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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
Lunes 4 de mayo - Juan 14, 21-26 - V Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 21-26
Jesús dijo a sus discípulos:
«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Palabra del Señor.
Jesús nos dice hoy: «Yo voy a prepararles un lugar (…) a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Imaginar la vida como un camino es una de esas metáforas más lindas que podemos usar para reconocer lo que somos en esta vida, caminantes, somos peregrinos. Estar en camino da paz, caminar es lindo, da quietud, porque se tiene la certeza de que tarde o temprano con esfuerzo se llegará. Es cuestión de tiempo, nada más. Por eso Jesús dice: «No se inquieten». Lo importante es caminar, lo importante es «estar en camino», no moverse del Camino con mayúscula. «Yo soy el Camino», nos dice hoy la Palabra. Yo soy el que te conduce, el que te lleva, el que te dio un camino concreto y correcto, el que te acompaña siempre en ese caminar, el que te da esa certeza de que por «estar en camino» ya se tiene algo de lo que vendrá. «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre». Si ustedes se ponen en camino, si caminan conmigo, si están conmigo, estarán siempre de algún modo con mi Padre. «Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Hay que ponerse a caminar. ¡Vamos, a levantarse! No se puede estar en el Camino y ser una «piedra tirada, pateada por otros», somos «piedras vivas». Somos una nación santa, un pueblo sacerdotal, dice la segunda lectura de hoy, un pueblo que es puente entre Dios y los hombres, que en definitiva eso es ser sacerdote. Lo lindo es caminar, es ofrecer el cansancio del camino, es saber que vamos hacia allá y él «nos fue a preparar un lugar». ¿Qué más podemos pedir?
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones
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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 3 de mayo - Juan 14, 1-12 - V Domingo de Pascua (A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de él, con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como le pasó a Felipe, que nos muestren más que a Jesús. «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras».
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 2 de mayo - Juan 14, 7-14 - IV Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor.
Fijémonos si creer en Jesús no nos ayuda a que nuestra vida cambie de rumbo, a que nuestra vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubramos verdades que antes no veíamos, a que tengamos más vida que antes, más amigos, más ganas de vivir, de levantarse, más ganar de amar, de agrandar el corazón, de hacerlo gigante.
Fijémonos si desde que creemos en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más su Palabra, desde que lo seguís y escuchás en serio no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poco, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, por más que haya dificultades. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final», entre comillas, de la película de la vida. Si lo comparamos con una película, como la película de la vida, siempre tendrá el mejor final, será un final feliz.
Pensemos qué sería de nuestras vidas si no fuera porque tenemos fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensemos qué sería de nuestras familias sin el sostén de Jesús, que nos sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no se terminan jamás. Pensemos hoy y recemos con esta verdad. Recemos, por favor. Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que revive todo lo que toca y rodea. Todo esto en una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos como un «disparo a la eternidad», como decía san Alberto Hurtado, la vida de nuestros seres queridos también, los que partieron o están por partir, la de todos. ¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él lo es. Estando con él nunca podemos salirnos del camino porque él es el que nos lleva. Estando con él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará. Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas, sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con él aprendemos a vivir mejor, porque todo lo que hizo él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de estar siempre. Porque no solo esta vida que es pasajera, tenemos ganas de vivirla, sino que la vida que continuará a esta será mucho mejor. Estando con él la vida de los demás, la de los que más queremos, jamás nos parecerá que terminará, porque sabemos que, pase lo que pase, él tiene «habitaciones» reservadas para todos los que están en el camino con él.
Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo, entre comillas, «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y que nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 1 de mayo - Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.
