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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
Comentario a Marcos 16, 9-15
Por qué no intentar en este sábado de la Octava de Pascua, con la cual terminamos esta celebración de este gran día que es la Pascua, el «paso» de la muerte a la vida, de la resurrección del Señor, el «paso» de nuestro Señor por ese abismo al cual nadie quiere. Por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano. «No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina, sino que se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, o cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida», así lo decía, de algún modo, en su momento el papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de la vida. Como decía san Juan Pablo II: «Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par».
Bueno, en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos, a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre, la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada en los evangelios, también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola. Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús, de alguna manera, se nos «apareció», se nos manifestó, aunque siempre de algún modo «velado», oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón. Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el Evangelio que más les gusta, incluso el de hoy; porque Algo del Evangelio de hoy es como una especie de «resumen» de los evangelios de la semana.
Comentario a Juan 21, 1-14:
¡Qué maravilla debe haber sido ese momento! ¡Qué maravilla seguir escuchando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos! Te dije al principio de la semana que era un tiempo para disfrutar mucho. Cada aparición es para disfrutar de las «artimañas» de Jesús para hacerle sentir a los discípulos su presencia. Y los discípulos, por otro lado, que no terminan de entender mucho lo que pasa. Van y viene, como nuestro corazón.
Hace unos días alguien me preguntó muy directamente: «¿Para vos qué es tener fe, qué es creer?». ¡Qué pregunta! Y es algo que nos podemos hacer una vez más nosotros. Me salió decirle algo así: «Para mí tener fe es creer en Jesús, creer en todo lo que leo de él y creer que es verdad. Para mí es no dudar de eso». No sé si la respuesta es la más correcta posible, la que mejor le pude haber dado, la teológicamente más correcta, pero estoy convencido que, en definitiva, creer es creer en una Persona, real, como nosotros, que está vivo y sigue vivo obrando en nuestros corazones, sigue «apareciéndose» a miles de personas, sigue buscándonos, a vos y a mí. Bueno, como nosotros… ¡no! Es hombre, pero es Dios. Esa es la gran diferencia.
¡Jesús parece que no se cansa de insistir! ¡Parece mentira! Aun estando resucitado, aun después de haberlo visto con sus propios ojos, Jesús los busca y los busca. Nos busca y nos busca. Busca a sus amigos que se vuelven a perder en las cosas de cada día, en sus oficios originales, en la misma situación en la cual lo habían conocido. Es la maravilla de un Dios hecho hombre que ya no encuentra manera de atraer con amor a los que salvó por amor. Es la paradoja de unos hombres que no terminan de convencerse de la presencia de Dios en sus vidas.
https://youtu.be/Zw1bEIQOc7o?si=C2E2lP4zXBBJzoz9
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Comentario a Lucas 24, 35-48:
Puede ser que te sorprendas un poco con lo que voy a decir, lo que muchas veces me digo a mí mismo siempre: ¡no es fácil creer! Cuando uno crece en la vida de la fe, no me refiero con esto a «saber» muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, a madurar en la fe, lo que significa la resurrección de Jesús y vivir también de acuerdo a lo que nos enseña la fe, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Si esto fuera cierto, todos deberían haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que él está vivo; sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados, las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado. Incluso podríamos decir que cuanto más «evidencias» buscamos, en el sentido científico de la palabra, o por lo menos de la ciencia moderna, más obstáculos a veces podemos encontrar, en cuenta a la resurrección me refiero. Si vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle también a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos; porque, en definitiva, «todo es gracia», como decía santa Teresita.
Por eso, qué buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente, en Algo del Evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: «Les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…». Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo también me lo olvido. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús, no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad.
