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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
¡Cuánto nos ayuda la simplicidad y espontaneidad de los niños! Este niño aún sin haber recibido la Comunión sabía perfectamente que Jesús es el mejor alimento que podemos esperar. Y Jesús en la Eucaristía, mucho más. Se dio cuenta que no es lo mismo «cualquier corral» ni la forma de entrar en él. Todos los niños se dieron cuenta. No es lo mismo entrar al corral saltando por el cerco como un ladrón, que entrar por la puerta. No es lo mismo. Cualquier niño se da cuenta que dejarse guiar por Jesús, el Buen Pastor, es mucho mejor que dejarse guiar por cualquiera. Jesús es pastor y puerta. Es pastor. Es pastor, y las ovejas y el corral son suyas, de ningún otro pastor. Esto lo percibe naturalmente cualquier niño.
Sin embargo, los adultos podemos a llegar a escuchar y a decir cualquier barbaridad, como, por ejemplo, «Al final todo es lo mismo», «Dios es el mismo para todos», «Da lo mismo cómo lleguemos a él», «Todas las iglesias son iguales», «Todas las religiones son iguales». Ante semejantes afirmaciones uno puede preguntar: ¿No sería mejor que volvamos a ser como niños? Algo del Evangelio de hoy lo dice claramente: «Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir». No terminamos de entender, incluso nosotros, los adultos. No es lo mismo cualquier corral, no es lo mismo cualquier pastor, no es lo mismo entrar por la puerta o saltando. No es lo mismo alimentarse de cualquier pasto, que de la Eucaristía.
Jesús nos dejó su Iglesia por algo y para algo. No puede ser lo mismo. No es lo mismo cualquier Iglesia, aunque a veces sea duro decirlo. No es lo mismo dejarse guiar por la voz de Jesús en la Iglesia, que escuchar cualquier voz por ahí creyéndonos que es la de Jesús. Esto no es en contra nadie, sino que es, de alguna manera, a favor nuestro. No es para criticar a nadie, sino es para valorar lo nuestro, la gracia que tenemos. Muchas veces los católicos por ser «abiertos» y que los demás no sientan que los menospreciamos – cosa que está muy bien– nos olvidamos de lo más nuestro, de los regalos que tenemos y, a veces, no aprovechamos, tenemos un sentimiento de culpa, de no ofender a nadie. Y, mientras tanto, muchos nos atacan como si fuéramos los «malos de la película». ¿No será tiempo de valorar que Jesús nos haya llevado a su corral y que nos conduzca hacia pastos verdes, y no por ser mejores, sino por amor? ¿No será tiempo de amar más lo nuestro sin despreciar lo ajeno, pero de amarlo y saber que, por ser lo que Jesús quiso, es lo mejor? ¿No será tiempo de saber que él quiere un rebaño y un solo pastor? Hubo y habrá muchos que entraron como asaltantes a la Iglesia y la quieren destruir, pero Jesús vino a traernos Vida, Vida en abundancia, y eso es muy distinto. Nada podrá destruir y matar ese deseo de Jesús, por más que haya malos pastores, por más que haya laicos incluso que destruyen a sus pastores y pastores que destruyen a su rebaño. Nada impedirá que Jesús nos siga guiando a los mejores pastos que no se encuentran en cualquier lado… y eso, como decía Johnny, «es para dar gracias». Y hoy, en este día de las vocaciones, recemos, recemos para que el Señor envíe más trabajadores para la cosecha, pastores que trabajen para el único rebaño que quiere formar Jesús.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 26 de abril - Juan 10, 1-10 - IV Domingo de Pascua(A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10
Jesús dijo a los fariseos:
«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.»
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»
Palabra del Señor.
Las palabras que nos regala la Iglesia en algo del evangelio de hoy, son las palabras de Jesús antes de ascender a los cielos, podríamos decir que es el legado de Jesús, su deseo final, pero al mismo tiempo, su deseo siempre presente, que no pasará de moda jamás. ¿Qué desea Jesús? ¿Cuál fue su deseo antes de ausentarse físicamente de sus discípulos? No puede ser otra cosa, no podríamos esperar otra cosa que el deseo ardiente de que todos los hombres conozcan la mejor noticia que puede recibir el hombre, hambriento y sediento de amor. ¿Cuál? Que Dios se hizo hombre, murió y resucitó por nosotros para sanarnos y darnos una vida nueva. Básicamente ese el anuncio que comenzaron a desparramar por el mundo los amigos de Jesús y que llegó a nuestro tiempo, y que sigue llegando y que sigue expandiéndose. Esa es la misión básica y fundamental de la Iglesia. Esa es tu misión y mi misión, si realmente creemos en lo que decimos que creemos. No hay que complicarse mucho la existencia con cosas raras. Hay que andar por el mundo diciendo con la vida y con los labios, esta verdad. El que quiera creer que crea y que disfrute, el que no quiera creer que no crea, no debería ser un motivo de enojo para nosotros, se lo estará perdiendo. Dios juzgará a cada uno según su conciencia y sus decisiones, eso a nosotros no nos corresponde juzgarlo.