Hoy, concretamente, sin esperar, sin soñar grandes cosas, en donde nos toque, ahora, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en lo que hacemos, ahora podemos amar, ahora podemos hacer lo mismo que Jesús.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 30 de abril - Juan 13, 16-20 - IV Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 16-20
Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:
«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»
Palabra del Señor
Ayer también meditábamos sobre la escucha, sobre la necesidad de escuchar la voz del Pastor que es Jesús. La clave en esta vida, decíamos, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor y a escuchar a los demás en donde también, de alguna manera, nos habla. El que no sabe escuchar no sabe amar, porque no sabe detenerse. No sabe bajar un cambio para reflexionar. No sabe mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo; no sabe lo que es esperar; no sabe lo que es olvidarse de sus caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro. El que no escucha no ama bien y solo ama en profundidad el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.
Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque él no habló por sí mismo” dice, y es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco.
Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida, de nuestro corazón, porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.
Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas, como vos y yo a veces.
Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, una cosa que viene desde afuera que nos quita libertad. Es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino. Nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.
Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús, o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño de la política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso a un rebaño que, en realidad, soy yo mismo, mis propias voces.
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P. Rodrigo Aguilar
Miércoles 29 de abril - Juan 12, 44-50 - IV Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 44-50
Jesús exclamó:
«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»
Palabra del Señor.
Por eso cuando uno escucha que de labios y del corazón de Jesús salieron estas palabras: «…ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre», ¿puede quedar lugar a la duda? ¿Puede quedar lugar al miedo? Jesús se refería a nosotros, a sus ovejitas, a los que escuchamos cada día su voz, a los que intentamos seguirlo día a día. ¿No te parece lindo, maravilloso? ¿No te da paz escuchar semejante afirmación? ¿Por qué preocuparse tanto de las cosas que pasan o que nos pasan? Solucionemos lo que está a nuestro alcance, lo demás hay que dejarlo. ¿Qué nos pasa que no terminamos de confiar en que esto es realmente así? Bueno las respuestas pueden ser muy variadas, según la cantidad de oyentes, pero es algo que tenés que preguntarte vos, que me pregunto yo, que tenemos que preguntarnos todos. Deberíamos poder vivir en paz intentando escuchar todos los días la voz de Jesús que es nuestro Verdadero Pastor. Podríamos pensar que entramos en el miedo, en la angustia, cuando dejamos de escuchar la voz que nos hace tanto bien y nos dejamos llevar por otras voces. Voces que nos tiran abajo; voces que no nos hacen luchar cada día; voces que parecen amigas, pero en realidad nos destruyen; son voces que salen de adentro nuestro o que vienen de afuera. Está lleno de falsos pastores que nos quieren guiar hacia otros pastos, no necesariamente malos, sino otros pastos que nos alejan de los manjares de Dios.
Algo del Evangelio de hoy nos llena de ánimo y de esperanza. Las manos del Padre siempre están para abrazarnos, para tomarnos, para salvarnos, para cuidarnos, para acariciarnos, para demostrarnos su amor. Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a comprender que las manos del Padre, esas de las que nos habla Jesús, son esas manos de tantos que nos quieren, que nos buscan, que nos dan una mano con su ayuda, una palmada, un empujón, un abrazo, una caricia y nosotros muchas veces las hemos esquivado, por creernos omnipotentes, por creernos que no estamos necesitados. Las manos del Padre son las manos de nuestros hermanos que son hijos de ese mismo Padre. Por eso Jesús dice que él y el Padre son una sola cosa.
El Hijo quiere siempre lo que quiere el Padre. Jesús quiere que seamos hijos y hermanos. Quiere que queramos lo que él quiere.
¿Qué es lo que nos asegura permanecer siempre en las manos del Padre, o sentirnos en sus manos? No dejar de escuchar nunca la voz de Jesús. Eso que hizo san Ignacio cuando recibió esa mala noticia para su congregación, para él, sumergirnos en él, en la oración el tiempo que podamos para dejar todo en «sus manos», porque en definitiva nuestra vida «está en sus manos» lo aceptemos o no y solo si sabemos entregarla a nuestra vida, sabremos vivirla como él quiere.