Miércoles 8 de abril - Lucas 24, 13-35 - Miércoles de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?» Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
¿Por qué no dejarse preguntar esto hoy por Jesús? ¿Varón, mujer, fulano, fulana, porqué llorás, qué te pasa? ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás enojado, angustiada? ¿Por qué no me decís lo que te pasa? ¿Por qué teniendo todo andás como si no tuvieses nada? ¿Por qué buscás consuelo en tantas cosas y no en Mí? ¿No me ves que estoy al lado tuyo? ¿Por qué decís que crees en Mí y andás peor que aquellos que no creen en nada? No está mal llorar, angustiarse, entristecerse. No está mal ni bien, es parte de la vida, son cosas que pasan. Lo que hace mal en la vida, es no saber por qué estamos tristes, angustiados y enojados. Esa es la cuestión. Jesús no rechaza los sentimientos, pero nos quiere ayudar a reconocerlos y conducirlos. Por eso pregunta ¿A quién buscás? Sea en el momento que estés, el sentimiento que estés pasando o padeciendo, es bueno dejarse preguntar por Jesús, es bueno dejarse que nos diga nuestro nombre. ¿Por qué? ¿Qué buscás? Solo dejándonos preguntar el porqué y el qué buscamos, podremos escuchar a Jesús que nos dice nuestro nombre: ¡María! Fulano, Fulana, acá estoy, soy yo, ese que andás buscando y no podés ver. Lo que buscás está al frente tuyo y no te das cuenta. Tenés que aprender a pasar ciertas cosas, a vivir de Pascua en Pascua, a pasar sentimientos lindos y feos, tristezas y alegrías. Eso es resucitar. Hay que aprender a pasar las cosas con Jesús. Él las pasó primero y las pasó bien. Hay que pasar ciertas cosas sabiendo que siempre vendrá algo distinto, mejor o peor, según la mirada que tengamos, según si miramos las cosas con ojos de Resurrección o de muerte y pesimismo. Todo pasa y todo pasará para algo distinto. Depende de vos y de mí que sea para resucitar. Otra vez feliz Pascua de Resurrección.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 7 de abril - Juan 20, 11-18 - Martes de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 11-18
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»
María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.»
Jesús le dijo: «¡María!»
Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes."»
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.
Palabra del Señor.
Desde el principio, junto a la Resurrección existió también la corrupción. Desde el principio, quisieron tapar el sol con una mano, la Resurrección con una mentira, difundiendo una mentira. Pero –como dije– no se puede tapar el sol con una mano, no se pudo tapar esta verdad con mentiras que valieron un poco de dinero. Se puede decir que Jesús no resucitó, lo que es imposible es demostrarlo. Lo mismo es al revés, se puede creer que Jesús resucitó, pero es imposible demostrarlo con el rigor de la ciencia moderna, aunque se puede demostrar con la vida, con la tuya y la mía, con la de miles de personas que no son iguales desde que Jesús se les «apareció» en sus vidas, como a estas mujeres, atemorizadas, pero finalmente llenas de alegría. La alegría de la Pascua, la alegría que viene a traer Jesús Resucitado no se puede comparar con nada de este mundo, con ninguna chispita de un bienestar pasajero. Jesús resucitó para «meternos» en una vida de eternidad, nos abrió las puertas de la eternidad para que empecemos por acá, para sacarnos el miedo y devolvernos la alegría. Cuántas veces como sacerdote escuché que me dijeron: «Padre, desde que creo en Jesús, desde que me convertí ya no le tengo miedo a la muerte, al contrario, tengo unas ganas increíbles de encontrarme con Jesús». Esa es la experiencia, la tensión del corazón que cree que lo de acá no es definitivo, y que lo que viene será lo mejor. Esa es la tensión que conoce a Jesús pero quiere verlo cara a cara. Es la experiencia de la Pascua, una alegría profunda pero que al mismo tiempo se topa con la insatisfacción de ver que este mundo es poco comparando con lo que vendrá.
Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos todos, vos y yo. Es necesario volver a vivir la pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones del Resucitado que nos regalan los evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras. Todos tenemos que preguntarnos: ¿Dónde me encontró una vez Jesús Resucitado en mi historia? ¿Te acordás cuál fue tu Galilea? ¿Dónde encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es nuestra Galilea, nuestro lugar de encuentro?