¿Vos crees en esto? Si crees, ¿Alguna vez anduviste por la vida anunciando esta verdad que cambió la vida de tantos hombres y mujeres? Si ya lo hiciste alguna vez ¿te cansaste o lo seguís haciendo? Los discípulos fueron a predicar por todas partes, ¿y nosotros? ¿Nosotros qué estamos haciendo? ¿Qué hacemos cada día? ¿Pasa algún día de tu vida sin que hables de Él? Anunciar la noticia de Jesús nos llena el corazón de alegría, nos llena el corazón de paz, porque descubrimos que no hay nada más grande que podamos darle a los demás que el mismo Jesús, porque solo Él cambia los corazones de las personas. La fe solo crece dándola, solo se enriquece cuando nos animamos a hablarle a los demás de lo bien que nos hace creer, de lo lindo que es creer, de lo maravilloso que es intentar cada día vivir según las enseñanzas de un Dios Padre que nos ama y solo desea que nos amemos entre nosotros y disfrutemos esta linda vida que nos regaló. ¿Todavía estás pensando si vale la pena hablar de Él?
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 25 de abril - Marcos 16, 15-20 - Fiesta de San Marcos
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 15-20
Jesús se apareció a los Once y les dijo:
«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.
Palabra del Señor.
La clave, o la mayor dificultad, entonces es dejarse seducir, dejarse atraer por él, no poner trabas, no poner peros, no poner siempre excusas, no pretender que él sea como nosotros queremos, dejar que Dios sea Dios a su manera y nosotros aceptar que somos simples creaturas, que perdemos el rumbo fácilmente y que lo mejor que podemos hacer, es escuchar y estar atentos. Ayer no habíamos dicho nada, pero hoy ya es inevitable. Jesús lleva el discurso a un extremo, y no porque sea un extremista, sino porque su amor es tan grande, tan extremo que desarticula todo lo pensable, lo razonable por nosotros. Veníamos escuchando que Jesús decía que él es el Pan de Vida y el Agua que viene a calmar la sed de nuestras vidas, que él es la respuesta a todos nuestros vacíos. Bueno, al final lo que parecía simbólico en su discurso, una especie de metáfora o de comparación, se vuelve realidad: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Ya no es una forma de decir, una especie de imagen linda para admirarse. No, es mucho más que eso. Es la locura de las locuras. Jesús quiso quedarse realmente con su Cuerpo y su Sangre. Hay que creer para poder aceptarlo. Jesús es Pan, o sea, Jesús es el alimento del hombre hambriento de amor.
Jesús es Pan cuando nos habla en la Palabra escrita; Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese diálogo; Jesús sacia nuestro hambre cuando amamos a los otros hasta que duela; Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, en donde se cumple realmente estas palabras es en la comunión de la Iglesia, es en la Eucaristía, es en la misa en donde eligió quedarse plenamente para siempre.
¡Ay, si los católicos creyéramos realmente en esto! ¿No crees que nos desesperaríamos por ir a recibirlo, por alimentarnos de él? ¡Ay, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos! ¿No crees que moriríamos de la emoción? ¡Ay Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada Eucaristía, qué distinto sería todo! Señor, que creamos, Señor, danos siempre tu Cuerpo y tu Sangre, para que tu amor se haga realidad en nuestras vidas.