Por eso, en este día te propongo y me propongo que de algún modo miremos al cielo, levantemos las manos. Hay un canto muy lindo que dice así: «Cierro los ojos, levanto mis manos, para darme cuenta que estoy en sus manos». Es un símbolo, es un signo, pero nos puede ayudar. No nos olvidemos que estamos en las manos de Dios. Nuestros familiares están en las manos de Dios. Es verdad nosotros podemos querer tirarnos de esas manos, querer escaparnos, pero en definitiva siempre estaremos en sus manos. Eso nos tiene que dar paz, no nos angustiemos, no gritemos, no nos enojemos, no nos peleemos con nadie. Si nos increpan, callémonos. Estamos en las manos del Padre, ¿qué mal nos puede suceder?
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P. Rodrigo Aguilar
Martes 28 de abril - Juan 10, 22-30 - IV Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 22-30
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.
Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.»
Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»
Palabra del Señor.
¿Cómo pensamos que Dios se las ingenia día a día para seguir recorriendo el mundo, las ciudades y cada lugar, enseñar su verdad, anunciar la Buena Noticia de su salvación, curando todo lo que enferma al hombre? ¿Cómo puede ser esto? Bueno, «se las ingenia de la misma manera que se las ingenió siempre», desde que existe este mundo, no de una manera maravillosa o extraordinaria como a veces pretendemos, sino al modo humano, eligiendo instrumentos humanos para que los demás descubran lo divino, para encontrarlo a él. Alguno dirá por ahí: ¿No podría haber elegido algo mejor, no podría haber elegido una manera más efectiva? ¿Realmente es ingeniosa esta manera de hacerse presente en este mundo? Como poder, hubiese podido hacer lo que quisiera, porque en definitiva Dios es Dios. Ahora...quiso otra cosa, quiso elegir el modo que seguramente daría más fruto y por eso decidió hacerse hombre como nosotros, para acostumbrarse a vivir como hombre y para que el hombre se vaya acostumbrando a vivir con Dios y como Dios. Un gran misterio, pero una gran verdad.
Cristo anduvo por la tierra enseñando, anunciando, sanando y curando, pero no quiso hacerlo solo.
Este es el misterio y, al mismo tiempo, la gran alegría: Dios que se hace hombre y deja que el hombre participe de su misión. De hecho, mientras él lo hacía, les encargó a sus discípulos que lo ayuden, para poder llegar a todos los hombres posibles de ese tiempo. Jesús necesita de hombres para llegar a todos los hombres. Necesitó de sus discípulos para cumplir su misión y les encargó a sus discípulos que continúen su misión en su ausencia.
El sacerdocio católico es el corazón, los ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies de Jesús extendidos a lo largo del tiempo, para poder acoger, mirar, escuchar, hablar, tocar y acompañar a todos los hombres posibles a lo largo del tiempo y en todo el mundo. Es la respuesta del corazón conmovido de Jesús al ver tanta gente que anda por el mundo sin guía, como ovejas sin pastor. Los que fuimos elegidos no sabemos explicarlo mucho, no sabemos mucho por qué a nosotros. Por eso, reza por nosotros para que seamos realmente lo que Jesús quiere que seamos. Lo único que sabemos explicar es lo que se vive y se siente en el corazón.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 27 de abril - Mateo 9, 35-38 - Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 35-38
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»
Palabra del Señor.