Felices pascuas para todos los que día a día hacemos el intento de reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su palabra.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 6 de abril - Mateo 28, 8-15 - Lunes de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 8-15
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»
Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: "Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos." Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo.»
Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
Palabra del Señor.
«Si no creemos en que Jesús está resucitado y venció al mal, vana es nuestra fe», dice san Pablo. Si no creemos que Jesús está resucitado, no tiene sentido todo lo que hacemos. Que la cruz de Jesús no tiene sentido si no es aplastada y superada por la resurrección. Todos buscamos a Jesús, de una manera u otra, todos necesitamos verlo, experimentar que está entre nosotros. Algunos, como María, necesitamos ir en busca de otros para creer (María va corriendo a buscar a los demás), necesitamos experimentar algo de angustia por ver que no está, y al ver que no está salimos a buscarlo; ¿cuántas veces en nuestra vida por un dolor, por una angustia hemos encontrado mejor a nuestro Dios vivo y resucitado? Otros, como Pedro, vemos signos, pero nos cuesta ver más allá, nos quedamos con la primera impresión y nos cuesta sobrepasar lo que vemos y descubrir que Jesús está detrás de esas vendas que estaban tiradas, de ese sudario... que lo que veía Pedro no era todo, sino que Jesús realmente estaba vivo. Y otros, como el discípulo amado, ven y creen; ven lo que ven y creen, no necesitan más que eso. Son de alguna manera como grados en la fe. Ni mejor ni peor, distintos.
Todos estamos en diferentes «momentos» de la fe; no importa dónde estés, no importa en qué grado de fe estés, lo que importa es que necesitás de otros para creer. Todos necesitamos de otros para creer, no podemos creer solos.
A veces necesitamos de una María que vuelve corriendo angustiada diciéndonos que Jesús no está cuando en realidad está, a veces necesitamos de un Pedro, o a veces necesitamos de un discípulo amado, o por ahí el discípulo amado sos vos o soy yo. Todos somos discípulos amados. Solo se cree en Jesús de a muchos, en comunidad, en la Iglesia, con otros, con familia.
En la Iglesia se cree en Jesús, tan simple como eso, en un Jesús vivo. Algunos viendo la angustia de unos que corren de acá para allá buscando el sentido del dolor (María), otros atropellados como Pedro que llegamos primero pero no terminamos de creer con el corazón y, finalmente, otros tantos que tiene la certeza del discípulo amado. Todos son necesarios en la Iglesia, vos y yo, todos vamos creyendo, todos vamos creciendo.
Que hoy sea un día de un paso importante en nuestra fe, que volvamos a alegrarnos de esta verdad de fe tan profunda que cambió la historia de nuestra vida para siempre. «Resucitó de veras, dice la secuencia de Pascua, nuestro amor y nuestra esperanza».
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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 5 de abril - Juan 20, 1-9 - Domingo de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
Feliz Pascua de Resurrección, que vivamos una Pascua verdaderamente gozosa y dichosa, sabiendo que Jesús está vivo, que él nos consuela y que él desea de nosotros y para nosotros la consolación. Ese es su mejor oficio.
Que tengamos un buen día, un buen sábado de Resurrección en esta noche y que la bendición de Dios Todopoderoso, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 4 de abril - Mateo 28, 1-10 - Vigilia Pascual(A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
El Ángel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán". Esto es lo que tenía que decirles.»
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»
Palabra del Señor.