Mientras tanto… mientras no descubramos y nos abramos a esta verdad, vamos por el camino de la vida alimentándonos de Jesús, pero desaprovechando mucho, no descubriendo todo, porque si tuviéramos fe, una sola comunión bastaría para colmarnos eternamente. Mientras tanto… miles y miles de católicos, incluso nosotros, los sacerdotes, que decimos creer en Jesús pero que también nos alimentamos de otras cosas, nos podemos llenar la panza con otras cosas y después se nos va el hambre de Jesús. Algo así como que antes de ir a un casamiento me agarre hambre y me coma una hamburguesa por el camino, y después, al llegar, me pierda lo mejor de lo mejor. Algo así como entrar en un restaurant de «tenedor libre», donde podemos comer cualquier cosa, y en vez de comer los mejores manjares que hay, terminemos comiendo comida chatarra y al terminar decir: «Bueno, pero no me hizo tan mal», «Bueno, pero esto también suma». ¿Escuchaste alguna vez eso? Y así, hay miles de corazones que se pierden de Jesús, o lo buscan a su manera, alimentándose de «cosas» baratas y perdiéndose del mejor alimento, del mejor plato. Lo que nos perdemos cuando pensamos así. No es que nos hace mal comer otras cosas, aunque muchas veces sí, sino más bien es lo que nos perdemos. ¡Lo que nos perdemos! Los que te perdés, estará pensando Jesús. El que pueda entender que entienda.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 24 de abril - Juan 6, 52-59 - III Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.
Siempre recuerdo la linda historia de Blanca, una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla donde me tocaba ayudar para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero iba a Misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios, que muchos de los muy católicos que estaban ahí. Lloraba mientras yo daba los sermones. La historia es larga, pero lo lindo fue que ella, sin saber nada de la fe, nada, sin haber leído nunca el catecismo, terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo es posible todo esto?
Es simple. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” es la respuesta exacta. Por eso, vos y yo tenemos que alegrarnos porque no iríamos tras de Jesús si no fuera porque de alguna manera no nos sentimos atraídos por algo más grande. Tan bueno es Dios Padre que no solo nos dio el don de Jesús, su Hijo, sino que además nos da la atracción para acercarnos a Él. ¿Y nosotros? Te preguntarás. Nosotros damos el paso inicial empujados por su amor, y al mismo tiempo el paso de cada día, el necesario para no dejar de perder esa atracción inicial que Él mismo nos regaló. ¿Qué hago acá Padre? Me decía alguien a la salida de misa después de haber estado alejado muchísimo tiempo. Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una respuesta buena para darle.
Es un misterio, pero eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: ¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, y nos olvidemos. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque al mismo tiempo nos hemos dejado seducir, nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir, si alguien no lo seduce.
Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros, como para aquellos que vemos que no se acercan. Recemos para que el Padre los atraiga, y vivamos con alegría para ayudar a esa atracción.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 23 de abril Juan 6, 44-51 - III Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 44-51
Jesús dijo a la gente:
«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Palabra del Señor.
Es bueno que pensemos a qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere, por supuesto, a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestras vidas. Somos cuerpo y espíritu, espíritus corporizados, espíritus en cuerpos, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestra hambre biológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que –como decía el Principito, ¿te acordás? – es invisible a los ojos, pero que es esencial y sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero motor y alimento de nuestras vidas y la prueba más palpable de esta verdad es que hay personas que tienen todo lo material que podamos imaginar y mucho más, además, que les sobra, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, podemos encontrar personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y, sin embargo, viven en una cierta plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir solo volcados hacia afuera, buscando satisfacer las necesidades del cuerpo nada más, finalmente nos deja vacíos. Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad, muchas veces puede ser un síntoma de que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo. Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción del corazón en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no nos satisface creer.
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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Miércoles 22 de abril - Juan 6, 35-40 - III Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor.
Algo del evangelio de hoy, como el del domingo, nos confronta con nuestra dureza de entendimiento y de corazón. Nos confronta con el Dios verdadero que nos vino a mostrar Jesús, con el Dios en el que creemos o decimos creer. Podríamos preguntarnos sin miedo… ¿Cómo es el Jesús en el que creemos? ¿Qué tipo de pan le pido a Jesús para alimentarme? Los que se cruzaron todo el lago para volver a encontrase con Jesús, al escuchar que Jesús les iba a dar un pan que jamás les iba a dar hambre, le pidieron que “les dé siempre de ese pan”. ¿Sabían lo que pedían? Cuando los discípulos de Emaús le pidieron a ese “hombre” que se quede con ellos esa noche porque ya era tarde… ¿Sabían lo que pedían? Según el evangelio, no. No habían comprendido.