https://youtu.be/PiaEkDgIf2w?si=ODAy-8TTos001Z_3
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Comentario a Juan 14, 1-12:
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
https://youtu.be/iXHpmv7uVr0?si=hM1RkR3iqbGgLchq
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Comentario a Juan 14, 7-14:
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Comentario a Juan 14, 1-6:
Qué bien hace empezar este día escuchando que Jesús nos dice: «No se inquieten. No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Cuánto nos ayudan estas palabras en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Podríamos decir que todos los tiempos fueron difíciles y todos los tiempos fueron maravillosos. Pero, a veces, parece que algunos son más que otros. O a alguno les toca vivirla un poco más difícil que a otros. Por ahí te está tocando a vos. Estás triste, estás agobiado, estás cansada, estás enojado. No sabés lo que vendrá, no sabés lo que va a pasar. Pero bueno… volvamos a escuchar estas palabras. Cortá mi comentario y volvé para atrás. Volvé para atrás y escuchá esto: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Creamos en lo que nos dice Jesús. Creamos, que al creerle a Jesús le creemos al Padre, y si le creemos al Padre, qué nos puede inquietar. Es verdad, la vida se pone a veces difícil, se pone dura: la muerte, la injusticia, el dolor, la tristeza, la incomprensión, la traición, la mentira, la hipocresía. Pero no nos inquietemos, porque si no fuera así, no se lo hubiese dicho Jesús a sus amigos ni tampoco a nosotros. Bueno… ¡Vamos! ¡Ánimo! A levantar la cabeza y el corazón.
Vamos a algo del Evangelio de hoy. Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos de nosotros hubiésemos querido encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: ¿cuál es el camino? El camino de la vida: ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que decidir? Dónde iremos a parar, dice también una zamba argentina; dónde iremos a parar. Y, finalmente, cómo saber cuál es el camino para cada uno. Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente. Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completo. Mucho más completo que la pregunta de Tomás. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que cualquier hombre necesita –vos y yo, incluso aquellos que no lo conocen, aquellos que andan caminado por la vida sin sentido, desorientados– todo eso condensado en una Persona, no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, en un proyecto, sino en una Persona.
El Camino, mirá... sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida de Jesús, es su vida en nosotros. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, o terminará en la Vida eterna, la Verdad nunca terminará de comprenderse en esta tierra porque no es nuestra y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo. ¿No te parece?
Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él, como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser un misterio también, que no deja de ocultarse a veces. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra» con las manos, que no se toma, que no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor y apasionante. Le agrega un plus, digamos así, le agrega una inyección de amor a nuestra vida.
https://youtu.be/I_IDVffFU4E?si=AhIZZfYA4aArA6Td
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Comentario a Juan 13, 16-20:
A veces decimos: «Dios quiera que tengamos un buen día, Dios quiera que pueda hacer tal cosa, Dios quiera que nos veamos». Más como una expresión de deseo de lo que nosotros queremos que Dios quiera, y no tanto como una realidad, porque no sabemos siempre perfectamente lo que Dios quiere, en algunas cosas están muy seguros, pero no tanto en otras. Lo claro es que Dios quiere que seamos felices, que estemos bien, que tengamos un buen día. Cómo Dios no va a querer que tengamos un buen día, si es lo único que él quiere, que vivamos en paz, que vivamos felices, que amemos. Pero bueno, así lo decimos, simbólicamente, así está como apoltronada esta frase, en nuestro lenguaje. Dios quiera. ¿No? Dios quiera. Pero digamos así: Dios quiere que tengas un buen día. Él quiere que hoy estés bien, quiere que te levantes, quiere que dejes de mirarte el ombligo, quiere que mires a tu alrededor y que veas todo lo bueno que él nos da, todo el amor que nos concede, su palabra que nos consuela, la presencia de tu familia, de los que están y de los que no están, que no dejarás de amar nunca, ni ellos tampoco.
Dios quiere que hoy tengamos un buen día, que cumplamos su voluntad, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas y que todas las cosas nos hablen de él. Porque el que tiene fe empieza a escuchar la voz de Dios en cualquier cosa. Y para eso es necesario empezar el día escuchando lo mejor que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios.