Sábado 11 de abril - Marcos 16, 9-15 - Sábado de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 9-15
Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»
Palabra del Señor
Hoy la imagen de Algo del Evangelio es esta: los discípulos volviendo a pescar peces, lo de siempre. Jesús volviendo a pescar hombres, amigos, a vos y a mí. Y así hará hasta el final de los tiempos. Nosotros que volvemos a lo nuestro. Nos olvidamos de su presencia, y él que nos vuelve a buscar, una y otra vez. Los discípulos de Jesús –muchas veces vos y yo– toman la decisión de volver a pescar, de volver al oficio original, como una imagen, y no al oficio que Jesús les había encomendado. Es la imagen del no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer, de confiar, de echar las redes, de ir mar adentro, de empezar una nueva vida, de cambiar. Jesús había dicho a Pedro, le había dicho que lo haría pescador de hombres y Pedro se vuelve solito a ser pescador de peces, ¡otra vez! ¡Qué poca cosa! ¡Y lo peor es que con él arrastra a los demás discípulos! El pesimista, el desesperanzado, arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¡Toda una imagen de lo que a veces hacemos nosotros! Y Jesús, ¿qué hace? Los va a buscar ahí mismo, en el lugar donde se están escapando, en realidad, en el mismo lugar donde se habían conocido. Él no se olvida, Pedro sí, los discípulos también y nosotros, ni hablar. Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que alguna vez tuvimos con él. Nos terminamos olvidando de sus promesas, nos terminamos olvidando de sus mandatos. ¿Y qué hacemos? Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da seguridad, a donde nos creemos que las sabemos todas. ¿Y qué nos pasa? Lo que le pasa a Pedro, a sus amigos. No pescan nada, puro fracaso, cansancio sin fecundidad, cansancio sin frutos, sin pescados. Y Jesús, ¿qué hace? Se les vuelve a aparecer ahí. Se nos vuelve a aparecer de un modo o de otro, en el lugar de trabajo, en la familia, en la rutina, en el olvido, en el escape, en donde parece que no está, en donde parece que se fue. Bueno, justamente ahí está, ahí se mete, ahí quiere volver a hacerme escuchar su voz para que pueda obedecerle, para que pueda volver a confiar, para que vuelva a creer
¡Qué bueno que sos Jesús! ¡Qué paciencia nos tenés! ¡Confiemos en su palabra! Echemos las redes en donde él nos dice. Abramos los ojos para poder reconocerlo y confiar de una vez por todas que él es el dueño y Señor de la historia, de la tuya y la mía, de nuestra historia y que solo seremos fecundos si hacemos las cosas en nombre de él y por él, si nos dejamos encontrar una y otra vez por él que no se cansa de buscarnos.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 10 de abril - Juan 21, 1-14 - Viernes de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 1-14
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: « ¡Es el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Palabra del Señor.
¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más! ¡Señor, te pedimos que hoy nos abras un poco la inteligencia de la mente y del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocerte resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada misa, en cada Eucaristía! ¡Señor, acompáñanos como a los discípulos de Emaús, explícanos las cosas porque nuestra mente es pequeña y un poco lenta! ¡Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que muchas veces no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.
Imaginando la escena hoy, ¿quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no actuaría de la misma manera? Temor, alegría, admiración y resistencia a creer. Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un corto tiempo. Primero, miedo; después, alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo, que nosotros haríamos lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces. En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso que muchas cosas en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, por ahí decimos: «¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía». Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra.
Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de él en el mundo; si no, ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive; y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a creer, para volver a experimentar que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡qué distinto sería todo!, ¿no?
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 9 de abril - Lucas 24, 35-48 - Jueves de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48
Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»
Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 24, 13-35:
Ir caminando a Emaús, en definitiva, es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido, la Resurrección de Cristo. Volver a Emaús, como estos dos discípulos, es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y, además, en la de Jesús, en no confiar que Él está siempre y camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros «emaúses» por haber dejado de creer? Nuestros «emaúses» son esos lugares seguros pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan grande. Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las Escrituras con el corazón a punto de explotar. Todos tenemos momentos, a todos nos toca pasar ciertas cosas difíciles, dolorosas y a veces angustiantes. Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos así por la vida, queriendo que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón. Mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos. Mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse así mismo en maldad y en locura. Mientras pasa todo eso, Jesús se pone de «nuestro lado», camina a «nuestro lado», le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito al lugar donde podemos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Él. No es lo mismo que Él sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando Él nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejamos pasar de lado por ignorancia y tozudez!
¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, es más común de lo que imaginamos! ¡Qué bien nos hace sentir que esta Palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! ¡Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya! ¡Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las Escrituras para darme cuenta que Él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo quiero!
Alguien me dijo una vez que quería hablar conmigo con urgencia, porque estaba viviendo una situación difícil. Por esas cosas de la vida, por las corridas, no pude hablar a tiempo. Sin embargo, cuando pude hablar, me dijo: «Padre, ya estoy más tranquila, fui a hablar con Jesús al sagrario durante una hora y estoy con mucha paz». «Bueno, le dije, hiciste muy bien en ir a hablar con Jesús antes de hablar conmigo». ¿Qué podía decirle yo que no le haya dicho Jesús? Me dio una linda lección de gran normalidad cristiana. Primero, con Jesús en el silencio, en el sagrario, en la oración; después, Jesús en los otros y, finalmente, Jesús, siempre Jesús. Lo demás… bueno, lo demás ya lo sabemos bastante bien.
www.algodelevangelio.org
algo del evangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
https://youtu.be/DSnlplhG2x0?si=j5zTUdeVjHO8F3Bp
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Comentario Juan 20, 11-18:
¿Ya resucitaste en estos días? ¿Celebraste la pascua de Jesús y la tuya? Nosotros también tenemos que resucitar. No alcanza con recordar lo que pasó, tenemos que “pasar” por nuestra vida lo que celebramos. Tenemos que morir y resucitar. Cada día lo hacemos muchas veces sin darnos cuenta. La Pascua, lo que celebremos en estos días, es creer y alegrarse de que Dios, el Dios hecho hombre, hecho humano como nosotros, se hizo tan humano que quiso pasar por todo, no le esquivó a nada, y aun teniendo miedo y angustia lo pasó por nosotros, sin negar sus sentimientos, sin negar lo que le pasaba interiormente. Pasó muchas cosas y las venció, para ayudarnos a vencer, a pasar todo lo que tengamos pasar. Esto es lo que de alguna manera celebramos en la Pascua. Y nosotros… ¿Qué nos decimos cuando nos decimos feliz Pascua? ¿Pensamos en esto? ¿Nos decimos esto?
Algo del evangelio de hoy nos pinta una escena maravillosa. María que se queda llorando afuera del sepulcro por su amado. Todavía no había creído. Todavía no había comprendido. Los ángeles le preguntan por qué lloraba y ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Mientras tanto, tenía a Jesús en frente y no lo reconocía. El llanto muchas veces no nos deja ver, nos distorsiona la realidad. El llanto y el dolor se transforman en nubes que no nos dejan ver el sol, pero el sol está siempre, lo sabemos, pero lo olvidamos. Ayer escuchábamos que la mentira quiso tapar la resurrección, pero no pudo. Hoy vemos que el dolor, la tristeza y el llanto se nos vuelven en contra para reconocer a Jesús, pero que al mismo tiempo pueden ser la causa de nuestro encuentro con Él. Porque es en ese momento donde Jesús se nos presenta y nos pregunta Él mismo: ¡Por qué llorás? No es lo mismo que nos pregunte cualquiera a que sea el mismo Jesús. No fue lo mismo para María. Él le preguntó: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?” y después la llamó por su nombre. Solo el que pasó por algo tiene autoridad y derecho a preguntarle al otro que le pasa. Solo Jesús es capaz de preguntarnos por lo más profundo de nuestros sentimientos. Eso es lo lindo, eso es gratificante. No lo hace desde afuera, desde arriba, sino habiéndolo pasado. Él también lloró. No te olvides.
https://youtu.be/mgLj8N_yy0U?si=Wzr-zC_5K5k95BjZ
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Comentario a Mateo 28, 8-15:
Buen día, buen lunes, buen comienzo de semana. Espero, y seguramente vos también, que todos empecemos una linda semana acompañados como siempre de la Palabra de Dios, que tanto nos gusta escuchar y comentar.
Empezamos a transitar uno de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, por su puesto, pero el tiempo pascual podríamos decir que es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos. La Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir esta alegría. Durante cincuenta días disfrutaremos del tiempo pascual, cincuenta días dedicados a este misterio tan grande, el punto central de nuestra fe, desde donde todo parte y en donde todo confluye. A su vez esta semana es especial, hasta el domingo que viene, porque vivimos lo que en la Iglesia se llama la Octava de Pascua, es un día estirado en ocho, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días más. Por eso si vas a misa durante la semana, volverás a escuchar el canto del gloria, volverás a vivir cada celebración como si fuera un domingo, y en los evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más maravillosa que la otra. Todo para no olvidarlo jamás.
Te propongo que saborees cada Evangelio en estos días y que, además, los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo porque al mismo tiempo verás cómo la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección, o gracias a la Resurrección, en torno a los testimonios de los que vieron con sus ojos a Cristo Resucitado. No es una linda historia para contar nada más, no es un invento de algunos locos, sino que es una realidad que cambió la historia de la humanidad. ¿Cómo es posible que once hombres temerosos y vacilantes ante la muerte del Señor, se hayan transformado milagrosamente en once testigos incansables por el mundo entero? ¿Cómo es posible que mujeres simples y sencillas hayan tenido tanto coraje para salir a su mundo conocido a decir que Jesús estaba vivo, que nos habían robado el cuerpo, que estaba vivo? ¿Qué historiador puede explicar semejante cambio en la historia si no es porque hubo un acontecimiento totalmente nuevo y que no proviene de este mundo?
https://youtu.be/NuxbdD0y9MQ?si=Mr0D-5bfyFR0XLWJ
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Comentario a Juan 20, 1-9:
Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección; no todo es Viernes Santo, no todo es Sábado Santo de silencio, sino que nosotros creemos que Jesús ha vencido a la muerte.
Jesús venció a la muerte para ayudarnos a pasar día a día de la muerte a la vida, para volver a resucitar, para volver a creer que es posible dejar atrás muchas cosas, que es posible mirar adelante, que es posible vencer el odio, que es posible vencer la bronca, el rencor, el egoísmo, la falta de apertura a los demás. Es posible que todo eso muera, es posible resucitar, es posible «nacer de nuevo», como le decía Jesús a Nicodemo. Es posible hoy, en este Domingo de Pascua, que te alegres profundamente, que te llenes de gozo por creer que es Jesús el dueño de la historia, el que ha cambiado la historia para siempre, el que ha venido con su luz a iluminar el mundo, el que ha venido a traernos la luz de la fe para iluminar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Le pido a nuestro Padre Dios que nos conceda a todos la luz de Cristo gloriosamente resucitado, que esa luz disipe las tinieblas de nuestra inteligencia, de nuestro corazón –como se decía en la liturgia de la Vigilia Pascual–. Que este domingo te encuentres lleno de gozo, llena de gozo por saber que es verdad todo lo que creemos; que no es mentira, que no es un «cuentito» de algunos, que la resurrección de Jesús cambió la historia de la humanidad, cambió la historia de tu vida y de mi vida; si no, no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, no estaríamos participando con el corazón de cada misa, no estaríamos diciéndonos: ¡Felices Pascuas!
Algo del Evangelio de hoy es sencillo, algo cortito. Todos van hacia el sepulcro. Primero, va María; después, Pedro y el discípulo amado. María, la enamorada, es la primera en llegar, y es la primera también porque ama tanto y se entristece ante la ausencia de su amado. Pedro y el discípulo amado corren juntos, el discípulo amado corre más rápido –por ser más joven seguramente–, pero finalmente al llegar al sepulcro, le deja a Pedro el lugar.
De Pedro no se dice nada, del amado se dice que vio y creyó. Pero de todos se dice lo mismo: «Todavía no habían comprendido que él debía resucitar de entre los muertos». A pesar de haber visto, todavía no habían comprendido. Todavía no se habían dado cuenta que la muerte había sido vencida. Todavía a veces no nos damos cuenta que nuestra fe es fe en la resurrección.
https://youtu.be/J1T3LxoSWMg?si=DDEsC6vrnMzTm2my
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Comentario a Mateo 28, 1-10:
El silencio y la oscuridad, que comenzó el jueves y continúo el viernes y el sábado durante el día, se van alejando. ¡No todo es Viernes Santo! ¡Menos mal! El silencio se romperá hoy con el Pregón Pascual, con el anuncio de la Resurrección y la oscuridad desaparecerá con el cirio que ilumina el templo, el templo de Dios que somos nosotros. Si viviste al ritmo de la Iglesia con la liturgia de estos días, todo esto tendrá su profundo significado en tu corazón y en el mío.
En esta Noche Santa todo está preparado para que algo nos ilumine y podamos escuchar a Alguien. La Palabra de Dios se lee iluminada por Cristo (el cirio pascual) y se va contemplando la acción de Dios en toda la historia de la salvación. ¿Para qué? Para que comprendamos un poco más que Dios no improvisó nada, él improvisa. Nuestro Padre tenía todo planeado desde siempre y la historia recobra sentido por este día Santo. Tenemos que estar dispuestos a recibir el anuncio de este Evangelio, el anuncio de la Resurrección con la verdadera alegría del que cree. «Porque ha resucitado como lo había dicho».
Las primeras palabras del ángel a las mujeres, las palabras que rompen el silencio de estos días son: «No teman». Ya está, ya pasó lo peor, ya pasó el dolor, ya pasó el sufrimiento, ya pasó el silencio, ahora son palabras de alegría. Ya pasó lo más difícil. Por eso llegamos o debemos llegar a esta Vigilia de hoy sin temor, escuchando estas palabras. ¡No tengas miedo! La muerte ya pasó. Todo lo que te «hace morir», lo que te da tristeza, lo que te frena para amar, lo que no te deja ser feliz, lo que te tiene preocupado, bueno… todo eso puede ser iluminado por él para que podamos verlo distinto.
La primera palabra de Jesús a las mujeres es: «Alégrense». Ya está. Yo estoy y estaré siempre. ¿Te acordás lo que escuchábamos el jueves en la última cena? «Nos amó hasta el fin, hasta el extremo». Nos ama hasta el extremo. El Padre lo ama y nos ama tanto que no podía morir para siempre. Era imposible pensar en un final así, tan trágico. Es imposible pensar que nuestro corazón queda abrazado por la tristeza para siempre cuando nos abraza el amor, cuando Cristo desde la cruz nos expresó todo su amor y con su resurrección exaltó ese amor para toda la eternidad. Alegría que nace fruto de la certeza del Amor. ¿Todavía no estamos alegres? ¿Todavía no estás alegre? Es porque todavía vivimos con temor, vivimos con el temor y no nos dejamos encontrar por Jesús en el camino, como a las mujeres. Él siempre nos quiere encontrar en el camino, mientras andamos. ¿Todavía no sabés donde encontrarlo? Dice Jesús: «Vayan a Galilea, y allí me verán». Galilea era el lugar en donde Jesús había conocido a sus discípulos.
Galilea es el lugar en donde alguna vez nosotros nos sentimos atraídos porque es nuestro lugar en donde nos encontramos por primera vez con él en nuestro corazón, en alguna persona, en alguna comunidad. Volvamos a Galilea, volvamos al corazón, no nos olvidemos de esta invitación. Cada uno debe preguntarse y recordar cuál fue su Galilea para no olvidar nunca que é esta vivo y nos ama hasta el fin. No dejemos de retornar hoy al Galilea de nuestro corazón. Pensemos, cuál fue ese lugar lindo donde por primera vez vimos a los ojos a Jesús y nos sentimos atraídos por su amor y nos dimos cuenta que no era una persona cualquiera y además él está vivo. Ahora en este momento él nos grita y nos gritó durante toda esta Cuaresma. Levántate, salí del sepulcro, resucitá, empecé a caminar. Te quiero hacer volver a ver lo que no estabas viendo, quiero que tengas sed de mí, quiero que aprendas a pasar por esos desiertos, por esos dolores para resucitar. Quiero que aprendas a descubrirme transfigurado en medio de este mundo que muchas veces viven en tinieblas.
https://youtu.be/93YW6Y9TARM?si=R8zYZCX059vrRHj0
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