No está mal que pidamos cosas a Dios, no está mal que necesitemos cosas, es humano y necesario, pero lo que quiere enseñarnos Jesús es que veamos en esos pedidos, en esos deseos cotidianos, algo más grande, profundo y trascendente. Que lo busquemos a Él en las cosas que hacemos. Porque en realidad lo necesitamos a Él y no siempre nos damos cuenta. Teniéndolo a Él, tenemos todo, aunque aparentemente no tengamos nada. En cambio, si tenemos todo lo material o humano que creamos necesitar, pero no lo tenemos a Él, en realidad no tenemos casi nada. Nos falta mucho.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 21 de abril - Juan 6, 30-35 - III Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35
La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Palabra del Señor
Imaginate la escena de hoy: después de haber multiplicado panes para más de 5000 personas y de que sus discípulos lo vieron caminar sobre las aguas. ¿Quién no se hubiera entusiasmado de andar cerca de ese hombre? ¿Qué haríamos nosotros si nos enteráramos que a unas cuadras de nuestras casas se reparte comida gratis? ¿A cuánta gente le caen bien y votaría esos políticos que solo dan y dan sin esperar un trabajo a cambio, pensando que así dignifican a las personas? Comida gratis y abundante para todos, sin excepción, el sueño de un mundo que quiere vivir sin esfuerzo. ¿Qué muestra algo del evangelio de hoy? Cuando la multitud va otra vez en búsqueda de Jesús, se ponen en camino y cruzan todo el lago para encontrarlo de nuevo, Jesús no les responde como alguien de este mundo, reciben una respuesta dura y directa: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”
Un golpe duro para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. “Ustedes no me buscan porque supieron interpretar el signo, porque supieron ver detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo, ustedes me buscan para saciar el hambre de su panza y no el hambre del corazón. Ustedes piensan solo en lo material” Jesús no se enoja porque lo busquen. ¿Quién más que Él tiene pretensiones de que lo busquemos? Jesús quiere que andemos tras de él, pero quiere que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y deseos. Quiere que lo busquemos a Él y no simplemente las cosas que nos da o necesitamos.
Y nosotros…podríamos preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? O mejor empecemos por el principio… ¿Buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? Porque en realidad lo mejor empieza por lo cotidiano, por lo material. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a Dios por necesidades básicas y eso se transformó en trampolín para conocerlo de corazón? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque “la obra de Dios es que ustedes crean”, dice Jesús, ese el mayor milagro, creer en el Jesús verdadero.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 20 de abril - Juan 6, 22-29 - III Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 22-29
Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»
Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 24, 13-35:
¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, en este tercer Domingo de Pascua, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no tanto en esta Pascua, o estemos resucitando, podamos decirle esto al Señor, con el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús, en realidad, sin saber todavía quién era realmente. Sus ojos del corazón, sus ojos, no veían lo que nosotros hoy ya sabemos por la fe. No sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón, explicándoles las escrituras, como tantas veces también nos pasa a nosotros. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor, es el mismo Jesús? ¿Cuánto nosotros más en este tiempo, donde todo parece tan difícil, debemos pedirle desde el fondo de nuestro corazón? Nosotros ya sabemos el final de la historia, ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantos deseos, camuflados, nos hacen olvidar qué es lo más grande y lo que más necesitamos.
Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús, Hombre-Dios. Vos y yo… ¿lo sabemos? ¿lo sabés? Nosotros sabemos que Jesús está, pero a veces parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está, pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios. Escuchemos por ellos.
En este domingo te propongo que levantemos la cabeza. Basta de mirar para abajo. Dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejémonos de hablar como si Jesús no estuviera, como si no estuviera vivo. Dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste o conociste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?
“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad, él siempre está. Somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, que la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.
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Comentario a Juan 10, 1-10:
Buen día, buen domingo. No sé si te acordarás de Johnny, ese niño sobre el que varias veces conté anécdotas en algunos audios, un niño que hoy ya no es tan niño. Asistía a la catequesis de una de las capillas que pertenecen a mi parroquia. Es muy especial con un corazón muy grande que, por una cierta discapacidad, tiene también una percepción distinta de la realidad. La verdad es que lo extrañamos a Johnny porque hace tiempo que no lo podemos ver, excepto en el último Viernes Santo. Pero es un adolescente que siempre dice palabras especiales.
