dolor tan grande que deseamos partir para estar en un lugar mejor, como despreciando lo que tenemos. Eso también pasa. Y la otra que se me ocurre y la que me parece más sana, más equilibrada, es la de experimentar de alguna manera el Cielo en la tierra por el amor, pero darnos cuenta de que eso no alcanza. Es la de pregustar el Cielo en el corazón, en lo que vivimos, en lo cotidiano y que eso nos dé ganas de ir verdaderamente al Cielo porque decimos: “Si esto es lindo, lo que será lo que vendrá, lo que será lo que vendrá.” «No se preocupen, no se inquieten. Yo les tengo preparada una casa en el cielo. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones», decía Jesús ayer.
Algo de esto nos propone el evangelio de hoy. Jesús nos promete el Cielo, ayer nos prometía el Cielo mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nos anima a la felicidad eterna, al amor eterno, pero nos propone empezar a vivirlo desde acá. Nos propone traernos el Cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.» El que ama empieza a vivir el Cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar? Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con él. Amar y vivir su mandamiento del amor es la mejor manera de empezar a vivir el Cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte. Es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra, pero con los ojos en el Cielo”. El que vive así, quiere ir a cielo, levanta la mano cuando se le pregunta, pero no para escapar de esta vida tan linda o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino todo lo contrario. Todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. Vos, escuchando todo esto…. ¿todavía tenés ganas de ir al Cielo? ¿Querés ir al Cielo? Levante la mano quién quiere empezar a vivir el cielo en la tierra y gozar un día de la plenitud, de la felicidad en el Cielo eterno con Jesús y todos los que amamos y amaremos.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 11 de mayo - Juan 15, 26 -- 16, 4 - VI Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 26 -- 16, 4
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Les he dicho esto para que no se escandalicen.
Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.
Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes.»
Palabra del Señor.
Pero… ¿Sabés una cosa? ¿Sabés qué es lo que salvó al mundo? ¿Sabés qué es lo que salva al mundo y lo salvará día a día? Un corazón que no buscó muchas razones para amar, sino que amó sin más razones que el amor. El corazón de Jesús que amó aun no encontrando motivos para amar. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu hijo o a tu hija? Que lo ames sin mucha explicación, sin mucha vuelta, pero que lo ames verdaderamente, no que lo controles, no que lo manipules, que lo ames. ¿Sabés qué es lo que va a salvar a tu marido, a tu mujer, a tu matrimonio? Que le des más oportunidades, que le tengas más paciencia, que confíes en lo bueno que tiene adentro. ¿Sabés qué es lo que nos salva a todos, a vos y a mí? El amor incondicional de alguien, el amor de Jesús a través de ese incondicional. Pensemos en ese amor incondicional que tenemos en nuestras vidas. Pensemos quién es en nuestras vidas ese que «no nos pide condiciones», ese que está y estará siempre. Pensemos quién en nuestra vida será el que estará siempre, pase lo que pase. ¿Quién es en tu vida concreta esa persona que sabés que, aunque hagas lo peor del mundo, aunque caigas en lo más bajo posible, te va a perdonar sin pedirte tantas explicaciones?
Algo del Evangelio de hoy nos consuela al saber que jamás estamos solos, que el estar solos, es solo una sensación, nos dice así Jesús: «Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes…», «No los dejaré huérfanos…», «…el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él…». El estar solos en general es una elección personal, porque incluso las personas que se han quedado solas por no tener familias pueden estar acompañadas siempre si aman.
Vivimos en el gran mundo globalizado, donde incluso se ha globalizado la soledad, donde hay miles y miles de corazones que viven rodeados de gente pero que no son amados, que viven buscando compañías virtuales, pero que en el fondo están solos. Vivimos en el mundo en el que millones de personas, incluso nosotros, decimos estar «conectados» pero la conexión a veces tiene poca señal, y la conexión no es por el amor. Jesús está siempre con nosotros, somos nosotros los que no dejamos que ese amor salga a relucir, somos nosotros los que a veces le tenemos miedo al amor porque pensamos que amar es cumplir y cumplir, y eso no hace bien. Somos nosotros los que no dejamos que el Espíritu que nos regala Jesús haga su obra en nosotros.