Me acuerdo que una vez me llegó un mensaje muy lindo en el que me mostraban lo que alguien proponía en un grupo de WhatsApp, como diciendo: «Escuchen, escuchen esto, yo no soy muy practicante, pero me animo a mostrarles esto, anímense a escuchar, no soy demagogo, no como diciendo, no estoy predicando, no me pongo de ejemplo, pero anímense a escuchar». Qué lindo es ver cuando alguien se juega por otros, para que otros hagan algo o escuchen algo que les hace bien. Hacé lo mismo, ¡anímate! ¡Anímate a mandar este audio u otro, el que tengas, el que te guste, este audio sencillo a alguien que seguramente lo necesita, que por ahí le va a costar al principio, porque de golpe ver un audio de siete, de ocho, nueve minutos cuesta, a mí también, pero, si pone un poquito de esfuerzo, si ponemos un poquito de esfuerzo, les va a hacer muy bien!
Comentario a Juan 12, 44-50:
¡Qué bien que nos hace creer! ¡qué bien que nos hace confiar en algo que no vemos! Aunque parezca una contradicción, lo que estoy diciendo es un grito a este mundo que todo lo quiere comprobar, todo lo quiere tocar con sus manos, todo lo quiere ver, con nuestro corazón también. Hay que reconocerlo que le cuesta, a veces, aferrarse a esas cosas que no son tangibles. Sin embargo, la fe, en realidad, dicho de una manera poco vulgar, es el remedio contra nuestra omnipotencia, contra nuestro deseo de controlarlo todo. Por eso, acordate, dejá de lado un poco ese control que te atormenta, que te lleva a creerte superior, a pensar que lo podés todo. Y no es así, porque cuando nos llega el dolor, la enfermedad, la tristeza, la angustia, el sufrimiento, realmente es ahí cuando nos damos cuenta de que en el fondo todo está en sus manos, como decíamos ayer. ¡Qué bien que nos hace creer!, gritalo hoy. Mirá al cielo y decí: ¡qué bien! ¡qué lindo es tener fe y ponerme en manos de Dios que es mi Padre, por medio de Jesús!
Algo del evangelio de hoy también nos dice algo muy lindo: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.” Es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús, a pesar de que nos olvidamos a veces esto, y pensar qué es lo que nos quiere decir verdaderamente. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro a sí mismo. Qué bueno. Jesús quiere que creamos en él, que confiemos en él, pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre, su Padre y nuestro Padre. Lo mismo nos pasa a nosotros, a los sacerdotes, pero también a vos. No tienen que creer “en nosotros”. En realidad, tienen que confiar en que lo que nosotros enseñamos es lo que Jesús enseñó porque lo enseñó el Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. Por eso nuestra fe, es cristocéntrica. Creemos en Cristo, pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre, nos señala al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es el rostro del Padre.
¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera; “El Padre nos atrae a Jesús, pero, en definitiva, para atraernos a él, para hacernos sus hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos”. Somos sus hijos dispersos y él envió a su Hijo al mundo para reunirnos, como buen pastor.
https://youtu.be/fkarnW4ZMaQ?si=rE0vU4mS0Uq0COLn
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Comentario a Juan 10, 22-30:
Andar por el camino de la Palabra, de la escucha, no es siempre sencillo. Uno pasa muchas veces por todos los estados de ánimos espirituales posibles y muchas veces las crisis llegan, tarde o temprano. Es normal, es parte del camino. Hay momentos llamados de consolación y desolación o desconsolación. Es normal. A todos nos pasa. No es ser humano, con todas las letras, quien está siempre igual, quien está «como si nada pasara». Eso no es real, somos mortales y débiles, aunque a veces pretendamos ser ángeles perfectos. Justamente ahí, radican muchas de nuestras crisis espirituales, en no aceptar que las crisis son parte de la vida; el pasar, el cambio, el que no todos los días estamos igual, el que lo lindo no dura para siempre, y que lo malo tampoco. Sin embargo, muchas veces andamos tristes o enojados, justamente por pretender imposibles que finalmente nunca se dan.