De hace tiempo que no participaba, en ese momento, y un día tuvo una de esas luces del corazón encendidas, que nos llenaron de alegría y de gozo. En general me interrumpía con buenas acotaciones durante el sermón, y últimamente casi siempre era yo el que lo hacía participar de alguna manera. Mientras intentaba explicar que la imagen del corral que utilizaba Jesús hoy se refiere a la Iglesia y que es Jesús el que nos hace entrar y salir y que, además, él es la puerta, otro niño, Uriel, aportó algo muy bueno: de que podemos entrar y salir para alimentarnos y que es Jesús el que nos alimenta. Aproveché esa situación para querer explicar que en la Iglesia Católica tenemos los mejores alimentos, sin desmerecer a nadie, pero tenemos manjares exquisitos, manjares más grandes. Por pura gracia, no porque seamos mejores, sino porque tenemos lo que Jesús quiso dejar a su Iglesia, que por desgracia después, por pecados de los miembros de la Iglesia nos hemos ido separando. Por ejemplo, la Eucaristía, el manjar más delicioso y exquisito en comparación con otras iglesias. En ese momento les pregunté a todos: ¿Cuál es el manjar más rico que tenemos en la Iglesia y que en otros lugares no tienen? ¿Cuál es? Alguien me respondió: la oración, otro, la palabra… hasta que por supuesto apareció Johnny que me dijo muy suelto de cuerpo y tranquilo y muy seguro: «La Eucaristía…la Eucaristía». Y después, haciendo como un movimiento de cabeza, dijo: «Y eso es para dar gracias». Todos nos quedamos mudos, en silencio, maravillados. Nos quedamos mudos por el remate de su respuesta. Impresionante. Le dije: «Johnny, impresionante lo tuyo, ya estás para dar un sermón. ¿Querés venir? –irónicamente, ¿no? –». Y se paró nomás, si no lo frenaba, él se animaba a subir y a seguir hablando. Y lo más gracioso es que a la salida de misa, me dijo: «Sería un honor para mí hablar desde ahí, dar el sermón». Qué grande Johnny. Cómo lo extrañamos. La otra vez lo pude visitar, la otra vez lo pude ver el Viernes Santo, pero lo extrañamos en las misas.
https://youtu.be/Bh60sVTBZ50?si=DQmkpnmqy7304l07
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Comentario a Marcos 16, 15-20:
Si todos nos animáramos a escuchar y vivir realmente estas palabras tan lindas y desafiantes de Jesús de algo del evangelio de hoy: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación…» Todos y todo, se merece que gritemos que Jesús nos ama y quiere darnos su amor. Todos se merecen que vos y yo hoy nos animemos a predicarles la palabra de Dios, esas palabras lindas que Él tiene para decirnos. ¿Por qué alguien tiene que quedar afuera? ¿Por qué vamos a privar a otros de escuchar la palabra de Dios? Hoy más que nunca no tengas ni miedo ni vergüenza de enviar este audio con la palabra de Dios a otra persona que necesita tanto de Él como nosotros. Ayudame, ayudémonos mutuamente a lograr que más corazones se enamoren de Jesús, para que crean en Él, para que lo busquen, para que lo amen. Muchas veces las personas “menos pensadas” son los que más ansias tienen de Él, aunque en principio no parezca. Este es el mandato de Jesús, que vayamos por el mundo, que nos animemos a hablar de Él, y aunque no viajemos a otro lugar, aunque nos quedemos en donde estamos, hoy la tecnología nos permite llegar a lugares que jamás hubiéramos pensado.
Te propongo que hoy te levantes, y lo digo como imagen, porque por ahí ya estás levantado, ya arrancaste el día o lo estás arrancando. Hoy levantate y decite a vos mismo que hay que levantarse. Que se puede seguir y que se debe seguir, que hay mucho por delante. La Palabra de Dios nos anima a levantarnos, a dejar el cansancio a un costado, a dejar la tristeza, a dejar el aburrimiento y la pesadez. La Palabra de Dios es viva y eficaz, nunca te olvides, y da vida eficazmente al que la escucha, la mastica y la medita. Dejemos que hoy nuestro corazón desborde de alegría y seamos conscientes de que sus palabras quieren viajar por todos lados, y que nosotros somos sus instrumentos, de que nosotros somos los encargados de predicar, de evangelizar.
Hoy es la fiesta de San Marcos, uno de los evangelistas, uno de los que nos dejó por escrito la vida de Jesús, su obra, sus palabras, sus gestos. Gracias a él, nosotros hoy podemos conocer a Jesús. Se sabe hoy, por los estudios, que Marcos no fue discípulo directo de Él, pero de alguna manera siguió la tradición de Pedro, discípulo y amigo del Señor. Los Hechos de los apóstoles muestran a Marcos como un compañero de misión de Pablo y luego de Bernabé, por eso se sabe con certeza de que recibió de modo casi directo los relatos más frescos de la vida de Jesús.
https://youtu.be/NQNjwa8TJDs?si=uWk0eRh3UbQATBXh
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Comentario a Juan 6, 52-59:
El camino de esta semana va llegando al final, por lo menos al final del capítulo seis de Juan, en el discurso del Pan de Vida, en el que mañana verás cómo termina. Por ahora venía todo muy lindo, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen al escuchar que tienen que alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre.