Somos nosotros los que le tenemos miedo al amor, porque a veces pensamos que amar es cumplir y cumplir no hace bien. Se puede cumplir el amor con amor obviamente. Se puede amar al cumplir las cosas. Se puede si tenemos en claro que al cumplir amamos, que al cumplir la palabra de Jesús estamos saliendo de nosotros mismos, saliendo hacia los demás para hacer lo que él hizo con nosotros. Por eso Jesús hoy nos insiste en que la prueba del amor hacía él es amar como él, cumplir su mandamiento, el del amor… o podríamos decirlo al revés, solo cumple el mandamiento de Jesús quien lo ama, quien lo conoce, quien lo busca y desea profundamente vivir de él.
¿Pensás que esto necesita mucha explicación? Hay que vivirlo para entenderlo, «esto lo entiende hasta un chico de tres años…», me contesto ese amigo mío y amigo de toda la comunidad.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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Domingo 10 de mayo - Juan 14, 15-21 - VI Domingo de Pascua(A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Palabra del Señor.
Algo del Evangelio de hoy, vemos también, por un lado, como la otra cara, que el mundo nos puede odiar. Sí, es verdad, Jesús está siempre con nosotros, pero el mundo nos puede odiar. Jesús le dijo a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí». ¡Qué misterio!, este del odio hacia Jesús. ¿Por qué el mundo de ese tiempo, por qué tantas personas de ese tiempo odiaron tanto a Jesús? ¿Por qué lo llevaron a la muerte? ¿Por qué buscaron hacerle el mal? ¿Por qué el bien no puede a veces triunfar en este mundo? ¿Por qué hay un rechazo tan radical? ¿Por qué el mundo a vos y a mí a veces nos odian por hacer el bien? ¿Por qué en tu familia, también en la mía a veces no nos comprenden? ¿Por qué el mundo que nos rodea o la mentalidad del mundo que se olvida de Dios le molesta tanto el amor, la verdad, el bien y la belleza? Bueno, es difícil poder responderlo así nomás, medio rápido, pero no podemos olvidar que hay alguien que busca hacer el mal, que hay alguien que busca hacer que los hombres no sigan el camino de Dios. Y ese alguien es aquel que pedimos en cada Padrenuestro que el Señor nos libre: «Líbranos del malo». ¿Sabías que en realidad en la traducción del Padrenuestro debería decir «líbranos del malo»? O sea, hace referencia al mal espíritu, a ese ángel o a ese ejército de ángeles que renegaron del amor del Padre y prefirieron hacer la suya, como decimos. Quiso ser como Dios y no pudo.
Ese es Satanás, el príncipe de este mundo, el «padre de la mentira» que siembra cizaña en los corazones de tantos hombres y hace que, en definitiva, contradigan al bien supremo, que es el mismísimo Dios que es Padre. Por eso si te persiguen, si nos odian, si nos critican, si no nos entienden, no nos preocupemos. A Jesús le pasó lo mismo. Tenemos que hacer lo mismo que él.
Nosotros tenemos que dedicarnos a hacer el bien hasta el final. Tenemos que dedicarnos a hacer el bien pase lo que pase, sabiendo que nosotros no somos más grandes que nuestro Señor, sino todo lo contrario. Como somos sus servidores, a nosotros también nos perseguirán, incluso te digo algo que puede sonar duro, pero que, si lo vemos con los ojos de la fe, es así. A veces si nos rechazan o nos odian aquellos que no pueden soportar el bien, es un signo de que estamos en el buen camino. Si el mundo nos quiere demasiado, si el mundo nos aplaude mucho, incluso a la misma Iglesia, es señal de que por ahí no estamos haciendo las cosas como las haría Jesús.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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Sábado 9 de mayo - Juan 15, 18-21- V Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 18-21
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.
Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.»
Palabra del Señor.
Nuestra Madre, la virgencita, es maestra en esto, es modelo, nos enseña que ese es el camino, caminar. Desde que le anunciaron que sería la mamá de Jesús salió a caminar, salió de sí misma para encontrarse con su prima. Caminó hasta que pudo, hasta el final. Lo acompañó a Jesús hasta el final, y aunque al pie de la cruz estaba quieta, su corazón estaba en movimiento, roto de dolor, pero en movimiento junto al de Jesús. Ayer pude experimentar una vez más eso de que “caminando” es cuando recibimos las mejores alegrías. Durante la procesión por las calles del barrio, mientras todos caminábamos rezando, o rezábamos caminando, pasaron muchas cosas lindas que serían imposibles de contar, pero me quedo con una, porque fue la mejor descripción, en versión criolla, de lo que creo que significa unos de nuestros mandamientos más lindos: “Santificar las fiestas” En realidad, fue así. Alguien me estaba contando lo bien que le estaba haciendo ser fiel a la voz de Jesús en su corazón, desde que se había convertido, o había vuelto a la Iglesia, ser fiel a esto de no quedarse, sino de pensar más en los demás. Me contó algo familiar muy lindo. Algo así: “Me levanté un domingo a la mañana, temprano, y puse música para arrancar, puse unos lindos chamamés. Cuando mi hija se levantó, la más grande, la agarré y nos pusimos a bailar, aunque ella al principio un poco dormida no quería. A partir de ahí todo cambió, me cambió el día. La familia entera se puso a picar verdura, de todo un poco, y nos preparamos dos ollas de locro, empezamos a mandar mensajes a todo el mundo para que vengan a comer, y sin tomar bebidas de más, pasamos un día espectacular. Al otro día a pesar del cansancio me levanté a trabajar lleno de fuerzas.” Un poco resumido, pero algo así.
Después de esto, sin necesidad de relacionarlo, la misma persona me preguntó qué significaba nuestro tercer mandamiento: “Santificar las fiestas” Me pareció tan gráfico y lindo el relato, que no me quedó otra que decirle: “Lo que me acabás de contar, junto con la Misa, es santificar las fiestas”. Santificar las fiestas no es solo ir a misa el domingo, sino hacer del domingo una fiesta, hacer sagrado lo que parece cotidiano y sin valor. De nada sirve celebrar hoy por ejemplo el día de la Virgen, si después no hacemos sagradas nuestras relaciones. Este hombre, sin darse cuenta, me describió una misa sin sacerdote, una misa familiar. Escuchó… escuchó música. Se encontró con sus afectos, prepararon la comida juntos, abrieron las puertas a los demás para hacer más hermanos y comieron juntos. ¿Te das cuenta de que eso es la Misa? ¿Te das cuenta de que Jesús quiso quedarse por medio de una comida para que también aprendamos hacer sagrado lo cotidiano? ¿Te das cuenta de que santificar las fiestas no es eso de “cumplir” con un rito o con un precepto?
¿Qué papel juega María en todo esto? Y bueno, muy difícil no es, ¿no? Imaginá una comida familiar sin mamá. Imaginemos una vida sin madres, sin su presencia. No es posible imaginar una Iglesia sin María. No es posible imaginar una fe sin la mamá. Es imposible que María no haya estado con Jesús hasta el final. No es posible un país sin María. No es posible tu vida sin María. Aprendamos de ella y encontremos lindas sorpresas de Jesús, mientras caminamos, pero hagamos como el discípulo amado, recibámosla en nuestro corazón y en nuestra casa.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 8 de mayo - Juan 19, 25-27 - Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 19, 25-27
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Palabra del Señor.
Por eso Algo del Evangelio de hoy nos anima a permanecer en el amor y nos invita a participar del gozo de Dios. Jesús habla del amor, del amor del Padre, de su amor y de cómo tenemos que amarnos entre nosotros. ¿No será que todavía no experimentamos algo del cielo en la tierra porque no sabemos lo que es amar verdaderamente? ¿No será que a veces pretendemos un cielo en la tierra, pero armado a nuestra medida, y no en base al amor? Amar es cosa seria, para amar en serio no basta con decir que amamos, no basta con amar a los que nos sale amar, así nomás. Para amar en serio en realidad tenemos que reconocer, revivir, experimentar esa corriente de amor verdadero y eterno que proviene del Padre, que pasó por su Hijo y que se sembró en nosotros para ayudarnos a amar. Jesús no nos habla de un simple amor humano, espontáneo con los que nos sale únicamente, sino que nos habla de amor del cielo, amor de Dios que se derrama en corazones humanos incapaces de amar como Dios ama por sus propias debilidades. Hay que ser sinceros, no tenemos la fuerza para amar tanto. Los que pudieron mucho es porque se dieron cuenta de este misterio. Pero podemos si nos damos cuenta de que el amor no es un mandamiento que obliga desde afuera, sino que es vida que brota desde adentro y que descubre lo más verdadero que tenemos, nuestro barro y nuestra meta. Jesús nos ayuda a descubrir que podemos amar porque en realidad somos amados por él y por el Padre. Esa es la clave. Podemos amar porque somos amados, podemos amar si «permanecemos» en esto, si reconocemos esto. No se puede amar bien si no se acepta semejante misterio y regalo.
No se puede vivir este mandamiento que brota desde adentro si no se reconoce también desde adentro, que amar y ser amados, entregarse y dejar que los otros nos amen, no es una obligación, sino que es una necesidad del alma, del corazón. Necesitamos amar, necesitamos un motivo para vivir, necesitamos experimentar amor de Dios por medio de gestos humanos. Necesitamos darnos cuenta de que el amor es cosa seria, que Dios se tomó en serio el amor y por eso nos amó hasta el extremo para que ese amor nos despierte nuestras ganas de amar.
Cuando no estés pasando buenos momentos en tu vida, porque parece que «el cielo» está muy lejos, porque la vida parece un «valle de lágrimas», tenemos otras opciones… hay que buscarlo por uno mismo. No esperemos que el cielo nos venga a buscar, que nos encuentre, el cielo en realidad está siempre, al alcance de nuestras decisiones, a un paso que a veces parece muy largo, pero posible. El cielo aparece muchas veces cuando nos decidimos a traerles un poco de cielo a los demás con nuestra presencia, con nuestros gestos, con nuestro amor. Me imagino que, si vas comprendiendo lo que es el cielo, vas a tener demasiadas ganas de ir o de por lo menos traerlo a la tierra.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 7 de mayo - Juan 15, 9-11 - V Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 9-11
Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»
Palabra del Señor.
Lo que nos une vitalmente a Jesús es el amor que él mismo nos da y nos permite amar como él. La clave es no hacer muchas cosas buenas, sino hacerlas como él las haría, con el amor de él, solo así daremos frutos de santidad. Todo lo demás, todo lo demás, aunque todos nos reconozcan, quedará en la nada, no nos servirá para nada. Cuando nos toque partir de este mundo, nos guste o no, tengamos ganas o no, no nos preguntará Jesús cuántas cosas hicimos, cuánto nos aplaudieron, cuánto dinero juntamos, cuántos títulos acumulamos, cuánto nos quisieron, cuánto nos amaron, sino cuánto amamos, cómo amamos, si amamos, si buscamos el bien de los otros y no primero el nuestro. Solo el que está unido a Jesús, el que permanece con él puede dar estos frutos y que sean duraderos. ¿Querés ir al cielo? ¿Queremos ir al cielo? Amemos, amemos más, ese es el camino, como ama Jesús. ¿Sabés en definitiva qué será el cielo? Amor eterno. Alegría eterna. ¿No te dan ganas de ir para allá? Si te dan ganas, levantá la mano. Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Comentario a Juan 15, 1-8:
La cuestión de ir al cielo, o de tener deseos de ir al cielo, no es cualquier cosa, ¡cuidado! No es una cuestión un poco romántica, porque, en definitiva, si olvidamos eso, en realidad olvidamos lo más transcendental, olvidamos lo más esencial de lo que somos, olvidamos de dónde venimos –o sea, quien nos creó– y hacia dónde vamos —o sea, qué quiere Dios de nosotros–. La historia muchas veces es –como se dice– un péndulo. Y la historia de la Iglesia, por supuesto, no es ajena a estos posibles vaivenes de los pensamientos, de las culturas que se pueden ir dando en cuanto a lo que la Iglesia dice y piensa. No quiere decir que la Iglesia cambie por capricho, pero a veces se ha puesto más el acento en un tema que en otro, se ha hecho más hincapié en una cuestión o en una verdad de fe distinta a la de otras épocas. Es medio simplista o simplificado definir así nomás la historia, pero ayuda a entender un poco más que en definitiva somos humanos, ¿no?, y a veces la Iglesia también, de algún modo, expresa esta debilidad del ser humano. Nos equivocamos cuando expresamos las cosas, no sabemos expresar de manera certera siempre todo.
Alguien me decía una vez: «Padre, ¿no será que no hay tantas ganas de ir al cielo hoy, porque la Iglesia se quedó en el tiempo, o que la Iglesia transmitió con temor la fe, planteando el castigo del infierno y el cielo solamente como un premio?». Algo así me acuerdo que me dijeron. Y bueno, la verdad que todo puede ser, puede haber algo de verdad. Yo también, alguna vez, lo pensé así. Siempre nos hemos equivocado, todos. La transmisión de la fe no es perfecta, está sujeta a la fragilidad de las personas que trasmiten la fe y aquellas que la reciben. Todos nos equivocamos, y al mismo tiempo, es difícil etiquetar la realidad tan fácilmente, juzgar la historia con nuestros pensamientos de hoy, como se dice, anacrónicamente, fuera del tiempo. Es fácil echar la culpa al pasado. Me animo a decir que sí, que muchas pueden ser que al cielo lo hemos planteado como algo no tan atractivo, como solamente un premio, como ir construyendo nuestros ladrillitos en el cielo por las buenas obras. Pero también me animo a decir que hoy ya ni si quiera se habla del cielo en la Iglesia, no digo todos, pero se escucha poco. No hablamos de ese deseo de eternidad que nos debe colmar el corazón. Pasamos de un extremo al otro, a esta forma de ver la historia como un péndulo. Es raro escuchar que estamos hechos para la Vida eterna, es raro escuchar a los predicadores, a nosotros, hablar de la santidad, de la meta de todo cristiano, de entregar la vida, de morir por Jesús, de saber que hay Vida eterna.
https://youtu.be/KQ5OXuZuV_k?si=TgQMfukbMa_NHWiA
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Comentario a Juan 14, 27-31a:
Este tema del cielo que venimos rezando y pensando creo que es para no dejarlo pasar. Es demasiado importante como para minimizarlo, o como para darlo por obvio. Por eso me animo a que nos preguntemos cosas en serio, un poco más profundas de lo que estamos acostumbrados, preguntarnos un poco más sobre aquello que hemos aprendido por ahí en la catequesis de niños, que intuimos con el corazón y que por una cosa o la otra no la seguimos profundizando, nos quedamos ahí. Porque con la fe, lamentablemente a veces, pasa todo lo contrario de lo que pasa con las cosas que nos dan un resultado inmediato y visible. Estudiamos en la primaria, en la secundaria, en la universidad, postgrados, doctorados, cursos y más cursos y tantas cosas más que nos ofrece este mundo lleno de lindas ofertas, y sin embargo para la fe, para las verdades de nuestra fe, muchas veces nos hemos quedado con los cuentitos de la «primaria», de los primeros años, en la niñez espiritual, con esos lindos cuentos que nos contaron de niños.
¿Qué entendemos por el «cielo»? ¿Por qué hablar hoy del cielo parece ser una cosa extraña y ajena a nuestra vida? ¿Qué es el «cielo» para nosotros? ¿Esta cultura de hoy anhela el cielo? ¿Vos anhelas el cielo? ¿Sabemos lo que será ir al cielo o bien es una especie de caricatura, como la contraria al infierno, un poco de nubes y un color celeste?
En la Misa una vez una niña me interrumpió el sermón para preguntarme cómo será eso de que nuestra alma estará con Dios y que el cuerpo quede por ahí nomás en la tierra. Una pregunta muy interesante para venir de una niña, muy profunda. Por lo menos, por mi parte, y espero que no te escandalices, imaginarme el cielo eterno solo de almas flotando por ahí, me resulta un poco extraño, y aburrido incluso. Sin embargo, puede ser que es lo que nos transmitieron o por lo menos lo que entendimos. Así no dan muchas ganas de ir al cielo. Y no porque pretendo que el Cielo sea un lugar divertido al estilo de este mundo, sino porque sencillamente es difícil imaginarnos sin el cuerpo, sin sentidos, sin abrazos, sin gestos, sin nuestros rostros. Lo que enseña la Iglesia y es la verdad, es que sabemos el qué, pero no el cómo. ¿Qué quiere decir eso? Sabemos que al final de los tiempos «habrá un cielo y una tierra nuevos», pero no sabemos exactamente cómo será. Nadie volvió para contarnos detalles, como se dice. Sabemos que momentáneamente, diciéndolo a nuestro modo, a nuestro estilo, estaremos sin cuerpo esperando la resurrección, esperando algo maravilloso que pasará cuando Jesús vuelva a triunfar definitivamente, y es que nuestro cuerpo resucitará como el de Jesús, seremos nosotros mismos, nos reconoceremos como los Apóstoles finalmente reconocieron a Jesús, toda la creación resucitará. Sin embargo, para eso hay que esperar. Nada de lo creado por el Padre se perderá, sino que se renovará.
https://youtu.be/dB1b05gojX0?si=aX8n8k6Skw4iXOKt
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Comentario a Juan 14, 21-26:
Buen día, buen lunes. Dios quiere que empecemos un buen lunes unidos como siempre a la escucha diaria, constante, perseverante y fiel de su Palabra, que es la respuesta a todas nuestras preguntas. Muchas veces hay gente que nos cuestiona, que me cuestiona a mí por qué no hablo de ciertas situaciones que se viven continuamente y, es verdad, puede ser. ¿No? Es verdad que la Palabra puede contextualizarse, pero también es verdad, y por eso es una opción que uno toma, que los mismos textos del Evangelio son los que nos responden a las situaciones que vivimos si los sabemos escuchar e interpretar. Muchas veces hacemos el camino inverso. Queremos hacerle decir a la Palabra lo que nosotros queremos que nos diga y lo que tenemos que hacer, es dejar que la Palabra nos diga lo que nos tiene que decir y no buscar en la Palabra lo que nosotros estamos pensando. Bueno, sé que es difícil por ahí comprender esto, así nomás, pero hay que hacer el esfuerzo. Estamos agobiados por todos lados de tantas preguntas, tantos cuestionamientos, pero cada cristiano tiene que hacer su camino, cada cristiano tiene que tomar la Palabra de Dios de cada día y encontrar ahí lo que está buscando y, si no lo encuentra, seguir buscando. «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.»
Una vez, me acuerdo, en un sermón durante una misa, hice la prueba de preguntar ¿no?, para hilar la imagen de Jesús como “Camino”. Pregunté y…a ver qué decía la gente, quién quería ir al Cielo. Para mí sorpresa, cuando dije: “Que levante la mano el que quiera ir al Cielo”, no fueron muchos los que levantaron la mano. Me quedé pensando. Uno se imagina que, en una Iglesia, todos estamos ansiosos de llegar a la meta de nuestra vida, pero no, mirá, no siempre es así. ¿Qué idea tendremos del Cielo? Pero me ayudó a pensar que los niños, porque fueron aquellos los que menos levantaron la mano, y muchos adultos casi que la levantaron con esfuerzo y no porque hacía frío. Me pregunté por qué será esto. ¿Por qué será que un cristiano que va a misa todos los domingos, que ama al Señor, que lo recibe en la Eucaristía, no desea ir al Cielo? ¿Qué entenderemos por el Cielo los católicos? ¿Qué será para nosotros la Vida eterna? ¿Qué es para vos el Cielo? Y si es lo que pensás ¿por qué no nos sale tan fácil tener ganas de ir al Cielo? La respuesta creo que es sencilla - y no tanto buscándole la parte mala- es nuestra falta de fe a veces, aunque te cueste escucharlo. Sí. No tenemos tanta fe. Si no, al contrario, no nos sale tan fácil decir que queremos ir al Cielo, porque estamos hechos para la vida. También es verdad queremos la vida y, lo que viene, por más que nos digan que es lindo, nos genera incertidumbre, inquietud, como decía el Evangelio de ayer. Tenemos miedo, porque para ir al Cielo tenemos que morir, y nadie quiere morir. Lo entendí mejor con algo gracioso que me pasó. Después de dar ese sermón, al irme a sentar a mi silla para hacer un silencio, le pregunté a los monaguillos que estaban al lado mío si ellos habían levantado la mano cuando yo había preguntado quién quería ir al cielo, porque al estar de espaldas no los había visto. Varios me dijeron que sí, pero uno de ellos bien sincero me dijo que no, y cuando le pregunté por qué, me dijo: “¡Prefiero de más viejito padre!”