Lo más lindo y reconfortante sería lograr empezar el día dando gracias y ofreciendo todo lo que aparezca en el camino, y casi lo mismo al terminarlo… dar gracias por todo lo que se vivió y pedir perdón por lo que se podría mejorar. Si pudiéramos vivir los días así, en realidad nos ahorraríamos muchos disgustos. Cuenta una anécdota lo que san Ignacio de Loyola hizo ante una malísima noticia recibida, que en nada favorecía a él, ni a los jesuitas, ¿sabés qué hizo? Fue quince minutos frente al santísimo, a dejar que todo se solucione al modo de Dios, con los tiempos de Dios. Parece una actitud infantil, irracional, pero en realidad es el modo de «trabajar como si todo dependiera de nosotros y rezar como si todo dependiera de Dios», es una buena manera de no creernos omnipotentes y confiar en que las cosas tienen su porqué más allá de nuestras fuerzas, de nuestras decisiones, de lo que nosotros queremos.
https://youtu.be/I8Ag6TqT6Z0?si=YJCt-AhzA6AQghbI
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Comentario a Mateo 9, 35-38:
En este día, en esta fiesta, tan importante para Latinoamérica, donde recordamos al gran obispo santo Toribio –que es el patrono de todo el episcopado latinoamericano, es el gran obispo de Lima del siglo XVI–, me animo a compartirte algo, algo que nos pasa muchas veces a los sacerdotes, pero que me pasa a mí, que es cuando alguien se acerca y nos pregunta: «¿Cómo te surgió la vocación? ¿Cómo te diste cuenta que Dios te llamaba?». Es la gran pregunta que muchas veces los laicos, en general, nos hacen a los sacerdotes y consagrados, porque, creo yo, la vocación no deja de ser un gran misterio. No un misterio en el sentido de algo que es imposible de descifrar, sino más bien algo que nos muestra algo que no vemos, valga la redundancia. Porque, en definitiva, eso es un misterio, eso es un sacramento, un signo sensible de la gracia de Dios que no podemos ver.
Bueno, como te decía, estas y otras preguntas son unas de las tantas que nos hacen los jóvenes y no tan jóvenes, y que muchas veces nos hace a nosotros mismos cuestionarnos y preguntarnos: «¿Cómo es que Dios me llamó?». O incluso preguntarnos: «¿Por qué Dios me eligió a mí y no a otro?». Y la respuesta que doy muchas veces –un poco en forma irónica, pero con mucha verdad de fondo– es: «¿Tenés tiempo para que te cuente?». Y en el fondo no es una respuesta evasiva, no es para decir: «Bueno, no puedo contarte», sino que es difícil explicar en pocas palabras toda una vida, la propia vida. Porque, en definitiva, un llamado no es simplemente en un momento, sino que es toda una vida.
Es cierto que el que se siente llamado por Dios puede detectar claramente que en su camino hubo un momento concreto en el que sintió y se sintió especialmente llamado por el Padre, pero, al mismo tiempo, también es tan y aún más cierto todavía que el «tesoro», por llamarlo de alguna manera, de la vocación siempre estuvo escondido en el campo del corazón del que fue llamado, y por eso que para contar cómo encontramos ese tesoro en algún momento, no basta explicar el momento de la «palada» final, diríamos; o sea, cuando de golpe encontramos ese tesoro, cuando nos topamos con él, sino que hay que ver el proceso de cómo se llegó a dar esa puntada final, esa palada que hizo descubrir el tesoro. Y eso es algo difícil. Entonces por qué no pensar que la vocación, el llamado de miles de sacerdotes a lo largo de la historia y también de los consagrados, de los que están y de los que vendrán, proviene de esta petición de Jesús de Algo del Evangelio de hoy: «Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». En definitiva, los sacerdotes somos fruto del amor del corazón de Dios Padre que ama a todos y que, al mismo tiempo, se deja conmover por la petición de su Hijo y de todos los que piden más trabajadores para la cosecha.