Finalmente, los discípulos de Emaús –¿te acordás del domingo? – transitaban un camino y terminaban reconociéndolo al partir el pan, lo reconocieron cuando revivieron ese momento maravilloso en el que Jesús decidió quedarse con nosotros para siempre en la Eucaristía. Todo un misterio. Así, de la misma manera que hoy quiere que en el camino de nuestra vida no solo lo reconozcamos cuando estamos andando por la vida en nuestras cosas, sino también cuando decidimos estar con él en la misa, en la Eucaristía.
Alguna vez conté lo que me decía un recién convertido, que me decía: «¿Qué hago acá, padre? ¿Qué hago viniendo a misa, no sé qué hago acá?». Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo. Y eso es lo lindo de la vida de fe, una buena respuesta para darle, y eso es lo lindo del camino de la fe, una libertad que es atraída por Dios. Algo así lo decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido, Señor, ¡y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, nos olvidemos de esta verdad esencial. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. Nadie es seducido si no se deja seducir, de alguna manera, y nadie se deja seducir si no hay alguien que lo seduce. Hay que dar gracias y alegrarse con esta verdad.
Como la historia de Facundo, ese joven que una vez lo trajo Daniel –un amigo– a la Parroquia maravillado de que en esa misma mañana reuniendo unas bolsas por la calle de basura, creo yo, encontró una Biblia. En ese signo tan elocuente, Facundo descubrió que Jesús, de alguna manera, lo llamaba. Y Daniel le decía: «¿Ves? Facu, esa es la herramienta que Dios te da para que lo conozcas: la Palabra de Dios. Léela, no hay otro camino, tenés que encontrarlo leyendo la Palabra de Dios». Bueno, Dios lo sedujo de alguna manera y Facundo se está dejando seducir, como se dejó seducir Daniel después de haber tocado fondo. Cada uno tiene que encontrar esos signos en los cuales se siente atraído por Dios.
https://youtu.be/oTTcIfmTJtI?si=zfpXG6_h1B-noim4
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Comentario a Juan 6, 44-51:
Qué lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo que es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente decirlo. Qué lindo que es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó, qué nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?
Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea o imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado, como los discípulos de Emaús, ¿te acordás? ¡Cuidado! El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.
Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica por qué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que, al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.
Comentario a Juan 6, 35-40:
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
https://youtu.be/tH6F5WMYUI8?si=DjwIISGDRTDf8FG2
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Comentario a Juan 6, 30-35:
“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.
https://youtu.be/Wnkeu5YS5T8?si=vk1t880fz8RODpG4
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Comentario a Juan 6, 22-29:
Buen día, buen lunes y buena semana. Dios quiera y quiere que empecemos estos días consolados, con ánimo, con lindos deseos de seguir escuchando y creciendo. Ese es el desafío de cada “volver a empezar”. No te olvides que siempre podemos volver a empezar, siempre se puede renacer, desde adentro, desde el corazón, por más que alrededor todo parezca que va de mal en peor, no nos dejemos ganar por el pesimismo que nos rodea. Me quedó algo de ayer, de ese cambio de mirada o “vuelta de rosca” en la frase de los discípulos: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí” Jesús que nos dice al corazón. “Estés donde estés, quedate conmigo esta semana, no te pierdas, no vuelvas a llenarte de cosas vacías, no vuelvas a estresarte por “alimentos” que no alimentan, quedate conmigo”
En esta nueva semana de Pascua, ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, sino escucharemos relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, reavivarla, animarla, quiere llevarnos a purificar nuestra fe, nuestra mirada. Jesús quiere que “arda nuestro corazón” al escucharlo. Quiere purificar nuestra fe, de todo lo que la aleja del verdadero rostro de Dios, del que nos vino a mostrar Jesús y no del que nosotros sin querer nos hacemos a nuestra medida, según nuestras pobres ideas.
Todos los días vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 de San Juan, el llamado discurso del Pan de Vida. Un discurso larguísimo que Jesús da a sus discípulos y a una multitud que lo había seguido después de la milagrosa multiplicación de los panes. Hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo. La palabra de Dios es como la comida de cada día, para que guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto. Si se come de golpe y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y además no nos alimentamos bien. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse el tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o por lo menos con un texto en la semana.
Domingo 19 de abril - Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua (A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor